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sobre Medina de Rioseco
Conocida como la Ciudad de los Almirantes; conjunto histórico con iglesias monumentales y dársena del Canal de Castilla
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Medina de Rioseco es como ese primo que solo ves en bodas y bautizos: no lo tienes muy localizado, pero siempre que habla alguien de él suena a algo importante. Y vaya si lo fue. Hace cuatrocientos años esto era Manhattan en miniatura: los Enríquez de Cabrera, los almirantes de Castilla, tenían aquí su Wall Street particular. Hoy quedan 4.493 vecinos y un montón de piedras que lo recuerdan.
La ciudad que se quedó en el siglo XVII
Entras por la puerta de Zamora —una de las cuatro que quedan en pie— y el casco te da ese pellizco de "uy, esto ha sido grande". Calles amplias, casas señoriales con escudos de armas como quien lleva camiseta de grupo universitario: lo gastan con orgullo aunque ya nadie se acuerde de la promoción. La iglesia de Santa María impone desde la plaza; dentro cuelga un pellejo de caimán que algún marino trajó de América como exvoto. Es como tener un trofeo de golf de tu abuelo en la sala: no sabes muy bien qué hace ahí, pero quitarlo parece mala idea.
El grueso del esplendor se lo cargó el tiempo —y el libramiento de la A-62—, pero todavía se respira. El Ayuntamiento ocupa el antiguo palacio de los almirantes; en la lonja de abajo hay un mercadillo los sábados que huele a queso de oveja y pan de pueblo recién hecho. Compras medio kilo, te comes una tapa de hornazo sentado en un banco y piensas: "coño, esto no lo hacen ni en Madrid por diez euros".
El Canal que se quedó a medio gas
El Canal de Castilla llega aquí y se acaba. Fue idea del XVIII para llevar grano a Valladolid y Santander, pero luego llegaron los trenes y el plan se quedó como un móvil con un 3%: funciona, pero no para lo que prometía. Hoy es un sendero de 25 km hasta Valladolid perfecto para bici o para caminar sin prisa. Se ve a gente con bastones, parejas discutiendo por el GPS y algún perro que se tira al agua sin miramientos.
En enero los Reyes Magos aprovechan la dársena para desembarcar en barco. Es el momento álgido del año: luces, villancicos y unos 3.000 visitantes que doblan la población. El resto del tiempo el canal es un espejo de nubes y grajos. Si te gusta el silencio, ven cualquier martes de noviembre: tendrás la acequia y los melancólicos para ti solo.
Semana Santa (o cómo llenar un pueblo vacío)
Dicen que la Semana Santa de Rioseco es la segunda más importante de Castilla y León después de Valladolid. Yo creía exagerar hasta que la vi. Procesiones de pasos barrocos que salen de cinco cofradías, trompetas que retumban en las arcadas y una bolla de chicharrones que se reparte el Viernes Santo y sabe a gloria y a manteca de cerdo. Es la única semana del año en que el parking del polideportivo se llena y los bares ponen mesas en la acera. Si vienes sin habitación reservada duermes en el coche; si vienes con hambre, mejor que te guste el empanado de bacalao porque es lo que hay.
Consejos de amigo
- Ven en primavera: los campos de trigo están verdes y el canal huele a hierba, no a algas.
- Apunta el hornazo en la lista de prioridades; si te sobra, te lo comes frío al día siguiente y también rico.
- El pueblo se visita en tres horas: iglesia, museo de Semana Santa, paseo por el canal, café en la plaza. Si te quedas más tiempo usa la ciudad como base para rutas de pueblo en pueblo por Tierra de Campos; cada uno tiene su iglesia románica y su bar donde te miran con cara de "¿otro forastero?".
Y ya está. Medina de Rioseco no es destino de esos que llenan el feed de Instagram, pero cumple con la garantía de Castilla: piedra, historia y algo de colesterol. Si vas con prisa te lo ventilarás antes del vermut; si vas despacio descubrirás por qué los almirantes prefirieron este rincón a cualquier puerto del Cantábrico. A veces el poder también necesita tranquilidad.