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sobre Pozo de Urama
Diminuto pueblo terracampino; lugar de nacimiento del pedagogo Pablo Montesino; destaca por su tranquilidad y arquitectura de adobe.
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A primera hora de la mañana, cuando todavía queda algo de humedad sobre la tierra, el aire en Pozo de Urama huele a cereal y a barro seco. No pasa casi nadie por las calles. Alguna puerta se abre, un coche arranca despacio, y el viento mueve las hierbas que crecen en los bordes de los caminos.
Hablar de turismo en Pozo de Urama es hablar de un pueblo muy pequeño, apenas una veintena de vecinos, en plena Tierra de Campos. Aquí el paisaje manda más que cualquier edificio. Todo alrededor son campos abiertos, horizontes largos y esa sensación de que el cielo pesa más que en otros sitios.
Las casas, muchas de adobe o tapial, muestran reparaciones hechas a lo largo de los años: parches de ladrillo, vigas nuevas junto a otras mucho más viejas, tejados de teja curva que han ido cambiando con el tiempo. Nada está puesto para lucirse; simplemente sigue en pie porque todavía se usa.
El pueblo alrededor de la iglesia
En el centro aparece la iglesia parroquial, visible desde casi cualquier esquina porque el caserío es bajo y las calles no son largas. La torre se levanta sobre los tejados y sirve un poco de referencia cuando uno entra o sale por los caminos.
El interior es sencillo, como suele pasar en muchos pueblos de esta parte de Palencia. Algún retablo antiguo, imágenes que han acompañado generaciones y ese olor a madera, cera y piedra fría que se nota sobre todo cuando se entra desde la luz fuerte del exterior.
La vida del pueblo gira en torno a este pequeño núcleo de calles. Con tan poca población, cualquier movimiento se nota: un coche que llega, alguien que sale a barrer la acera, conversaciones que se oyen desde una puerta a otra.
Campos abiertos en todas direcciones
En cuanto se sale del último corral, empieza el paisaje típico de Tierra de Campos: lomas suaves, parcelas grandes y caminos agrícolas que se pierden rectos hacia el horizonte.
En primavera los campos se vuelven de un verde muy limpio. En verano, cuando el cereal ya está alto, el viento mueve las espigas como si fueran una superficie de agua dorada. Después de la siega quedan los rastrojos y un olor seco que se queda en el aire durante días.
Es buen terreno para caminar sin complicaciones. No hay senderos señalizados como tal, pero los caminos de trabajo permiten dar vueltas tranquilas alrededor del pueblo. En una hora larga se puede hacer un recorrido sencillo entre campos, siempre con Pozo de Urama visible a lo lejos por la torre de la iglesia.
Conviene llevar agua y gorra en verano: aquí casi no hay sombra y el sol cae directo sobre la llanura.
Palomares y construcciones de campo
En los alrededores todavía aparecen algunos palomares tradicionales. Son construcciones de adobe o tapial, muchas ya medio caídas, con las paredes redondeadas y restos de los nichos interiores donde se criaban las palomas.
Algunos están dentro de fincas privadas o cerca de antiguas eras, así que es mejor observarlos desde el camino y no acercarse demasiado. Aun así, forman parte del paisaje histórico de la comarca y ayudan a entender cómo funcionaba la economía rural hace no tanto tiempo.
Luz, viento y aves de la llanura
Hay momentos del día en que el paisaje cambia bastante. Al amanecer, las sombras de los surcos se marcan mucho y el suelo parece más rugoso. Al atardecer la luz se vuelve más cálida y el polvo de los caminos queda suspendido en el aire cuando pasa algún coche.
Las llanuras cerealistas también son territorio de aves esteparias. En primavera es relativamente habitual ver avutardas o sisones a lo lejos, siempre si se camina con calma y sin acercarse demasiado a los campos.
Unos prismáticos pequeños ayudan bastante: a simple vista muchas veces solo se distinguen como puntos que se mueven entre el cereal.
Comer o hacer parada
En el pueblo no suele haber bares ni restaurantes funcionando de forma continua. Quien pase por aquí normalmente llega ya comido o sigue hasta alguna localidad cercana donde sí hay más servicios.
Es lo habitual en esta parte de Tierra de Campos: pueblos muy pequeños que mantienen unas pocas casas habitadas todo el año y una vida tranquila, sin demasiada actividad comercial.
Cuando el pueblo vuelve a llenarse un poco
Durante buena parte del año Pozo de Urama se mueve a un ritmo muy lento. En verano, sobre todo en agosto, suelen regresar familiares y antiguos vecinos que pasan unos días en las casas del pueblo.
Entonces sí se nota más ambiente: puertas abiertas, gente charlando al caer la tarde y la iglesia con algo más de movimiento en las celebraciones religiosas.
El resto del tiempo, el atractivo del lugar está justo en lo contrario: silencio, campos abiertos y esa sensación de que aquí el paisaje sigue marcando el paso de los días.