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sobre Torremormojón
Conocido como la Estrella de Campos por su castillo (en ruinas) que domina la llanura; iglesia destacada.
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A la sombra corta de un árbol, una mujer lee mientras el viento levanta pequeñas nubes de polvo en la esquina del camino. En ese momento del día, el turismo en Torremormojón se parece poco a lo que uno suele imaginar cuando piensa en viajar: apenas ruido, alguna puerta que se abre, el traqueteo lejano de un tractor. El pueblo aparece como un puñado de casas de adobe y tapial, con caminos de tierra y fachadas que han ido cambiando de color con los años.
Torremormojón está en plena Tierra de Campos, en la provincia de Palencia, y se recorre despacio en menos de una hora. Aquí no hay calles que te obliguen a seguir un itinerario concreto: basta con caminar sin prisa y dejar que el pueblo se vaya mostrando en detalles pequeños, en una pared recién encalada o en un portal donde alguien ha dejado las botas llenas de polvo.
La iglesia de San Pedro
La iglesia de San Pedro organiza el perfil del pueblo. Se ve desde casi cualquier esquina, levantada en piedra gris, más sólida que el resto de las casas que la rodean.
De cerca se notan los años en los muros: sillares gastados, puertas de madera con herrajes oscurecidos y ventanas pequeñas que dejan pasar una luz tenue. Dentro suele haber silencio, ese silencio fresco que tienen las iglesias de los pueblos cuando el sol aprieta fuera. A veces se acerca algún vecino a sentarse un rato, más por costumbre que por ceremonia.
Si vienes en verano, merece la pena acercarse a primera hora de la tarde, cuando la sombra de la torre cae sobre la plaza y el calor afloja un poco.
Mirar los tejados
Caminar por Torremormojón tiene algo de ejercicio de observación. Conviene levantar la vista de vez en cuando: en varios tejados hay nidos de cigüeña, enormes, desordenados, como si estuvieran hechos a toda prisa con ramas y trapos secos. Cuando sopla viento —algo bastante habitual en esta parte de Tierra de Campos— las cigüeñas se balancean ligeramente sobre el nido mientras vigilan los campos.
Las calles son cortas, algunas terminan casi de golpe en una tapia o en un camino que sale hacia las parcelas. El adobe aparece por todas partes: en corrales, en muros que se desmoronan poco a poco, en casas que han sido reparadas muchas veces.
Alrededor del pueblo: cereal y palomares
En cuanto sales del núcleo urbano empiezan los campos abiertos. Trigo y cebada, sobre todo. En primavera el color es un verde muy limpio; en verano todo vira hacia los amarillos secos y el aire huele a paja recién movida.
Por los alrededores todavía se ven palomares dispersos, algunos en pie y otros medio hundidos. Forman parte del paisaje de Tierra de Campos tanto como las parcelas rectangulares y los caminos largos y rectos.
Si te apetece caminar un rato, basta con seguir cualquiera de esos caminos agrícolas que salen del pueblo. No tienen señalización turística, pero se usan a diario para llegar a las fincas. Eso sí: en época de cosecha es mejor apartarse cuando pasa maquinaria y evitar las horas centrales del día, porque el sol aquí cae sin demasiados obstáculos.
Un pueblo pequeño, sin maquillaje
Con poco más de cuarenta habitantes, Torremormojón funciona con un ritmo muy sencillo: campo, casas abiertas cuando hace bueno, silencio largo cuando cae la tarde.
Quien llegue buscando monumentos o una lista de cosas que hacer probablemente seguirá camino pronto. Pero si te quedas un rato —sentado en un banco, mirando cómo el viento mueve el cereal al otro lado del pueblo— se entiende mejor cómo respira este lugar de Tierra de Campos, donde casi todo gira todavía alrededor de la tierra.