Artículo completo
sobre Villada
Villa terracampina conocida por su matanza tradicional y la facendera; importante patrimonio mudéjar y servicios.
Ocultar artículo Leer artículo completo
Villada huele a pan recién hecho y a eso que los franceses llaman terroir y aquí, simplemente, llamamos sabor a pueblo. Si buscas turismo en Villada, lo primero que te encuentras es la plaza Mayor y un ritmo que va bastante más despacio que en la capital. Un miércoles por la mañana la escena suele ser parecida: algún puesto de verdura, algo de ropa, vecinos que se paran a charlar y el típico vendedor que mira el reloj como si el día fuera más largo de lo normal.
Dicen que en el siglo XV un miembro de la familia Enríquez consiguió que el rey concediera mercado franco a la villa. Desde entonces los miércoles siguen siendo día de mercado. Hoy es pequeño, claro. Pero mantiene esa cosa de punto de encuentro donde la gente viene más a hablar que a comprar.
El pueblo que se hizo conocido por su morcilla
Hay pueblos que arrastran fama por un castillo o por un monasterio. Villada, en cambio, lleva años asociada a su morcilla. En Tierra de Campos es un nombre que sale enseguida cuando alguien habla de embutidos.
La tradición de la matanza sigue muy presente. De hecho, el pueblo suele celebrarlo con una fiesta popular en invierno que gira alrededor de ese ritual doméstico de toda la vida: embutir, cocinar y juntarse a comer. Aparecen las jijas —esa carne especiada que se prueba antes de hacer los chorizos— y el ambiente acaba pareciendo una comida familiar gigantesca.
No es raro ver gente llegar desde otros pueblos de la comarca solo para llevarse unas cuantas morcillas a casa.
El Camino que pasa por aquí sin hacer mucho ruido
El Camino de Santiago también cruza Villada, aunque lo hace de una forma bastante discreta. Llega desde la zona de Pozo de Urama y continúa hacia Pozuelos del Rey, atravesando ese paisaje de Tierra de Campos que a veces parece infinito.
Si hace viento —y aquí suele hacerlo— los kilómetros se alargan más de lo que marca el mapa. Por eso muchos peregrinos entran al pueblo con esa cara que mezcla cansancio y alivio.
La plaza es uno de esos sitios donde se nota que el Camino pasa: mochilas apoyadas en los bancos, alguien quitándose las botas y vecinos que miran con curiosidad. Mientras descansas, la vida del pueblo sigue a su ritmo: una señora con el carrito de la compra, chavales con un balón medio desinflado, gente entrando y saliendo de la farmacia antes de que cierre al mediodía.
Un convento, un conde y un vecino que acabó fundando una ciudad
La familia Enríquez vuelve a aparecer en la historia local con la fundación de un convento dominico a finales del siglo XV. El edificio ha cambiado bastante con el tiempo, como pasa con muchos conjuntos religiosos que han ido adaptándose a otros usos.
También existió el título de Conde de Villada, creado en el siglo XVII. Suena grandilocuente, claro, pero cuando paseas hoy por el pueblo —que no llega al millar de habitantes— la idea de un condado aquí tiene algo casi doméstico.
Entre los nombres que sí dejaron huella está Carlos Casado del Alisal. Se marchó a Argentina en el siglo XIX y acabó fundando allí la ciudad de Casilda. Es el típico caso del vecino que se fue a América y terminó haciendo carrera al otro lado del océano.
La estación que recuerda cuando aquí llegaba el tren
Villada también fue durante un tiempo final de línea de un ferrocarril que desapareció hace décadas. La estación sigue en pie, un poco como esos edificios que se quedan mirando al pasado.
El tren dejó de pasar y el pueblo tuvo que reorganizarse, como tantos otros en la meseta.
Otra curiosidad histórica es que durante siglos existieron dos núcleos dentro de la villa: uno ligado al señorío y otro habitado por los llamados hombres libres. Cada uno con sus propias murallas. Hoy apenas quedan restos, sobre todo algunos arcos como el del Ayuntamiento o el de Santa María, que funcionan un poco como pistas de lo que hubo antes.
Consejo de amigo: acércate un miércoles por la mañana. Das una vuelta por la plaza, compras algo en el mercado si coincide, y luego caminas hasta la iglesia de Santa María. En poco tiempo habrás recorrido casi todo el casco urbano. Lo interesante no es la cantidad de cosas que ver, sino esa conversación improvisada con alguien del pueblo que termina contándote quién era familia de quién o cómo ha cambiado Villada en los últimos años. A veces el viaje va justo de eso.