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sobre Villafáfila
Centro de la Reserva Natural de las Lagunas de Villafáfila; paraíso ornitológico mundial y patrimonio histórico con sus salinas
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A las siete de la mañana, cuando todavía no pasa ningún coche por la carretera comarcal, el día en Villafáfila empieza con un sonido largo y áspero: las grullas al fondo, llegando desde las lagunas. El aire huele a tierra húmeda y a rastrojo. En la plaza, las fachadas de adobe conservan ese color tostado que toma la arcilla después de décadas de sol y viento. Más allá de las últimas casas aparecen los palomares, con la cal ya cuarteada y las tejas oscuras.
Aquí el paisaje manda más que el propio pueblo.
El pulso de las lagunas salinas
La Reserva Natural ocupa buena parte del término. Son lagunas salinas y poco profundas que cambian con las estaciones: en inviernos lluviosos se abren como espejos amplios; en temporadas secas se encogen y dejan al descubierto orillas blanquecinas donde la sal se nota en la tierra.
Entre otoño y el final del invierno llegan miles de aves. Ánsares comunes, grullas, distintos patos. No todos los días se ve lo mismo: depende de la lluvia, del frío y de cómo haya ido la migración ese año.
La observación aquí tiene algo de espera. Se camina poco y se mira mucho. En varios puntos hay observatorios de madera desde los que se pueden usar prismáticos sin acercarse demasiado a las bandadas.
Un lugar para situarse
En el propio pueblo hay un centro de interpretación dedicado a la reserva. Suele ser la forma más rápida de entender lo que uno está viendo luego fuera: mapas de las lagunas, información sobre las especies.
No hace falta dedicarle mucho tiempo, pero ayuda. Además, el personal que suele atender allí conoce bien cómo están las lagunas esos días y desde dónde se están viendo más aves.
Adobe, teja y el vuelo bajo de las palomas
El casco urbano es pequeño y se recorre en un rato. La iglesia de Santa María levanta la torre sobre el caserío, con muros sobrios y piedra que cambia de color según la luz de la tarde. Alrededor quedan casas de adobe, algunas restauradas y otras con las grietas abiertas por los años.
En los campos cercanos aparecen los palomares de Tierra de Campos. Muchos están medio derruidos, pero siguen formando parte del paisaje igual que los trigales o las lomas suaves que rodean el pueblo.
Caminar con el viento en la cara
Los caminos que rodean las lagunas son anchos y prácticamente llanos. Se pueden recorrer andando o en bicicleta sin demasiada dificultad. Hay rutas señalizadas que conectan varios observatorios.
Conviene tener en cuenta dos cosas: el viento —muy habitual en esta parte de Tierra de Campos— y la falta de sombra. En verano el sol cae directo durante horas, y en invierno el frío se mete en las manos si uno se queda quieto mirando.
El momento del año cambia la luz
Los meses fríos suelen ser los más interesantes para quien quiere ver grandes concentraciones de aves. Entre otoño y finales de invierno las lagunas tienen más agua y llegan las migratorias.
En verano el paisaje cambia: los campos se vuelven dorados y el pueblo se anima algo más, sobre todo en agosto, cuando tradicionalmente se celebran las fiestas patronales.
Si buscas silencio, lo mejor es venir entre semana y madrugar un poco. A esa hora las lagunas todavía están tranquilas y el sonido dominante vuelve a ser el de las aves cruzando el cielo abierto.