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sobre Villaumbrales
Localidad vinculada al Canal de Castilla; alberga el Museo del Canal en la Casa del Rey; entorno de humedales.
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El agua del Canal de Castilla se mueve tan lenta que parece no ir a ninguna parte. Desde la barca Juan de Homar, que avanza despacio por el ramal, se oye el roce del agua contra el casco y luego casi nada. Son unos cincuenta minutos de ida y vuelta, más o menos el tiempo que tarda la tarde en volverse dorada sobre los campos de trigo que rodean Villaumbrales. Desde el canal, el pueblo queda un poco retirado: tejados bajos, alguna torre, el horizonte plano de Tierra de Campos. En ese momento se entiende bien por qué el turismo en Villaumbrales gira alrededor del agua.
El agua que cambió un pueblo
A mediados del siglo XVIII, cuando se levantó el puente de piedra que cruza el canal junto al pueblo, nadie pensaba en visitantes. El Canal de Castilla era pura logística: sacar el cereal de la meseta hacia el norte y traer de vuelta carbón, sal y otras mercancías.
La llamada Casa del Rey, con muros gruesos y portones de madera oscura, funcionó como astillero vinculado al canal. Allí se reparaban las barcazas que transportaban trigo, cebada o avena. Hoy el edificio alberga el museo del canal. Dentro aún queda ese olor leve a madera vieja y a grasa de maquinaria. En una de las salas hay un modelo de esclusa que se pone en marcha girando una manivela: el agua sube, baja, se nivela. Es sencillo de entender cuando lo ves.
Desde el museo sale la senda que acompaña al canal hacia Paredes de Nava. Son unos diecinueve kilómetros si se hace entera, siempre con el agua a un lado y las choperas apareciendo de vez en cuando. Mucha gente camina solo un tramo y da la vuelta. Más adelante está el llamado Puente del Deseo, un arco de piedra al que algunos vecinos le han colgado esa pequeña leyenda de pedir algo al cruzarlo. No hace falta creer demasiado en la historia; el sitio invita a pararse un momento y mirar el canal desde el centro.
Un nombre, una iglesia y la sombra de los olmos
El nombre de Villaumbrales suele relacionarse con los olmos que hubo en la zona. Hoy quedan pocos. La grafiosis arrasó con muchos de ellos en Tierra de Campos, así que encontrar uno grande cerca de la iglesia tiene algo de resistencia silenciosa.
La iglesia de San Juan Bautista se levanta en la parte alta del pueblo, visible desde los campos cercanos. Guarda un Cristo yacente del siglo XVII, tallado en madera, que forma parte de las procesiones de Semana Santa. Sale solo el Viernes Santo por la mañana. A esa hora la plaza todavía huele a cera y a pan reciente de las casas cercanas. No hay grandes multitudes; es más bien un acto del propio pueblo, con algunos visitantes que llegan desde Palencia o desde otros puntos de la comarca.
Fiestas sin demasiado ruido
El 9 de mayo se celebra San Gregorio Ostiense. La fiesta suele alargarse varios días alrededor de esa fecha: deporte entre vecinos, música de orquesta por la noche, misa y procesión.
No hay demasiada escenografía pensada para quien viene de fuera. En muchas casas se prepara cordero asado con leña y se abre vino de la zona, a menudo de cooperativas cercanas de la provincia. Si caes por allí esos días es fácil acabar charlando en una mesa larga, porque mucha gente se conoce desde siempre y los grupos se mezclan con naturalidad.
Cuándo ir y qué mirar
Junio tiene una luz muy clara aquí. El trigo todavía no se ha vuelto del todo amarillo y el aire de la tarde mueve las espigas como si el campo respirara. Entre semana el paseo del canal suele estar tranquilo: puedes aparcar cerca y caminar hasta el puente antiguo sin cruzarte con casi nadie.
Conviene llevar agua si vas a seguir la ribera un rato largo. Fuera del casco urbano hay sobre todo campos y alguna sombra de chopera. Cuando ha llovido, el barro del camino se pega a las suelas con ganas. En esos días el museo del canal —que normalmente abre por la mañana— puede ser mejor plan que la senda.
En agosto cambia el ambiente. Los fines de semana pasan bastantes ciclistas por la carretera local camino de Carrión de los Condes, y el embarcadero del canal se anima más. En invierno, en cambio, el pueblo se recoge pronto: humo de chimenea al atardecer, calles vacías antes de que caiga la noche.
Villaumbrales no es un sitio de grandes monumentos. Más bien funciona en pequeños momentos: la superficie del canal completamente quieta, el viento en los juncos, la sombra del olmo junto a la iglesia cuando el sol ya está bajo. Con eso, para muchos, basta.