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sobre Alija del Infantado
Villa histórica con rico pasado señorial situada al sur de la provincia; famosa por sus tradiciones ancestrales como el Antruejo
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Al caer la tarde, el castillo de los Pimentel proyecta una sombra larga sobre las calles de Alija del Infantado. La piedra cambia de color según baja el sol: primero gris claro, luego un tono dorado que se mezcla con el polvo de los caminos. Quien llega hasta aquí buscando turismo en Alija del Infantado se encuentra con un pueblo tranquilo, rodeado de campos abiertos donde el viento mueve el cereal como si fuera agua.
Desde la carretera se ven enseguida las casas de adobe y tapial, muchas con portones de madera oscurecida por los años. Algunas conservan todavía las rejas antiguas y los patios cerrados donde en verano se oye el murmullo de una conversación o el ruido de platos después de comer. No es un lugar de grandes recorridos monumentales; aquí la historia aparece en detalles pequeños: un arco bajo, un muro grueso, una cuadra que aún huele a paja.
Caminar por la calle Mayor es recorrer el eje del pueblo. A media mañana suele haber más movimiento: vecinos que salen a comprar, algún coche que pasa despacio, el sonido de una puerta que se cierra con eco en la calle.
El castillo y la iglesia en el centro del pueblo
El castillo de los Pimentel se levanta dentro del propio casco urbano y domina la silueta de Alija. Sus murallas de piedra clara y las torres redondeadas siguen marcando el perfil del pueblo incluso desde bastante lejos, entre los campos. Es una fortaleza del siglo XV asociada al linaje de los Pimentel, con un aspecto sólido, casi compacto, que recuerda bien el carácter defensivo con el que se levantó.
A poca distancia está la iglesia parroquial de San Esteban. Construida principalmente en ladrillo, con una torre que sobresale sin estridencias sobre los tejados, forma parte de la rutina diaria del pueblo. En las horas tranquilas la plaza cercana queda casi en silencio, interrumpido solo por alguna campana o por el paso de un coche.
Las calles que rodean esta zona conservan bastante arquitectura popular. Muros gruesos que mantienen el fresco en verano, portales profundos y dependencias que antiguamente se usaban para animales o para guardar grano. Algunas casas se han reformado, pero todavía se reconocen bien las formas de la vivienda rural tradicional de esta parte de León.
Campos abiertos y riberas cercanas
Al salir del pueblo, el paisaje se abre enseguida. Parcelas de cereal, caminos agrícolas y líneas de chopos que marcan el curso de arroyos o zonas más húmedas. En primavera el verde es muy intenso; a principios de verano el color vira hacia el dorado y el aire suele traer olor a tierra seca y paja.
Cerca del término municipal pasan riberas ligadas al sistema del río Órbigo y a pequeños arroyos que riegan huertas y prados. No hay rutas señalizadas como tal, pero los caminos agrícolas permiten caminar o pedalear sin demasiada dificultad. Conviene llevar agua y mirar antes el estado del terreno: después de varios días de lluvia algunos tramos se vuelven bastante blandos.
A primera hora de la mañana o al final de la tarde es cuando el paisaje se disfruta más. Al mediodía el sol cae de lleno y apenas hay sombra.
Recorrer los caminos del entorno
Muchos de los caminos que salen de Alija se usan a diario para trabajar las tierras, así que conviene caminar con atención y apartarse si pasa algún tractor. Son trayectos llanos, sin grandes desniveles, que atraviesan campos abiertos donde el viento se nota bastante en ciertas épocas del año.
Para quien vaya en bicicleta, las carreteras secundarias de la comarca permiten enlazar varios pueblos cercanos con poco tráfico. El firme es variable y en algunos tramos se notan baches o parches, algo habitual en este tipo de vías rurales.
Por la noche, cuando el cielo está despejado, la falta de luz artificial deja ver bastantes estrellas. Basta con alejarse un poco de las farolas del pueblo y mirar hacia los campos.
Lo que se come en las casas
La cocina aquí sigue muy pegada al calendario del campo. Sopas de ajo hechas con pan asentado, embutidos de la matanza y guisos que se cocinan despacio en los meses fríos. En las huertas cercanas al río suelen salir buenas judías, patatas y hortalizas de temporada.
Durante el invierno todavía hay familias que mantienen la matanza del cerdo, aunque hoy se hace de forma más doméstica que hace décadas. Es uno de esos momentos en los que el pueblo recupera un ritmo antiguo: humo saliendo de las chimeneas, movimiento en los corrales y conversaciones largas alrededor de la mesa.
Fiestas y regreso de los que viven fuera
Las celebraciones más ligadas al calendario religioso giran en torno a San Esteban, patrón del pueblo, en fechas cercanas a la Navidad. Son días en los que vuelven muchos vecinos que viven fuera y el ambiente cambia bastante.
En verano ocurre algo parecido, sobre todo en agosto. Las calles que durante el resto del año están tranquilas se llenan de gente por la noche, con música en la plaza y actividades organizadas por los propios vecinos.
Si buscas ver el pueblo con calma, suele ser mejor acercarse fuera de esas semanas. En primavera o a principios de otoño el ritmo es más pausado y se entiende mejor cómo funciona Alija del Infantado durante la mayor parte del año.