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sobre Macotera
Pueblo de tradición agrícola con una iglesia impresionante por su artesonado mudéjar; historia ligada a la artesanía
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El primer sonido en Macotera suele ser el de una persiana levantándose. Luego llega el olor a pan caliente que sale de algún horno del centro. La plaza Mayor aparece poco a poco, con la luz fría de la mañana cayendo sobre la piedra clara de las fachadas. Este pueblo de la Tierra de Peñaranda, en la provincia de Salamanca, está a unos 900 metros de altitud. Esa altura se nota en el aire limpio y en un cielo que a menudo parece más amplio de lo que uno espera.
Macotera no se entiende por un monumento concreto. Se entiende caminando despacio, escuchando las campanas, mirando las casas que llevan aquí varias generaciones.
La plaza y la iglesia
La iglesia de San Juan Bautista marca el centro del pueblo. Su volumen aparece entre las casas como una pieza más oscura de piedra. El edificio comenzó a levantarse en el siglo XVI y después fue cambiando con reformas y añadidos.
El campanario se ve desde casi cualquier calle cercana. Cuando suenan las campanas, el sonido rebota en las fachadas y se queda unos segundos flotando sobre la plaza.
Dentro, el retablo mayor conserva madera dorada y pinturas religiosas de siglos posteriores. El interior es más sobrio de lo que sugiere la fachada. Conviene entrar a media mañana, cuando la luz se cuela por las ventanas altas y cae directamente sobre el altar.
Calles sin plano
Desde la plaza salen varias calles que no siguen un trazado recto. Algunas se estrechan de repente. Otras giran sin avisar entre casas encaladas.
Todavía quedan portones de madera ancha y balcones de hierro forjado. En ciertos dinteles aparecen escudos antiguos o piedras labradas que pasan desapercibidas si uno camina deprisa.
En verano la cal de las paredes refleja una luz muy blanca. En invierno, en cambio, las calles se quedan en sombra durante buena parte del día y el pueblo se vuelve más silencioso.
Camino a la ermita de Santa Ana
A algo más de un kilómetro del casco urbano se levanta la ermita de Santa Ana. Se llega por un camino sencillo que sale del pueblo y se mete entre campos de cultivo.
El terreno aquí es llano. El horizonte se abre sin obstáculos y el viento mueve los cereales como si fueran una sola superficie. Cerca de la ermita hay algunos pinos que rompen la línea del paisaje y dan algo de sombra.
Por la tarde, cuando el sol baja, la tierra toma un color oscuro y cálido. Es uno de los momentos más tranquilos para acercarse caminando.
Los campos de la Tierra de Peñaranda
Alrededor de Macotera domina el cereal. Trigo y cebada en la mayor parte del año. En verano también aparecen parcelas de girasol que cambian el tono del paisaje.
Los caminos agrícolas se pueden recorrer a pie o en bicicleta. No hay grandes pendientes. Eso sí, fuera del pueblo apenas hay fuentes y la sombra es escasa. Si se sale a caminar en los meses cálidos conviene llevar agua y evitar las horas centrales.
A veces se ven rapaces planeando sobre los campos abiertos. El silencio aquí no es total: siempre hay viento, algún tractor a lo lejos o el ruido seco de los tallos al rozarse.
Cuándo acercarse
Macotera cambia bastante según la época del año. En agosto el pueblo se anima más y las calles se llenan de gente que vuelve por las fiestas dedicadas a San Juan Bautista, que tradicionalmente se celebran en verano.
Si lo que se busca es caminar tranquilo y ver el ritmo diario del pueblo, es mejor venir en primavera o en otoño. Entre semana, a primera hora, la plaza vuelve a ese momento inicial: olor a pan, una puerta que se abre y la luz clara entrando despacio entre las casas.