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sobre Aguasal
Municipio de la Tierra de Pinares con muy poca población; conserva el encanto de los pueblos castellanos rodeados de campos de cultivo y naturaleza
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo entre los pinos, el aire en Aguasal huele a resina tibia y a tierra seca. Apenas se oye nada más que el roce del viento en las copas y, de vez en cuando, el motor lejano de un coche atravesando la carretera comarcal. El turismo en Aguasal no tiene que ver con monumentos ni con agendas llenas: aquí todo empieza con ese silencio y con un puñado de casas bajas, de adobe y teja, que aparecen entre los pinares.
El pueblo es pequeño incluso para los estándares de la Tierra de Pinares. Hoy viven aquí unas pocas personas —alrededor de una veintena según los últimos recuentos— y muchas de las casas conservan la estructura tradicional: muros gruesos de adobe, portones de madera oscurecida y corrales que miran hacia los pinares. Al caminar por las calles, que son cortas y casi siempre vacías, se ven grietas en los revocos y viejas vigas que han pasado ya por varias generaciones.
La iglesia y el pequeño núcleo del pueblo
Entre las casas aparece la iglesia parroquial de San Pedro. Es un edificio sencillo, levantado en piedra arenisca, probablemente de época moderna, con un campanario cuadrado que sobresale justo lo suficiente para verse desde los caminos que llegan al pueblo.
La mayor parte del tiempo está cerrada. Aun así, merece la pena acercarse hasta la puerta para fijarse en la textura de la piedra, algo erosionada, y en los arcos moldurados de la entrada. No hay mucho más alrededor: una pequeña plaza, algunas fachadas que miran al sol de la tarde y el silencio que vuelve enseguida cuando te detienes.
Pinares que rodean Aguasal
El verdadero paisaje de Aguasal empieza en cuanto sales del último muro. Los pinares de la Tierra de Pinares rodean el pueblo en todas direcciones, con largas filas de pino resinero que dejan pasar una luz muy clara entre los troncos.
Si miras con atención, todavía se ven las marcas de la antigua resinación en muchos árboles: cortes verticales en la corteza y cicatrices oscuras que suben desde la base del tronco. Durante décadas, buena parte de la vida de estos pueblos giró en torno a ese trabajo.
Los caminos que atraviesan el pinar son anchos, de arena clara. En verano el suelo cruje bajo los pasos; en invierno el olor a resina se mezcla con la humedad.
Caminar sin señalización
No hay rutas marcadas ni paneles explicativos. Los caminos forestales se bifurcan con frecuencia y todos parecen bastante parecidos entre sí, así que conviene llevar el móvil con GPS o un mapa si te alejas demasiado.
A cambio, es fácil caminar durante un buen rato sin cruzarse con nadie. En algunos tramos solo se oye el golpeteo de un pico en la corteza o el aleteo rápido de alguna ave forestal. No es un lugar pensado para hacer listas de especies, más bien para caminar despacio y fijarse en lo pequeño: piñas abiertas, arena removida por algún animal, el olor intenso cuando el sol calienta la resina.
Si vas en verano, lo más llevadero es salir temprano o ya al caer la tarde. A mediodía el calor se queda atrapado entre los pinos.
Otoño y temporada de setas
Cuando llegan las lluvias de otoño, los pinares cambian de ritmo. Es habitual ver a gente con cesta y navaja recorriendo los claros en busca de níscalos y otras especies que suelen aparecer en estos suelos arenosos.
En muchos montes de la zona la recolección está regulada y suele haber límites de cantidad, así que conviene informarse antes. Y, sobre todo, tener claro lo que se recoge: aquí no hay puestos de control ni guías, cada cual se maneja con su experiencia.
Comer y organizar la visita
En Aguasal no hay bares ni restaurantes. Si planeas pasar unas horas caminando por los pinares, lo mejor es llevar agua y algo de comida.
Para sentarse a comer con calma hay que desplazarse a pueblos cercanos de la comarca, donde todavía se mantienen platos muy de esta tierra: legumbres guisadas despacio, sopas contundentes y carne de cordero o de corral cuando toca.
Un pueblo mínimo en la Tierra de Pinares
Aguasal no es un sitio al que se llegue por casualidad. Queda apartado de las rutas más transitadas de Valladolid y, quizá por eso, conserva esa sensación de lugar detenido, donde los sonidos del pinar ocupan casi todo el espacio.
Basta caminar un poco por los alrededores para entenderlo: arena clara bajo los pies, troncos rectos perdiéndose en la distancia y, de vez en cuando, una casa aislada o un viejo corral recordando que aquí hubo más vida de la que se ve hoy. Un paisaje sobrio, muy de esta parte de Castilla, que se entiende mejor cuando se recorre despacio.