Artículo completo
sobre Boecillo
Municipio residencial y tecnológico con parque empresarial; conserva bodegas tradicionales y un entorno de pinares muy cerca de la capital
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay un momento, justo cuando sales de Valladolid y el coche empieza a respirar después del taco de la rotonda de San Cristóbal, en el que la carretera se abre y ves el cartel de Boecillo. Si vas despacio —cosa rara—, te da tiempo a leer el subtítulo: “Pueblo de la uva y del toro”. Y piensas: «Vale, esto suena a lema de fiestas». Pero no va muy desencaminado. Si te quedas un rato, ves que la cosa gira bastante alrededor de esas dos ideas.
De bueyes, uvas y satélites
Boecillo es como ese primo que se hizo informático y ahora vive en una urbanización tranquila, pero sigue bajando a las fiestas del pueblo como cuando tenía veinte años. Porque aquí, entre pinares y campos de cereal, hay un parque tecnológico bastante potente. En uno de esos edificios se trabaja con imágenes de satélite y proyectos espaciales; dicho así parece ciencia ficción, pero está a pocos minutos en coche de una de las ganaderías de toro bravo con más historia del país, el Raso de Portillo.
Imagínate la conversación típica: uno cría toros, otro analiza imágenes de la Tierra desde el espacio. Y todos viven a diez minutos de Valladolid.
El nombre del pueblo tiene varias teorías. Una habla de un buey pequeño que bebía en una fuente; otra, de la planta del boj. Lo que sí está claro es que el lugar aparece ya en documentos medievales, cuando la zona dependía del concejo de Valladolid. O sea, que Boecillo lleva aquí bastante más tiempo que la autovía que te trae.
La iglesia… y un edificio que no esperas
La referencia rápida es la iglesia de San Miguel Arcángel. Es del siglo XIX, de líneas bastante sobrias, y acaba siendo el punto al que llegas cuando das la típica vuelta por el centro.
Pero hay otro edificio que suele llamar más la atención cuando lo ves por primera vez: un casino privado instalado en un palacete de la misma época. No es un casino al estilo de las películas, sino un club social bastante exclusivo. El edificio, eso sí, tiene ese aire de residencia señorial que parece pensado para celebraciones grandes.
Y luego está el puente sobre el Duero que conecta con Laguna de Duero. La tradición local dice que lo mandaron construir los Reyes Católicos. No sé cuántas veces se habrá reparado desde entonces, pero sigue teniendo ese aspecto de puente que ha visto pasar carros, camiones y ahora coches camino del trabajo.
La uva que aquí se come
Cuando alguien de la zona habla de uva, muchas veces no está pensando en vino. En Boecillo la uva de mesa tiene bastante peso y hay una fiesta dedicada a ella que suele celebrarse a principios de octubre, cuando la vendimia anda cerca.
No es una fiesta gigantesca ni pretende competir con las zonas vinícolas famosas. Es más bien de pueblo: racimos, gente probando uvas y conversaciones que empiezan hablando del campo y acaban hablando de cualquier cosa.
En la mesa, lo típico de la zona tira hacia lo contundente. La sopa castellana aparece mucho cuando refresca: pan, ajo, pimentón, huevo… de esas que te dejan calentito durante horas. Y en invierno no es raro que en las fiestas de Santa Águeda aparezcan dulces caseros que compensan el frío.
En verano, la celebración de San Cristóbal tiene una escena bastante curiosa: la bendición de coches. Ves pasar utilitarios con muchos kilómetros a las espaldas y todoterrenos recién lavados esperando el mismo chorrito de agua bendita.
¿Y qué hago aquí exactamente?
Te lo digo como se lo diría a un amigo: Boecillo no es un pueblo museo. No es de esos sitios donde estás toda la tarde haciendo fotos porque cada esquina parece un decorado.
Aquí lo que pasa es otra cosa: se vive. Hay algo más de cuatro mil vecinos, urbanizaciones alrededor, gente que trabaja en Valladolid y vuelve por la tarde, chavales en bici y vida normal de pueblo que crece.
Llegas, aparcas sin dar vueltas eternas, te acercas a la plaza, ves la iglesia, cruzas alguna calle tranquila y en un rato ya te has orientado. Si coincide con alguna fiesta, el ambiente cambia bastante. Si no, es simplemente un sitio tranquilo a un paso de la capital.
En un par de horas te haces una idea del lugar. Tres si te entretienes paseando hacia el río o por los pinares cercanos.
Y si luego te apetece más movimiento, Valladolid está al lado. Pero ya sabes cómo va eso: allí empiezas a mirar el reloj del parquímetro. Aquí, de momento, la cosa sigue yendo con más calma.