Artículo completo
sobre Calabazas de Fuentidueña
Pequeña aldea con encanto rural; destaca por su tranquilidad y la iglesia parroquial
Ocultar artículo Leer artículo completo
A pocos metros del borde del campo, donde los pinares parecen extenderse hasta el horizonte, aparece Calabazas de Fuentidueña: un pequeño conjunto de casas de adobe y tejados rojizos que, visto desde el camino, casi se confunde con la tierra. Aquí la quietud no es un silencio vacío. Se oye el roce del viento en las copas de los pinos, alguna puerta que se cierra despacio, el crujido de las ramas secas bajo los pies. Cuando el sol empieza a calentar, el aire se llena de ese olor a resina tan propio de la Tierra de Pinares.
Calabazas de Fuentidueña tiene poco más de veinte vecinos censados y pertenece a la comarca de Tierra de Pinares, en el norte de Segovia. No es un pueblo de paso: hay que venir a propósito, por carreteras secundarias que atraviesan campos de cereal y manchas de pinar. A cambio, lo que se encuentra es un lugar donde el tiempo se mueve más despacio. En invierno el humo de las chimeneas se queda bajo sobre los tejados; en verano, al caer la tarde, las calles vuelven a tener algo de vida cuando llegan quienes mantienen aquí la casa familiar.
La iglesia de San Andrés y la pequeña plaza
La iglesia de San Andrés es el edificio que organiza el pueblo. Sus muros, levantados con tapial y materiales sencillos, muestran reparaciones de distintas épocas. Dentro se conserva una pintura mural antigua —se suele situar en torno al siglo XVI— que algunos vecinos enseñan con orgullo cuando la iglesia está abierta.
Delante se forma una pequeña plaza donde apenas pasan coches. A mediodía, sobre todo en verano, la luz cae casi vertical y las sombras se encogen bajo los bancos. Desde allí salen un par de calles cortas que enseguida se transforman en caminos hacia el campo. En un pueblo de este tamaño todo queda cerca: en pocos minutos ya estás caminando entre pinares.
Pinares y campos de cereal
El paisaje alrededor de Calabazas de Fuentidueña es el de buena parte de la Tierra de Pinares: grandes masas de pino resinero mezcladas con parcelas de cereal. En primavera los campos se ven de un verde muy vivo; hacia julio el color vira al amarillo y el aire se llena de polvo fino cuando pasan los tractores.
El pinar cambia menos a lo largo del año, aunque en otoño el suelo se cubre de agujas secas y piñas abiertas. Al caminar se nota ese olor dulce de la resina y, si el día está en calma, el sonido de las copas moviéndose muy arriba. No es raro encontrar antiguos caminos de trabajo relacionados con la resina, algunos hoy casi borrados por la arena.
Caminos que salen del pueblo
Desde las últimas casas parten pistas de tierra que se adentran en el pinar. No están señalizadas como rutas oficiales, pero son fáciles de seguir si se lleva un mapa o el móvil con GPS. Son caminos prácticamente llanos, así que se pueden recorrer andando o en bicicleta sin demasiada exigencia.
Conviene llevar agua si se piensa caminar un buen rato. En el pueblo no hay tiendas ni servicios y en varios kilómetros alrededor lo que predominan son pinares y campos abiertos. En verano también ayuda salir temprano: a partir del mediodía el sol cae con fuerza y hay poca sombra fuera del bosque.
Pájaros, silencio y alguna sorpresa al atardecer
Quien camina despacio por estos pinares suele acabar fijándose en los sonidos antes que en lo que ve. Los arrendajos anuncian su presencia con gritos ásperos, los herrerillos se mueven inquietos entre las ramas bajas y, de vez en cuando, alguna rapaz cruza el cielo aprovechando las corrientes de aire.
Al anochecer, cuando el calor del día baja, aparecen otros detalles: grillos, algún murciélago sobrevolando el camino y, en noches tranquilas de verano, puntos de luz de luciérnagas entre la hierba. No hay miradores ni infraestructuras para observar fauna; basta con detenerse un momento y escuchar.
Comer y abastecerse
En Calabazas de Fuentidueña no hay bares ni tiendas. Lo habitual es acercarse a pueblos cercanos para comprar o comer. Aun así, la cocina que se mantiene en las casas sigue siendo la de la zona: legumbres de cocción lenta, sopas contundentes en invierno y cordero asado cuando hay celebración familiar.
Las fiestas del pueblo suelen concentrarse en agosto, cuando regresan quienes viven fuera durante el resto del año. Durante unos días las calles se llenan más de lo habitual, hay procesión y reuniones en la plaza. Después todo vuelve a su ritmo normal.
Calabazas de Fuentidueña no necesita mucho más que eso: unas pocas casas, el pinar alrededor y la sensación —cada vez menos común— de estar en un lugar donde el día termina cuando se va la luz y no cuando lo marca el reloj. Si vienes, merece la pena hacerlo temprano o al atardecer, cuando el olor de los pinos se nota más y el pueblo parece quedarse suspendido en ese silencio suave del campo segoviano.