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sobre Castro de Fuentidueña
Pequeña localidad elevada con vistas panorámicas; conserva la tranquilidad de antaño
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A las nueve de la mañana, el sol entra de lado por las ventanas pequeñas de la iglesia de San Andrés. La piedra se calienta rápido y el interior queda en una mezcla de luz dorada y sombra fría. Así empieza muchas veces el turismo en Castro de Fuentidueña: con silencio, con olor a resina en el aire y con la sensación de que el día aún no ha arrancado del todo.
Castro de Fuentidueña es una aldea mínima de la Tierra de Pinares. Apenas cuarenta vecinos. Casas de mampostería, algunas vencidas hacia un lado, otras reparadas con cuidado. Las puertas son bajas y muchas fachadas guardan grietas finas que se abren como venas en la piedra. Aquí el tiempo se nota en las paredes más que en el reloj.
La iglesia y el pequeño núcleo del pueblo
Desde la plaza sale una calle estrecha que sube hasta la iglesia. No se tarda ni dos minutos. San Andrés es sencilla, casi austera. Una torre corta con dos campanas y muros gruesos que conservan bien el fresco en verano.
Alrededor quedan varias casas habitadas todo el año. Otras solo se abren en verano, cuando regresan familias que mantienen aquí la casa de los abuelos. En agosto el pueblo cambia un poco: se oyen coches llegar, puertas que llevaban meses cerradas, voces en la plaza al caer la tarde.
El pinar que rodea Castro de Fuentidueña
El pueblo está a unos 1.100 metros de altitud y el pinar aparece nada más salir de las últimas casas. Pino resinero y pino piñonero. Troncos rectos, bastante separados entre sí, con ese olor seco que deja la resina cuando el sol aprieta.
En otoño el suelo se cubre de agujas y piñas abiertas. El sonido al caminar es blando, casi acolchado. En invierno el aire se vuelve más limpio y frío. Incluso en verano, cuando el sol cae fuerte al mediodía, la sombra del pinar mantiene una temperatura bastante llevadera.
Caminos de tierra entre pueblos
No hay senderos señalizados ni paneles. Lo que hay son pistas forestales y caminos agrícolas que conectan con pueblos cercanos como Villaverde de Montejo o Torre Val de San Pedro.
Son caminos anchos, de tierra compacta. A ratos aparecen tramos con piedra suelta. Se pueden recorrer andando o en bicicleta sin demasiada dificultad si se tiene algo de costumbre. Conviene evitar las horas centrales en julio y agosto; la sombra no siempre es continua y el calor se acumula en las pistas abiertas.
Por la tarde la luz se vuelve más baja y el pinar cambia de color. Los troncos se ven casi rojizos y el aire huele más intenso.
Setas, aves y el silencio del pinar
Cuando el otoño viene húmedo, el monte se llena de buscadores de setas. Los níscalos suelen aparecer bajo los pinos jóvenes, medio escondidos entre agujas secas. Los coches se ven aparcados en las entradas de los caminos durante esos días.
La zona también tiene bastante vida de aves forestales. Zorzales, herrerillos, algún pico trabajando en los troncos. A veces pasa una rapaz alta, aprovechando las corrientes que se forman sobre el pinar. No hay observatorios ni infraestructuras. Solo hace falta parar y mirar un rato.
Fiestas discretas y casas que vuelven a abrirse
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto en honor a San Andrés. Son días tranquilos. Procesiones cortas, reuniones entre vecinos y gente que vuelve al pueblo unos días.
Durante el resto del año el ambiente es mucho más callado. En Navidad algunas casas colocan belenes sencillos y en Semana Santa todavía suenan las campanas en ciertos momentos del día.
Cómo llegar y cuándo venir
Desde Segovia capital hay alrededor de cincuenta kilómetros por carreteras secundarias. El trayecto atraviesa varios pueblos pequeños antes de entrar en Castro. Los últimos kilómetros discurren entre pinares bastante cerrados.
Conviene venir en coche propio. El transporte público por esta zona es escaso y no siempre llega hasta aldeas tan pequeñas.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por el pinar. En verano el pueblo tiene algo más de movimiento, pero también más coches y segundas residencias abiertas. Quien busque silencio real lo encontrará mejor fuera de agosto, en una mañana fresca en la que solo se oye el viento moviendo las copas de los pinos.