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sobre Fuente-Olmedo
Pequeña aldea rodeada de campos; destaca por su tranquilidad y la iglesia parroquial dedicada a San Juan
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A primera hora de una mañana fría, Fuente-Olmedo apenas hace ruido. La luz entra plana, grisácea, y se queda pegada a las fachadas de ladrillo y adobe. Alguna puerta de madera se abre despacio, con ese crujido seco de las casas viejas. En este pequeño núcleo de la Tierra de Pinares viven poco más de cuarenta personas y el ritmo lo marca el campo, no el reloj.
El pueblo se asienta en la llanura del sur de la provincia de Valladolid, en un terreno casi sin relieves, donde el horizonte aparece siempre bajo y limpio. Las casas mantienen en muchos casos la estructura tradicional: muros encalados, ladrillo visto, portones anchos pensados más para carros que para coches.
El trazado sencillo del pueblo
La carretera que llega a Fuente-Olmedo atraviesa el casco en línea recta. No hay rodeos: entras, cruzas el pueblo y vuelves a salir hacia los campos. A un lado y otro aparecen viviendas de una o dos alturas, algunas rehabilitadas y otras con las vigas de madera todavía a la vista bajo el alero.
La iglesia parroquial de San Juan Evangelista se reconoce desde lejos por su torre cuadrada cubierta de teja rojiza. Sirve un poco de referencia para orientarse cuando uno camina por las calles. Las celebraciones religiosas suelen concentrarse en determinados momentos de la semana o en fechas señaladas, así que lo normal es encontrar el edificio cerrado si se pasa por aquí sin plan previo.
No hay grandes plazas ni espacios monumentales. Más bien pequeños ensanches entre casas donde se charla al caer la tarde, cuando el sol baja y el aire empieza a refrescar incluso en verano.
El pinar que rodea Fuente-Olmedo
Al salir del núcleo urbano, el paisaje cambia enseguida a pinar. Forma parte de la extensa masa forestal de la Tierra de Pinares, conocida durante generaciones por la explotación de la resina. Todavía se ven algunos pinos marcados con antiguas incisiones, cicatrices oscuras en la corteza.
Los caminos forestales atraviesan estas masas de pino resinero con una geometría bastante regular. Cuando sopla algo de viento, el sonido se vuelve continuo, como un roce largo que pasa de copa en copa. El olor a resina aparece sobre todo en los días cálidos.
En otoño es habitual ver a gente buscando níscalos en los claros del bosque. La recolección suele estar regulada en muchos montes de la zona, así que conviene informarse antes de salir con la cesta.
Caminar o pedalear entre pistas de arena
Las pistas forestales que rodean Fuente-Olmedo son largas, rectas y bastante llanas. Funcionan bien para caminar o recorrer en bicicleta sin grandes desniveles, aunque a veces la arena suelta obliga a ir despacio.
No hay demasiada señalización y muchos cruces se parecen entre sí. Si se quiere hacer una ruta algo más larga, es buena idea llevar un track o un mapa descargado en el móvil.
Con algo de paciencia se pueden ver corzos cruzando entre los pinos, sobre todo al amanecer o al final de la tarde. También es fácil escuchar rapaces sobrevolando el pinar, aunque no siempre se dejan ver con claridad entre las copas.
Un pueblo pequeño, con vida muy concentrada
Fuente-Olmedo tiene pocos servicios y conviene llegar con lo necesario si se piensa pasar varias horas por la zona. Para comer o alojarse hay más opciones en localidades cercanas de la comarca.
Las fiestas en honor a San Juan suelen reunir a vecinos y a gente que mantiene aquí la casa familiar aunque viva fuera. Durante esos días el pueblo cambia de ambiente: más coches aparcados, conversaciones largas en la calle y comidas compartidas que se alargan bien entrada la tarde.
El resto del año la vida es mucho más tranquila. Al anochecer, cuando se apagan las pocas luces del pueblo, el cielo queda muy oscuro. En noches despejadas aparecen muchas más estrellas de las que uno espera ver en la meseta.
Aquí no hay grandes reclamos ni monumentos que llenen una agenda. Lo que hay es campo abierto, pinar y un puñado de casas donde todavía se reconoce una forma de vivir muy ligada al terreno. A veces basta con caminar un rato por las pistas y escuchar cómo crujen las agujas secas bajo las botas.