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sobre Fuentepiñel
Pueblo de tradición agrícola y apícola; conserva tradiciones como la enramada
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A unos pocos kilómetros de la carretera que atraviesa los pinares de la Tierra de Pinares segoviana, un camino de tierra se aparta hacia el interior del bosque. El coche levanta algo de polvo en verano y el olor a resina aparece enseguida, más fuerte según se avanza entre los pinos. Al final está Fuentepiñel. Viven unas 63 personas. Las casas se agrupan en torno a unas pocas calles cortas, sin tráfico ni prisa.
El nombre del pueblo, que evoca una fuente entre pinos, tiene bastante de literal. Cerca de la plaza hay un pequeño manantial rodeado de pinos altos que en verano dan una sombra agradecida. Las construcciones son sobrias: muros de piedra, fachadas claras, tejados de teja rojiza que el sol va apagando con los años. La iglesia parroquial de San Juan Bautista se ve desde los campos que rodean el pueblo. Es un edificio sencillo, de los que han ido cambiando poco a poco con arreglos discretos.
Al caminar por las calles aparecen portones de madera ya algo gastados, corrales donde todavía se guarda ganado y patios donde quedan restos de hornos antiguos. Durante mucho tiempo la vida aquí giró alrededor del monte y del ganado. También de pequeñas huertas y de los campos cercanos. En algunos bordes del pueblo se distinguen bodegas excavadas en la tierra y corrales que servían para resguardar animales en invierno.
Pinares que rodean el pueblo
Fuentepiñel queda dentro de la gran masa de pinares que ocupa buena parte de esta zona de Segovia. Son pinares extensos, de tronco recto, donde el suelo está cubierto de agujas secas que crujen al pisarlas. En algunos árboles aún se ven las marcas de la antigua extracción de resina, cortes oblicuos en la corteza que recuerdan un trabajo muy común aquí hace décadas.
Caminar por estos montes es sencillo porque abundan las pistas forestales anchas. Muchas se usaban para carros y para el paso del ganado. Hoy siguen abiertas, aunque la señalización es escasa. Si uno se aleja demasiado del pueblo conviene llevar un mapa o el móvil con GPS.
En otoño el bosque cambia de ritmo. Aparecen buscadores de setas en los claros del pinar. Níscalos, sobre todo, y a veces boletus en zonas más húmedas. La recogida está regulada en buena parte de la provincia y además conviene saber distinguir especies. No todo lo que sale del suelo acaba en la sartén.
Entre los árboles es fácil ver rastros de fauna: huellas removiendo la tierra o senderos marcados por animales. Los corzos suelen cruzar al amanecer o al caer la tarde, cuando el monte está más tranquilo.
Calles cortas y vida diaria
El pueblo no tiene grandes monumentos ni edificios llamativos. Lo que hay es un trazado pequeño y funcional. Las casas miran a la calle con fachadas sencillas y algunas ventanas con contraventanas de madera. En verano se oyen conversaciones en la puerta al caer la tarde. En invierno el movimiento se concentra más dentro de las casas.
La actividad agrícola fue perdiendo peso con los años, aunque todavía quedan parcelas trabajadas en los alrededores. También se mantiene algo de ganadería. Esa mezcla explica la presencia de corrales, almacenes y pequeñas naves junto a viviendas más antiguas.
Fiestas y costumbres que siguen vivas
Durante agosto suele haber más movimiento porque regresan familias que tienen casa en el pueblo. La plaza se utiliza entonces para reuniones, juegos y música sencilla organizada por los propios vecinos.
En mayo se recuerda a San Isidro Labrador, una figura muy ligada al calendario agrícola. No siempre hay actos grandes, pero algunas familias mantienen la costumbre de reunirse o acercarse al campo ese día.
En invierno continúa practicándose en algunas casas la matanza del cerdo. Es una tarea doméstica, hecha entre familiares, para preparar chorizos, morcillas o lomos que después se curan durante semanas. Son jornadas largas, de trabajo compartido, que todavía forman parte del calendario rural.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para recorrer los caminos del pinar. El verano trae calor seco al mediodía, aunque las primeras horas de la mañana siguen siendo frescas bajo los árboles.
Conviene tener en cuenta que el pueblo es pequeño y no tiene servicios turísticos como los de localidades mayores. Lo mejor es llegar con calma, dar una vuelta a pie y dedicar tiempo a los caminos que salen hacia el monte. Ahí es donde Fuentepiñel se entiende mejor: entre pinos altos, pistas de tierra y ese olor persistente a resina que acompaña casi todo el camino.