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sobre Fuentesaúco de Fuentidueña
Destaca por su iglesia románica y la producción de achicoria en el pasado
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A las afueras del pueblo, en un día de verano que todavía no aprieta del todo, la sombra de los pinos cae sobre un sendero de arena clara que serpentea entre campos de cereal. El suelo cruje al pisar las acículas secas y, si se madruga un poco, se oyen antes los pájaros que cualquier coche. Aquí, en la provincia de Segovia, a unos 892 metros de altitud, está Fuentesaúco de Fuentidueña. Viven poco más de doscientas personas y eso se nota en el ritmo: el silencio es real y lo rompe, de vez en cuando, el canto de un carbonero o el motor lejano de un tractor.
El nombre del pueblo suele explicarse por dos cosas muy concretas del terreno. Por un lado, pequeñas surgencias de agua que aparecen en los alrededores; por otro, los saúcos que tradicionalmente crecían cerca de esos puntos húmedos. La coletilla “de Fuentidueña” recuerda su vínculo con la histórica comunidad de villa y tierra de ese municipio cercano. Aún hoy muchos caminos rurales enlazan ambos lugares sin rodeos, cruzando pinares y tierras de labor.
Calles tranquilas y la iglesia en el centro
Fuentesaúco de Fuentidueña no es un lugar al que se venga buscando grandes monumentos. Lo que hay son calles estrechas, muros de piedra mezclados con adobe y portones de madera que han visto bastantes inviernos. Algunas casas se han rehabilitado, otras siguen prácticamente como estaban hace décadas.
La iglesia parroquial de San Miguel ocupa el centro del pueblo. Su fábrica suele fecharse en el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido arreglos posteriores. Desde fuera se ve el campanario sencillo; dentro, un retablo sobrio y ese olor frío de las iglesias de pueblo, mezcla de piedra, cera y madera antigua. Cuando las campanas suenan —algo que todavía ocurre en días señalados— el sonido se expande por las calles sin encontrar mucho obstáculo.
Cerca aparecen los antiguos lavaderos. La piedra está pulida por años de uso y el agua corre despacio, incluso en verano. Hoy se utilizan poco, pero ayudan a imaginar cómo se organizaba la vida diaria cuando el agua corriente en casa no era lo habitual.
Pinares y caminos de arena
Alrededor del pueblo empieza enseguida la Tierra de Pinares. Son masas de pino albar y resinero que crecen sobre suelos arenosos, con claros donde asoman jaras, tomillo o alguna retama baja. En verano la resina calienta el aire y deja ese olor dulce y áspero a la vez que tienen muchos pinares castellanos.
Los caminos rurales permiten caminar o ir en bici sin demasiada planificación. No siempre hay señalización clara, así que conviene llevar un mapa o un track si se quiere alargar la ruta. Algunos tramos cercanos coinciden con la Cañada Real Soriana Oriental, una de las grandes vías ganaderas que durante siglos usaron los rebaños trashumantes al cruzar la meseta.
Si se viene en pleno agosto, mejor salir temprano o a última hora de la tarde: la arena refleja el sol y el calor se nota más de lo que parece en el mapa.
Otoño de setas en los pinares
Cuando las lluvias acompañan, el otoño cambia bastante el ambiente de estos montes. Bajo los pinos aparecen níscalos y otras especies que atraen a mucha gente de la zona. No todos los años ocurre con la misma abundancia y conviene informarse antes de salir a recolectar.
También es importante conocer bien qué se recoge. En la provincia hay regulación en muchos montes y, además, no todas las setas son fáciles de distinguir. Lo habitual es ver a gente con cestas de mimbre caminando despacio entre los troncos, mirando el suelo con paciencia.
Aves sobre los campos
Sobre los pinares y las parcelas de cultivo es relativamente fácil ver rapaces. Los milanos suelen planear aprovechando las corrientes de aire y, en épocas cálidas, también aparecen otras aves buscando pequeños roedores en los rastrojos. No hay observatorios ni rutas ornitológicas marcadas; basta con caminar despacio y parar de vez en cuando.
Unos prismáticos ligeros ayudan, pero muchas veces el mejor momento llega cuando uno simplemente se sienta en un borde del camino.
Cuándo acercarse
Cada estación cambia bastante la sensación del lugar. En primavera los campos alrededor del pueblo se vuelven de un verde intenso y el aire huele a tierra húmeda después de las tormentas. El verano trae sombra en los pinares y tardes largas, aunque el sol cae con fuerza a mediodía. El otoño es la época en que más movimiento hay en el monte por las setas. En invierno, la escarcha aparece muchas mañanas y el paisaje se queda casi en silencio.
Fuentesaúco de Fuentidueña funciona mejor con calma y sin un plan demasiado apretado: caminar un rato por los caminos de arena, escuchar el viento en los pinos y volver al pueblo cuando la luz empieza a bajar detrás de los campos. Aquí los cambios son pequeños, pero se notan si uno se queda un rato mirando.