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sobre Las Navas del Marqués
Villa señorial rodeada de inmensos pinares; destaca por el Castillo-Palacio de Magalia y el Convento
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A las nueve de la mañana, el sol todavía no ha calentado el aire de Las Navas del Marqués. El olor a resina de los pinos se mezcla con el humo de las chimeneas que aún arden despacio en invierno. Desde la plaza Mayor llegan las campanas del convento, que rebotan contra las fachadas claras y se pierden hacia el monte. Es el momento en que el pueblo respira tranquilo antes de que empiece a moverse más gente, sobre todo los fines de semana.
El castillo que no fue de Eiffel
El Castillo‑Palacio de Magalia aparece en la parte alta como una caja de granito gris. No es un castillo de cuento: tiene algo más seco, más castellano. Las dos cúpulas planas —de esas que apenas se repiten en otros edificios del país— parecen ojos entornados mirando al valle. La leyenda local habla de una princesa llamada Magalia, hija de un centauro, pero la historia es menos fantástica: el edificio empezó a levantarse en el siglo XVI por orden de Pedro Dávila, primer marqués de Las Navas.
Dentro, los muros gruesos guardan el silencio y el fresco incluso en verano. Se cruza un patio sobrio, piedra y cielo sin demasiados adornos. Desde la terraza se abre la vista hacia la Sierra de Gredos cuando el día está limpio. A esta altura —el pueblo ronda los 1.300 metros— el aire suele ser más frío de lo que uno espera, incluso cuando en el llano ya aprieta el calor.
Los senderos que guardan la guerra
Detrás del castillo empieza una de las rutas más conocidas del monte cercano: la de los búnkeres de la Guerra Civil. Son unos cinco kilómetros entre pinos altos y rocas claras donde, de repente, aparecen las estructuras de hormigón medio escondidas entre la vegetación. Bóvedas bajas, troneras abiertas hacia el valle. Algunas están cubiertas de musgo; otras tienen pintadas recientes.
El silencio aquí cambia. Solo se oye el viento pasando por las copas de los pinos o el crujido de las agujas secas bajo las botas. En otoño el suelo se llena de setas y el olor a tierra húmeda tapa el de la resina. Si caminas al atardecer, a veces se escuchan los ciervos durante la berrea, un sonido grave que atraviesa el monte. Conviene llevar agua: en este tramo del pinar no siempre hay fuentes hasta volver a las afueras del pueblo.
El horno que tarda horas
A mediodía, cuando el sol ya cae recto sobre los tejados, empiezan a salir olores de las cocinas: asados de cordero que pasan buena parte de la mañana en el horno. En Las Navas la mesa suele ser contundente. El pucherete —plato muy ligado al pueblo— mezcla garbanzos con carne de cordero, gallina y verduras, todo cocido despacio hasta que el caldo queda denso y dorado.
En las calles del centro todavía hay hornos tradicionales donde se siguen preparando dulces en ciertas épocas del año. Durante la Semana Santa es fácil encontrar pestiños: masa con vino o anís, frita y luego bañada en miel. El resto del año el olor que domina es el del pan reciente, con corteza oscura y miga compacta.
Cuando el pueblo se llena de música
En verano el ritmo cambia bastante. Desde hace años el castillo acoge conciertos de música clásica dentro de un festival que suele celebrarse en julio. Por la noche el patio se ilumina y el sonido se escapa por las murallas hacia el pinar. Si te acercas caminando desde el centro, la música llega mezclada con el ruido de las ranas del cercano embalse.
Agosto también trae las fiestas patronales dedicadas al Cristo de la Salud. La imagen baja en procesión por las cuestas del casco urbano mientras las bandas acompañan el recorrido. Las calles se llenan de mesas, charlas largas y olor a queso de oveja recién cortado. Son días en los que el pueblo se estira hasta bien entrada la madrugada.
Cómo llegar y cuándo volver
Desde Madrid se llega en poco más de una hora por la A‑6 y después por la N‑110. El último tramo atraviesa monte de pinos y robles; al anochecer no es raro ver algún animal cruzando la carretera. También hay conexión en autobús con Ávila y con Madrid en determinados horarios, aunque fuera de los meses más movidos el coche da bastante más margen.
Si buscas tranquilidad, septiembre suele ser buen momento: el monte sigue verde, el aire es claro y el pueblo vuelve a su ritmo habitual. En invierno el frío se nota de verdad —la altitud se hace sentir al caer la tarde—, así que conviene venir abrigado y contar con días cortos. A cambio, el pinar queda casi vacío y el silencio del monte se escucha mucho más.