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sobre Megeces
Localidad bañada por el río Cega; destaca por su presa y el entorno natural ideal para el verano
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En el corazón de la Tierra de Pinares vallisoletana, donde los bosques de pino resinero marcan el paisaje llano de la meseta castellana, se encuentra Megeces, un pueblo pequeño y tranquilo que sigue funcionando al ritmo del campo. Con algo más de 400 habitantes y situado a unos 740 metros de altitud, este municipio representa bien a esos pueblos que han mantenido su vida rural en un territorio marcado por el aroma de la resina y el susurro de los pinares cuando sopla el aire.
Llegar hasta Megeces es adentrarse en una comarca donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo. Rodeada de extensas masas forestales que durante siglos han dado sustento a sus gentes, esta localidad es un buen alto en el camino para desconectar y pasear sin prisa, en un entorno donde la arquitectura tradicional castellana se mezcla con el paisaje de los pinares.
La localidad, aunque modesta en tamaño, conserva cierta autenticidad en sus calles y en la forma de vida de sus vecinos. No es un pueblo de postal ni de grandes monumentos, pero sí un lugar sencillo para quien busca silencio, campo y un trozo de Castilla rural que sigue a lo suyo, con sus temporadas de resina, de caza y de setas.
¿Qué ver en Megeces?
El patrimonio arquitectónico de Megeces se concentra principalmente en su iglesia parroquial, que preside el núcleo urbano con la sobriedad característica de los templos castellanos. Este edificio, testigo silencioso de siglos de historia, merece una visita pausada para apreciar los detalles de su construcción y el papel que ha jugado como centro neurálgico de la vida social del pueblo. No esperes retablos barrocos espectaculares ni grandes tesoros artísticos: el interés está más en el conjunto y en entender cómo se organiza un pueblo alrededor de su iglesia.
El casco urbano conserva ejemplos interesantes de arquitectura popular castellana, con viviendas construidas en adobe, tapial y ladrillo, materiales tradicionales de la zona. Pasear por sus calles permite observar cómo la arquitectura se ha adaptado históricamente al clima continental de la meseta, con muros gruesos y pequeñas ventanas que protegen del frío invernal y del calor del verano. Si te fijas, verás aún corrales, portones grandes para la maquinaria y alguna casa medio derruida que recuerda el pasado agrícola reciente.
Pero el mayor atractivo de Megeces está en su entorno natural. Los pinares que rodean la localidad forman parte de la extensa comarca de Tierra de Pinares, un ecosistema que se extiende por el sur de Valladolid. Estos bosques, tradicionalmente aprovechados para la extracción de resina y madera, crean un paisaje muy uniforme, casi hipnótico cuando uno se adentra por sus caminos, especialmente en otoño cuando el verde de los pinos contrasta con los tonos dorados de los cultivos y los claros del monte. Es fácil entender, caminando por allí, por qué tanta gente de la zona ha vivido siempre “de los pinos”.
Qué hacer
La principal actividad en Megeces es disfrutar de su entorno natural a través del senderismo y los paseos tranquilos. Los caminos que atraviesan los pinares permiten realizar rutas de diferente longitud, todas ellas con el denominador común de la tranquilidad y el contacto directo con la naturaleza. No hay grandes pendientes ni cumbres, es terreno llano de verdad, pero conviene no subestimar las distancias. Es posible avistar fauna local como conejos, perdices y diversas aves rapaces, sobre todo si se camina a primeras horas del día o al atardecer.
Para los aficionados a la micología, los meses de otoño convierten los pinares en un buen terreno de búsqueda. Níscalos, setas de cardo y otras especies comestibles atraen a numerosos visitantes que combinan el paseo por el bosque con la recolección responsable de estos productos. Conviene madrugar: las zonas fáciles de acceso se “peinan” rápido. Y, por obvio que parezca, mejor ir con cesta, navaja y conocimiento: cada año hay sustos por confundir especies.
La gastronomía local está marcada por los productos de la tierra. El lechazo asado, el pan cocido en horno de leña y las legumbres de la zona son protagonistas de una cocina tradicional y contundente, muy acorde con los inviernos fríos de la meseta. Las setas recolectadas en temporada también tienen un papel destacado en la mesa, ya sea guisadas o a la plancha. No hay una gran oferta de bares y restaurantes, así que conviene informarse con antelación o contar con pueblos cercanos si se busca más variedad.
Los amantes del cicloturismo encontrarán en los caminos rurales que conectan Megeces con las localidades vecinas recorridos llanos, con poco tráfico de coches y paisajes que cambian al ritmo de las estaciones: cereal, rastrojos, pinares y, en algunos tramos, pequeñas manchas de viña o regadío. Son rutas más de “rodar” que de hacer grandes desniveles; para quien viene de ciudad, la sensación de pedalear kilómetros sin cruzarse apenas con nadie tiene su punto.
Fiestas y tradiciones
Las fiestas patronales se celebran en verano, generalmente en agosto [VERIFICAR], cuando muchos de los hijos del pueblo regresan para el reencuentro anual. Estos días el pueblo multiplica su población y las calles se llenan de actividad con verbenas, juegos tradicionales y comidas populares que refuerzan los lazos de la comunidad. Es el típico momento en que te cruzas con gente en cada esquina, justo lo contrario de un día cualquiera de invierno.
En enero, como en muchos pueblos castellanos, se mantiene la tradición de las hogueras de San Antón, una celebración de origen ancestral donde el fuego marca simbólicamente el inicio del año agrícola. Los vecinos se reúnen alrededor de la hoguera para compartir embutidos y vino en una jornada de convivencia sencilla pero muy arraigada. Hace frío, sí, pero entre brasas, charla y algo de calor líquido se lleva mejor.
Información práctica
Cómo llegar: Desde Valladolid capital, Megeces se encuentra a unos 50 kilómetros en dirección suroeste. Se accede por la carretera N-VI hasta las inmediaciones de Olmedo, y desde allí por carreteras comarcales. El trayecto en coche suele rondar los 45 minutos, según tráfico y estado de la vía. No hay una gran conexión en transporte público, así que, en la práctica, lo normal es venir en coche.
Mejor época para visitar: La primavera y el otoño son las estaciones más agradables. En primavera, los pinares lucen especialmente verdes y los campos de secano empiezan a espigar, mientras que el otoño trae temperaturas más suaves, colores más variados y la posibilidad de recolectar setas. El verano puede ser caluroso a mediodía, aunque las mañanas y tardes resultan más llevaderas, y el invierno es frío y seco, con días cortos pero cielos despejados. Si vienes en los meses más fríos, piensa en abrigo serio: aquí el aire corta.
Consejos: Es recomendable llevar calzado cómodo para caminar por los senderos forestales y algo de abrigo incluso en días soleados, porque el viento en la meseta engaña. Si se planea recolectar setas, es imprescindible conocer bien las especies o ir acompañado de alguien que sepa. El pueblo cuenta con servicios básicos, pero conviene prever alojamiento en localidades cercanas de mayor tamaño si se planea pernoctar en la zona. Para moverse por los pinares, una app de mapas offline o un GPS vienen mejor que fiarse solo de la intuición.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Da una vuelta tranquila por el casco urbano, acércate a la iglesia y remata con un pequeño paseo por los caminos que salen hacia los pinares más cercanos. Con eso te haces una idea bastante real de lo que es Megeces: pueblo, campo y pinos.
Si tienes el día entero
Puedes combinar la visita al pueblo con una ruta a pie o en bici enlazando pistas forestales y caminos agrícolas hacia alguno de los pueblos cercanos. Es un plan más de aire libre que de turismo monumental, así que organiza el día pensando en eso: agua, algo de comida y ganas de caminar o pedalear.
Lo que no te cuentan
Megeces es un pueblo pequeño que se recorre rápido: en una mañana se puede ver el casco urbano y dar un paseo por los pinares más cercanos. No esperes un casco histórico monumental ni una lista interminable de visitas; su fuerza está en la calma, el paisaje repetido de pinos y el ambiente de pueblo de siempre, con su ritmo y sus silencios.
Las distancias engañan en el mapa: parece que todo está “ahí al lado”, pero los caminos entre pinares son largos y muy parecidos entre sí. Lleva el móvil con batería, algo de agua y, si sales a caminar o en bici, mejor tener claro el recorrido antes de meterte a la red de pistas forestales. No hay carteles en cada cruce ni rutas marcadas al detalle: aquí todavía funciona mucho el “yo me lo conozco”, y el visitante tiene que venir un poco preparado.