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sobre Pedrajas de San Esteban
Importante centro piñonero; destaca por su industria del piñón y su iglesia barroca
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El piñón crujiente entre los dientes me recordó a esos caramelos de toda la vida que solo aparecen en la casa de tu abuela. Estaba en la plaza Mayor una mañana cualquiera, con un saquito de papel recién comprado. Alrededor, cuatro señores discutían sobre si llovería por la tarde mientras tamborileaban los dedos en la mesa del bar. No suelo despertarme con antojo de piñones, pero cuando haces turismo en Pedrajas de San Esteban entiendes rápido por qué aquí todo acaba girando alrededor de ese fruto.
De señoríos y piñoneros
Pedrajas no es de esos pueblos que te reciben con una entrada teatral. Aparece de golpe, entre campos de cereal y pinares largos, en esa carretera que conecta Valladolid con Cuéllar. Vas conduciendo tranquilo y, de repente, ya estás dentro.
El origen del pueblo suele situarse en la repoblación medieval, hacia finales del siglo XI. Durante siglos fue pasando por distintas manos señoriales —entre ellas los Avellaneda y, más tarde, los Condes de Miranda del Castañar— hasta quedar integrado en la provincia de Valladolid en la reorganización administrativa del siglo XIX.
Esa historia no se grita, se intuye en detalles sueltos. La llamada Casa del Tío Bragazas conserva un escudo antiguo en la fachada, de esos que te hacen levantar la vista aunque no tengas ni idea de heráldica. Y la iglesia de San Esteban mezcla piezas de distintas épocas; la portada del siglo XVI queda algo escondida tras el pórtico que se añadió después, como cuando tapas un mueble viejo con una funda pero sabes que lo interesante está debajo.
Cuando el pueblo huele a piñón tostado
Aquí el piñón no es un ingrediente más. Es la identidad del sitio.
Hay un monumento dedicado al piñonero en una de las entradas del pueblo, un guiño a un oficio que durante generaciones marcó la economía local. Subirse a los pinos para recoger las piñas no era precisamente un trabajo cómodo, y todavía hoy, si te cuentan cómo se hacía, te imaginas a medio pueblo trepando con una naturalidad que ahora cuesta creer.
Ese vínculo con el pinar se nota también en la romería de Sacedón, que se celebra tradicionalmente el lunes después de Pascua. La gente sale hacia la ermita caminando o en coche, con sartenes, tortillas y bolsas llenas de comida. Más que una excursión organizada, parece uno de esos días en los que todo el mundo decide comer fuera de casa.
La ermita está a las afueras, entre pinares. El camino huele a resina y a arena caliente cuando aprieta el sol. Dentro se guarda una talla antigua de la Virgen que lleva siglos viendo pasar romeros sin que el plan cambie demasiado.
Un cine de los de antes
En el centro del pueblo sigue funcionando un cine de los de toda la vida, algo cada vez más raro en localidades pequeñas. Butacas rojas, vestíbulo sencillo y sesiones donde se mezclan estrenos recientes con cine español.
No es un reclamo turístico ni falta que le hace. Es más bien un punto de encuentro. En verano, por ejemplo, es habitual que medio pueblo acabe allí alguna noche, como quien queda para tomar algo pero con una pantalla delante.
Ese tipo de cosas cuentan más sobre un sitio que cualquier monumento.
Fiestas pensadas para el pueblo
Las fiestas de verano, a finales de agosto, funcionan con la lógica de muchos pueblos de Castilla: peñas, disfraces improvisados y gente que vuelve unos días desde Valladolid o Madrid para reencontrarse con los de siempre.
A principios de agosto se celebra también San Esteban, el patrón, con reuniones familiares que a veces parecen más importantes que el propio programa de fiestas.
Y en invierno llega Santa Águeda. Ese día son las mujeres quienes toman el protagonismo de la celebración. Hay procesión, trajes tradicionales y ese ambiente entre solemne y festivo que recuerda un poco a ciertas escenas de cine español clásico.
¿Merece la pena parar?
Depende de lo que busques.
Si esperas un casco histórico lleno de casas medievales y calles de postal, aquí no lo vas a encontrar. Pedrajas es más bien un pueblo que vive hacia fuera, hacia el pinar y hacia el campo.
Ahora bien, si te interesa entender cómo un producto tan pequeño como el piñón puede marcar la vida de un lugar entero, la parada tiene sentido. Das una vuelta por el paseo del Pinar del Concejo, compras unos piñones tostados, te sientas un rato en la plaza y observas el ritmo del pueblo.
No es un sitio de grandes monumentos. Es más bien de esos lugares donde, al cabo de un rato, empiezas a notar que todo huele ligeramente a pino y a tostado… y ya te haces una idea bastante clara de dónde estás.