Artículo completo
sobre Samboal
En la comarca del Carracillo; destaca por su iglesia mudéjar de gran porte
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las afueras del pueblo, en un día de invierno que aún no ha llegado a la tarde, la luz atraviesa los pinos con una intensidad que hace resaltar tonos de verde y gris en los troncos. El crujido de las hojas secas bajo las botas suena más que cualquier coche. Es una buena forma de entender el turismo en Samboal: primero el bosque, luego el pueblo. En este pequeño municipio de la provincia de Segovia, dentro de la Tierra de Pinares, el silencio sigue siendo parte del paisaje.
Samboal, con unos 459 habitantes, se extiende en una llanura suave, a algo menos de ochocientos metros de altitud. La madera y la piedra aparecen una y otra vez en las construcciones, recuerdo de una economía muy ligada al pinar y al campo. Las calles son rectas, sin demasiados rodeos, y terminan llevando a la iglesia parroquial de San Baudilio. El edificio actual se levantó entre los siglos XVI y XVII. Desde fuera se ve sobrio: mampostería clara, tejado rojizo y un desgaste que el tiempo ha ido dejando en las juntas de la piedra. Dentro quedan restos de retablos y una cruz de madera tallada que todavía preside el espacio.
Calles tranquilas y casas de otra época
Recorrer el casco urbano tiene algo de paseo lento. No tanto por la extensión —el pueblo se cruza en poco tiempo— como por los pequeños detalles que van apareciendo. Puertas de madera oscura con herrajes pesados, ventanas pequeñas protegidas por rejas, patios interiores donde aún se adivinan antiguos corrales.
En algunas casas sobreviven hornos tradicionales y dependencias agrícolas que recuerdan que aquí la vida giraba alrededor del trabajo diario: el campo, el ganado, la madera. No hay grandes fachadas ni edificios monumentales. Más bien una arquitectura funcional, pensada para aguantar inviernos fríos y veranos secos.
El pinar que rodea el pueblo
Lo que realmente define el lugar está fuera de las últimas casas. Al salir por cualquiera de los caminos aparece el pinar, bastante continuo en toda esta parte de la comarca. Los troncos altos dejan pasar la luz entre las copas y el suelo suele estar cubierto de agujas secas que amortiguan los pasos.
Hay caminos agrícolas anchos, de tierra compacta, que se pueden recorrer andando o en bici sin demasiada dificultad. A primera hora de la mañana el olor a resina se nota más, sobre todo cuando el aire está frío. No es raro ver huellas de jabalí o escuchar torcaces levantando el vuelo entre las ramas. A veces también aparece algún corzo cruzando rápido entre los claros.
Si vas a caminar varias horas conviene llevar agua. Los pinares engañan: el terreno es llano, pero las distancias entre pueblos pueden alargarse más de lo que parece en el mapa.
Setas y caminos entre pueblos
En otoño mucha gente se acerca a estos montes por las setas. En años húmedos suelen aparecer varias especies comestibles, aunque aquí la gente del lugar es prudente con esto: quien no conoce bien el monte suele ir acompañado o se limita a mirar.
Los caminos rurales también enlazan con otros pueblos cercanos de la comarca. Son trayectos tranquilos, sin grandes desniveles, que atraviesan campos de cultivo y manchas de pinar. En verano conviene evitarlos en las horas centrales del día: la sombra no siempre es continua y el calor cae con fuerza en la llanura.
Cocina de campo
La cocina que se encuentra en esta zona de Segovia es la de siempre en el interior castellano: platos contundentes y pocos adornos. Asados de cordero o cochinillo, sopas de ajo bien calientes en invierno, guisos de legumbres que se cocinan despacio. También es habitual el queso de oveja y distintos embutidos elaborados en la zona.
Durante el verano suele haber fiestas patronales y celebraciones locales en las que el pueblo se llena más de lo habitual. Son días animados, con vecinos que vuelven desde otras ciudades y plazas que recuperan algo de ruido.
Un lugar para parar el ritmo
Samboal no gira alrededor de monumentos ni de una lista larga de actividades. Funciona mejor como una pausa: caminar entre pinos, escuchar el viento moviendo las copas altas y volver al pueblo cuando empieza a caer la tarde. A esa hora las calles se quedan casi vacías y el olor a leña —en invierno— vuelve a aparecer entre las casas. Ahí es cuando el lugar se entiende mejor.