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sobre San Bartolomé de Pinares
Pueblo de montaña rodeado de pinares; famoso por las fiestas de San Antón (luminarias)
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Hay pueblos que funcionan como esas canciones que al principio te dejan un poco frío y luego, sin saber muy bien por qué, acabas tarareando días después. El turismo en San Bartolomé de Pinares tiene algo de eso. Pasas una vez, ves pinos por todas partes y piensas que es otro pueblo más de la sierra. Pero cuando paras un rato y empiezas a mirar con calma, la cosa cambia.
Recuerdo cruzarlo en un día gris, con esa sensación de estar metido dentro de un armario lleno de madera y resina. Pinos por todos lados. Kilómetros de pinos. San Bartolomé de Pinares no funciona como esos sitios donde llegas, haces cuatro fotos y sigues ruta. Aquí el ritmo es otro, más parecido a cuando te quedas charlando en la puerta de casa sin mirar el reloj.
Situado en la vertiente sur de la sierra de Ávila, a más de mil metros de altitud, el pueblo vive pegado al bosque. Literalmente. Sales un poco del casco urbano y ya estás rodeado de pinos. En invierno el frío se nota, de ese que se mete en los huesos como cuando sales temprano a rascar el hielo del coche.
Las calles tienen ese aire de pueblo que ha tenido que adaptarse al clima. Muros gruesos, ventanas pequeñas, patios y corrales. Nada de adornos innecesarios. Más bien como una chaqueta buena de campo: no es bonita para presumir, pero sabes que está hecha para durar.
No hay grandes monumentos esperando al visitante. La referencia principal es la iglesia de San Bartolomé Apóstol, levantada sobre una base medieval y retocada varias veces con los siglos. La torre se ve desde varios puntos del pueblo y acaba funcionando como lo hacen los campanarios en muchos sitios pequeños: una mezcla de reloj público y punto de orientación. Si te pierdes, miras arriba y listo.
El casco urbano es compacto, bastante recogido. Casas de mampostería y granito, algunas con escudos en los portones. No es un conjunto monumental de esos que parecen un decorado. Más bien se siente como un pueblo que ha seguido viviendo mientras otros se quedaban congelados en el tiempo para las fotos.
Los detalles cuentan mucho. Balcones de madera, portales anchos, fachadas donde se notan reparaciones hechas con los años. Es como mirar una chaqueta con remiendos bien cosidos: cada marca cuenta algo de lo que ha pasado por allí.
Pero si hay algo que define San Bartolomé de Pinares son los pinares. Y no en plan postal. Hablamos de grandes extensiones donde predominan el pino resinero y el piñonero. Bosques trabajados durante generaciones para sacar resina o recoger piñones. No es un monte salvaje ni un parque preparado para turistas; es un bosque que ha dado de comer a mucha gente.
Caminar por aquí tiene algo curioso. Al principio todos los caminos parecen iguales, como cuando entras en un supermercado enorme y todos los pasillos te resultan idénticos. Pero al rato empiezas a reconocer curvas, claros y cruces de pistas.
En el monte todavía quedan restos de antiguas actividades, como algunos pozos de nieve. No están señalizados ni restaurados con carteles explicativos. Son más bien como esos objetos viejos que encuentras en el trastero de tus abuelos: si alguien te cuenta para qué servían, de repente cobran sentido.
Los pinares también se prestan a caminar. Hay pistas forestales anchas y senderos más estrechos que se meten entre los árboles. Las cuestas aparecen poco a poco, sin grandes picos. Es el típico terreno que parece fácil hasta que llevas dos horas andando y empiezas a notar las piernas.
Cuando llega el otoño cambia bastante el ambiente. Aparecen buscadores de setas repartidos por el monte, agachados entre agujas de pino como si estuvieran buscando monedas perdidas. Depende mucho de las lluvias del año, pero los níscalos suelen ser los protagonistas.
La cocina del lugar sigue la misma lógica que el paisaje. Platos contundentes, carne de la zona, legumbres y patatas. Comida de la que te deja lleno y con ganas de sentarte un rato después, como cuando comes en casa de alguien del pueblo y sabes que no vas a salir con hambre.
El entorno también cambia mucho según la estación. En invierno los pinos pueden aparecer cubiertos de nieve. En primavera el verde se vuelve más intenso. En verano el cielo suele abrirse y el aire del monte se nota más seco. Y en otoño el suelo se llena de tonos ocres y de olor a tierra húmeda.
San Bartolomé de Pinares no es un sitio para coleccionar fotos rápidas. Se parece más a esos lugares donde te sientas un rato en silencio y empiezas a notar cosas pequeñas: el viento entre los pinos, el olor a resina, el sonido de un tractor a lo lejos. Cuando te das cuenta, llevas allí más tiempo del que pensabas. Y tampoco pasa nada. Ese es un poco el juego del lugar.