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sobre San Miguel de Bernuy
Junto al embalse de las Vencías; ideal para deportes náuticos y naturaleza
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo entre los pinos, San Miguel de Bernuy se mueve despacio. Alguna puerta que se abre, un coche que arranca, el sonido seco de una escoba contra el suelo del portal. Este pequeño municipio de San Miguel de Bernuy, en la Tierra de Pinares segoviana, vive rodeado de bosque y campos abiertos, en un paisaje que cambia poco de una estación a otra y donde el silencio todavía pesa más que el tráfico.
El núcleo es pequeño y se recorre en pocos minutos. Calles cortas, casas de ladrillo y adobe, algunas con portones de madera oscura que han pasado por varias generaciones. No es un pueblo monumental; aquí lo que manda es el entorno. Enseguida aparecen los pinares que dan nombre a la comarca, una extensión casi continua de pino resinero que durante décadas marcó la economía de muchos pueblos de la zona.
La huella resinera en el paisaje
En la parte norte de la Tierra de Pinares, San Miguel de Bernuy comparte esa relación antigua con el pino. Todavía es posible ver en algunos troncos las marcas de antiguas entalladuras donde se recogía la resina. Quien haya caminado por estos montes reconocerá el olor: una mezcla de tierra seca, agujas de pino y resina calentada por el sol.
La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel Arcángel, se levanta con discreción en el centro del pueblo. Es un edificio sencillo, de mampostería, con una espadaña donde cuelga la campana. Dentro suele haber retablos modestos y madera oscurecida por el tiempo; nada ostentoso, pero muy en línea con la sobriedad de esta parte de Segovia.
Caminos entre pinares
Lo que realmente rodea al pueblo son kilómetros de pistas forestales y senderos anchos. Caminos rectos, cubiertos de arena clara y agujas de pino, donde el sonido más constante es el del viento moviendo las copas altas.
No hay grandes desniveles, así que mucha gente recorre estos caminos andando o en bicicleta. En verano conviene salir temprano o ya al caer la tarde: la sombra de los pinos ayuda, pero el calor del interior de la meseta se nota a partir del mediodía.
En otoño el monte cambia de ritmo. Aparecen coches aparcados en los bordes de las pistas y gente con cestas mirando al suelo. Los níscalos suelen ser la seta más buscada por aquí cuando el año viene húmedo, aunque la recolección requiere conocer bien las especies y respetar las normas que marque la zona.
Fauna y silencios del monte
Si se camina sin prisa, sobre todo al atardecer, es fácil ver movimiento entre los claros. Corzos que cruzan rápido entre los pinos, conejos saliendo de los márgenes de los caminos o bandadas de perdices levantando el vuelo de golpe. También hay rapaces que planean sobre los campos abiertos.
No es un lugar de grandes miradores ni panorámicas espectaculares. El paisaje aquí es más horizontal: pinares que se repiten, campos de cereal y, de vez en cuando, alguna laguna pequeña o zona húmeda donde se oyen ranas cuando llega la primavera.
Pueblos cercanos y carreteras tranquilas
San Miguel de Bernuy también funciona como base tranquila para moverse por esta parte de la comarca. A poca distancia aparecen otros pueblos de la Tierra de Pinares, y Coca queda relativamente cerca si se quiere ver su castillo o moverse por una localidad algo más grande.
Las conexiones por carretera son sencillas pero tranquilas, de esas en las que durante varios minutos no te cruzas con nadie. Desde Segovia capital el trayecto suele rondar alrededor de una hora en coche, dependiendo del camino que se tome. El transporte público existe, aunque es limitado, así que lo habitual es llegar con vehículo propio.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales giran en torno a San Miguel, hacia finales de septiembre. Durante esos días el ambiente cambia bastante: regresan familiares que viven fuera, se montan actividades en la plaza y las noches se alargan más de lo habitual.
Fuera de esas fechas el pueblo recupera su ritmo tranquilo. Por la tarde, cuando el sol empieza a caer detrás del pinar, el aire trae olor a leña o a tierra seca según la época del año. Y si uno se queda un rato en silencio, lo que más se oye vuelve a ser el monte. Eso, aquí, sigue siendo lo normal.