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sobre Villaselán
Pequeño municipio en el valle del Cea; destaca por su entorno natural y tranquilidad
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo y el aire es fresco incluso en verano, las calles de Villaselán tienen ese silencio de los pueblos pequeños de la Tierra de Sahagún. Algún coche aparcado junto a una tapia de adobe, un portón de madera que cruje al abrirse, y al fondo el campo ya encendido de luz. Aquí las casas no siguen una alineación perfecta: se acomodan como pueden, con muros gruesos de barro y teja curva que guardan bien el frío del invierno y el calor seco de julio.
Al caminar despacio aparecen los detalles: la cal algo descascarillada en una fachada, una huerta cerrada con alambre, herramientas apoyadas contra la pared. No hay grandes edificios ni plazas monumentales. La historia del pueblo está más bien en esas pequeñas cosas que siguen en uso.
Cuando sopla algo de viento llega el olor del cereal o de la tierra removida. En temporada de cosecha el sonido más constante suele ser el de los tractores entrando y saliendo de los caminos que rodean el casco del pueblo.
La iglesia y las huellas de la arquitectura de tierra
La iglesia parroquial se reconoce enseguida desde varios puntos del pueblo. No es un edificio ostentoso: piedra, reformas visibles y esa sensación de haber ido adaptándose con el paso de los siglos y de las generaciones que la han mantenido en pie. Dentro suele dominar la sobriedad habitual de muchas iglesias rurales de la meseta.
Alrededor del casco urbano aparecen otros elementos muy ligados a esta parte de León. Algunas bodegas semienterradas asoman en pequeños taludes de tierra. También quedan palomares dispersos por las fincas cercanas. Muchos están deteriorados, con grietas o parte del muro vencido, pero siguen marcando el paisaje como puntos redondos o cuadrados entre el cereal.
Las casas tradicionales conservan portones grandes y muros de adobe bastante gruesos. En días de sol fuerte se nota bien la diferencia de temperatura al acercarse a una de esas paredes: la sombra se vuelve fresca enseguida.
Caminar por los caminos de labor
El entorno de Villaselán es completamente abierto. Caminos de tierra bastante anchos conectan el pueblo con otras localidades cercanas y atraviesan parcelas de cultivo que cambian mucho según la estación.
En primavera el campo se vuelve verde y el viento mueve las espigas todavía tiernas. A mediados de verano todo vira hacia el dorado y el ocre, con la tierra muy seca y el cielo grande, casi sin obstáculos en el horizonte.
Si se sale a caminar o en bicicleta conviene llevar agua y algo para cubrirse del sol. La sombra es escasa fuera del pueblo y las distancias engañan: lo que parece cerca en la llanura puede acabar siendo un buen paseo.
A última hora de la tarde, cuando baja la luz, los caminos que salen de Villaselán se llenan de sombras largas. Es el momento en que más se oyen los pájaros y en que el campo parece detenerse un rato antes de que llegue la noche.
Un pueblo pequeño dentro de la Tierra de Sahagún
Con unos pocos cientos de habitantes —y menos durante el invierno— Villaselán mantiene el ritmo tranquilo de muchos pueblos de esta zona. En verano suele haber más movimiento, cuando regresan familias que tienen aquí sus raíces.
Desde el pueblo se llega en poco tiempo a Sahagún, donde el mudéjar leonés aparece en varias iglesias y edificios históricos. Mucha gente que se acerca a esa localidad acaba recorriendo también los pueblos cercanos para entender mejor cómo es el paisaje humano que rodea la comarca.
En Villaselán lo interesante no está en acumular visitas, sino en detenerse un rato: mirar las casas de adobe, escuchar el viento en los campos y entender cómo sigue funcionando un pueblo pequeño de la meseta. Si vas en pleno agosto, lo más llevadero suele ser caminar temprano o ya al caer la tarde; al mediodía el sol aquí cae con ganas.