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sobre Ferreras de Abajo
Situado a los pies de la Sierra de la Culebra; entorno privilegiado para la observación del lobo ibérico y disfrute de bosques de pinos y robles
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A las ocho de la mañana, en los campos que rodean Ferreras de Abajo, el aire todavía guarda humedad. Huele a tierra removida y a paja seca. El sol empieza a levantar por detrás de las lomas bajas y la luz cae de lado sobre los tejados oscuros. A esa hora, cuando apenas se oye más que algún tractor a lo lejos o el ladrido de un perro, el turismo en Ferreras de Abajo tiene poco que ver con hacer fotos: se parece más a caminar despacio y mirar alrededor.
El pueblo está en la comarca de Tierra de Tábara, en el norte de la provincia de Zamora. Aquí viven algo menos de quinientas personas y el ritmo sigue marcado por el campo. Ferreras de Abajo mantiene una estructura sencilla: calles anchas, corrales al fondo de muchas casas y muros de piedra que llevan décadas —a veces más— viendo pasar inviernos fríos y veranos muy secos.
El nombre del lugar suele relacionarse con antiguas ferrerías. En esta parte de Zamora hubo actividad ligada al hierro durante siglos, aprovechando el agua de los arroyos y la madera de los montes cercanos. Hoy no quedan aquellas instalaciones, pero el topónimo sigue recordando ese pasado.
Caminar por el pueblo sin prisa
Ferreras de Abajo no es grande y lo mejor es recorrerlo sin rumbo claro. Hay casas de piedra y otras más recientes, portones de madera que ya han visto varias generaciones y pequeños huertos pegados a las viviendas. En algunos patios todavía se guardan aperos viejos o remolques que salen al campo cuando toca.
La iglesia parroquial ocupa el centro. El edificio ha cambiado con el tiempo —como pasa en muchos pueblos— y en los muros se notan distintas etapas de obra. A determinadas horas de la tarde, cuando el sol cae bajo, la piedra toma un tono cálido y la plaza se queda casi en silencio.
Entre calle y calle aparecen fuentes, cruceros y rincones donde la hiedra se ha ido adueñando de las paredes. No es un casco monumental; es un pueblo vivido, con detalles que aparecen si uno se fija un poco.
El paisaje de Tierra de Tábara alrededor
Al salir del pueblo empiezan los campos abiertos. Parcelas de cereal que en primavera se ven de un verde intenso y en verano se vuelven doradas, con el suelo resquebrajado por el calor. Entre medias aparecen encinas, algunos robles dispersos y manchas de monte bajo.
La orografía es suave, así que se puede caminar por caminos agrícolas y antiguas vías pecuarias sin grandes desniveles. En días tranquilos se ven rapaces planeando sobre los cultivos —cernícalos o milanos— y no es raro encontrar huellas de jabalí cerca de las zonas de encinar.
La cercanía de la Sierra de la Culebra también se nota en la fauna. Aunque el lobo se mueve sobre todo por zonas más boscosas, en esta parte de Zamora siempre está presente en las conversaciones del campo.
Rutas sencillas por los alrededores
Desde Ferreras de Abajo salen caminos que conectan con otros pueblos de la comarca. Son trayectos tranquilos, de los que se hacen andando o en bici sin demasiada planificación: pista de tierra, horizontes amplios y muy poco tráfico.
Conviene tener en cuenta el clima. En verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra, así que si se va a caminar es mejor hacerlo temprano por la mañana o al atardecer. En invierno, en cambio, el viento puede atravesar los campos con bastante fuerza.
Lo que se come en las casas
La cocina de la zona sigue muy ligada al calendario del campo. En muchas casas aún se preparan platos contundentes cuando llega el frío: sopas con ajo y pimentón, guisos de legumbres o carne de cordero y ternera de la zona.
La matanza del cerdo, que durante años fue una tarea colectiva en muchos pueblos de Zamora, sigue recordándose cada invierno. De ahí salen embutidos curados, tocino, chorizo y otros productos que han formado parte de la despensa rural durante generaciones.
Cuándo se mueve más el pueblo
Ferreras de Abajo pasa buena parte del año en calma. Las calles están tranquilas y muchas casas pertenecen a familias que regresan en verano o en fechas señaladas.
En los meses estivales el ambiente cambia: vuelven vecinos que viven fuera, se organizan actividades y las noches se alargan en las plazas. No es raro oír música, conversaciones hasta tarde y el eco de reuniones familiares que ocupan la calle cuando el calor del día por fin afloja.
El resto del año el pueblo recupera su ritmo habitual: mañanas de campo, coches que pasan despacio y ese silencio amplio que caracteriza a muchos rincones de la Tierra de Tábara. Aquí la vida se entiende mejor mirando el paisaje y el paso de las estaciones que buscando grandes planes.