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sobre Vitigudino
Centro de servicios del noroeste salmantino y puerta de entrada a las Arribes del Duero; localidad comercial y ganadera
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Llegué un lunes a Vitigudino a primera hora y el pueblo olía a tierra mojada y a pienso. No es una metáfora: era literal. En la Plaza del Mercado un señor iba señalando cerdos mientras hablaba con otro, como quien compara coches de segunda mano. “¿Viene de fuera?”, me soltó. “Pues espere al hornazo, que sale del horno dentro de un rato”. Ese es un poco el ritmo del sitio: el día empieza con trato de ganado y conversación en corro.
El Abadengo en versión miniatura
Vitigudino funciona como esa cabecera de comarca a la que todo el mundo acaba viniendo aunque no viva allí. En los pueblos de alrededor falta algo —médico, gestoría, un arreglo rápido— y se coge el coche y se baja a Vitigudino.
Está a algo menos de una hora de Salamanca y hace de antesala de los Arribes del Duero. El paisaje todavía es de dehesa abierta, pero si sigues hacia el oeste el terreno empieza a romperse y aparecen los cortados del río.
Conviene llegar con la expectativa correcta. Vitigudino no es uno de esos pueblos de postal que salen en calendarios. Es más bien como ese primo que ves poco pero que siempre tiene buenas historias cuando coincidís: no llama la atención a primera vista, pero acabas pasando más rato del que pensabas.
Un pueblo que nació para reunir gente
Vitigudino existe como muchas villas de esta parte de León y Castilla: por una repoblación medieval que intentaba fijar población cerca de la frontera portuguesa. Con los siglos acabó convirtiéndose en el lugar donde se concentran mercados, administración y servicios para todo el Abadengo.
En la Plaza de España está la iglesia parroquial, con un detalle curioso: el campanario se levanta separado del cuerpo principal y forma una especie de paso hacia la plaza. Cuando llegas por esa calle y miras hacia arriba, la torre queda justo encima del arco. Es uno de esos rincones que todo el mundo termina fotografiando aunque no lo tenga planeado.
Muy cerca sigue funcionando el mercado de abastos. El edificio es del siglo XIX y mantiene bastante de esa lógica antigua: puestos sencillos, conversación larga y compras sin prisa. Los lunes el ambiente cambia porque tradicionalmente se celebra la feria de ganado. Si coincide que pasas ese día, verás remolques, corrillos de gente hablando de precios y bastante movimiento para un pueblo de este tamaño.
Hornazo, chanfaina y cosas que aquí se comen sin ceremonia
La comida en Vitigudino va bastante al grano. Jamón ibérico, embutido, carne de la zona… cosas que no necesitan mucha explicación.
La chanfaina aparece en muchas casas y bares de la comarca con pequeñas variaciones. A veces lleva arroz, a veces algún toque que cambia según quién la cocine. Es uno de esos platos que entiendes mejor si alguien de allí te cuenta cómo lo hacía su abuela.
Y luego está el hornazo. En Salamanca capital se asocia mucho al Lunes de Aguas, pero en esta zona aparece durante todo el año en panaderías y obradores. Masa de pan, chorizo, huevo duro… lo básico. Lo bueno es comprarlo cuando todavía está templado y comerlo en la plaza o en un banco cualquiera. No tiene más misterio.
Salir a caminar para entender el paisaje
Después de comer fuerte, lo mejor que puedes hacer es salir a andar un poco. Alrededor de Vitigudino hay caminos sencillos que cruzan dehesas con encinas y fincas de ganado. No hace falta montar una excursión épica: con seguir un camino rural durante media hora ya empiezas a ver cómo es realmente esta comarca.
Si sigues en coche hacia el oeste, en dirección a los Arribes, el paisaje cambia bastante rápido. Pasas de las llanuras con vacas y encinas a carreteras que empiezan a bajar hacia los cañones del Duero. Es un contraste curioso: en dos o tres curvas parece que el suelo desaparece.
Conviene llevar agua y no fiarse demasiado del GPS cuando te metes por carreteras secundarias. Aquí es bastante fácil acabar en un cruce sin cobertura y tener que tirar de intuición.
Romería en el cerro y fiestas de invierno
La ermita del Socorro, en un alto cerca del pueblo, es uno de los puntos más conocidos del entorno. Cada primavera suele celebrarse una romería en la que la gente sube hasta allí con comida, guitarras y muchas horas por delante. Si te coincide, verás el cerro lleno de mantas, tortillas y conversaciones que se alargan toda la tarde.
En diciembre se celebran las fiestas de San Nicolás, el patrón. Es uno de esos momentos del año en que el pueblo se llena más de lo habitual y las calles recuperan algo del bullicio que debieron tener hace décadas.
Y si te gustan los cementerios con historia, el de Vitigudino guarda un mausoleo bastante llamativo para un pueblo pequeño. Es una construcción neoclásica de piedra clara que contrasta con el resto del camposanto. Cuando lo ves, piensas que podría estar perfectamente en un cementerio de ciudad grande.
Cómo pasar por Vitigudino sin montarte una excursión rara
Vitigudino se entiende mejor como parada tranquila que como viaje lleno de planes. Un paseo por la plaza, el mercado si está abierto, comprar algo de embutido, comer hornazo y dar una vuelta por los alrededores.
Llegar desde Salamanca es sencillo por carretera y una vez allí casi todo se hace andando. Aparcar no suele ser problema si evitas las horas de más movimiento del lunes.
Lo que más recuerdo de la visita no es un monumento concreto. Es el ambiente de mercado, el olor a leña en algunas calles y esa sensación de pueblo que sigue funcionando para su comarca. A veces el turismo busca lugares espectaculares; otras veces basta con un sitio donde la vida cotidiana sigue y tú pasas por medio durante un rato. Vitigudino va más por ahí.