Artículo completo
sobre Benegiles
Municipio próximo al río Valderaduey con paisaje de llanura y cultivos; conserva una iglesia con interesantes yeserías barrocas y un ambiente rural apacible
Ocultar artículo Leer artículo completo
A última hora de la tarde, cuando el sol ya cae hacia los campos abiertos de Tierra del Pan, las calles de Benegiles quedan casi en silencio. Se oye algún perro al fondo y el ruido breve de una puerta de madera que se cierra. El turismo en Benegiles empieza así, despacio, caminando sin rumbo entre casas bajas de adobe y ladrillo donde las cigüeñas ocupan los tejados más altos.
El pueblo está a unos 30 kilómetros de Zamora. Viven aquí poco más de 260 personas. La primera impresión no tiene que ver con monumentos ni con calles llenas de gente, sino con el ritmo tranquilo de un lugar que sigue ligado al campo. La tierra alrededor manda todavía en muchas cosas.
Llegar a Benegiles
La carretera atraviesa una llanura amplia, muy abierta al cielo. En días claros se ve lejos, kilómetros de cereal y alguna línea de árboles marcando arroyos o lindes antiguas. Benegiles aparece sin aviso: un pequeño grupo de casas y, sobresaliendo, la torre de la iglesia.
Conviene llegar con luz. No por seguridad, sino porque el paisaje se entiende mejor así. Al atardecer los campos toman un tono dorado apagado y las fachadas de barro se vuelven más rojizas.
Calles de adobe y ladrillo
Dentro del pueblo todo se recorre andando en pocos minutos. Las calles son cortas y bastante rectas. Algunas casas conservan muros de tapial grueso y ventanas pequeñas, pensadas para protegerse tanto del frío como del calor seco del verano.
En varias fachadas aparecen escudos de piedra. No son grandes palacios, más bien casas que en otro tiempo debieron de pertenecer a familias con cierta posición en la zona. Hoy conviven con viviendas reformadas y con corrales donde todavía se guardan aperos o leña.
Si caminas sin prisa se ven detalles curiosos: puertas muy antiguas con clavos grandes, tejados donde el musgo se agarra a las tejas más viejas, y cables eléctricos que cruzan de una casa a otra como si siguieran el trazado de las calles de hace siglos.
Campos de Tierra del Pan
Al salir del casco urbano empiezan los caminos agrícolas. Son pistas de tierra bastante llanas que usan los tractores. También se pueden recorrer a pie o en bicicleta sin demasiada dificultad.
El paisaje cambia mucho según la época. En primavera el cereal cubre todo con un verde claro que se mueve con el viento. En verano llega el color pajizo y el ruido seco de las chicharras. En invierno, si hiela, el campo amanece blanco y cruje bajo las botas.
No es raro ver rapaces sobrevolando las parcelas o escuchar alondras escondidas entre las espigas. Es un territorio abierto, sin demasiados obstáculos, donde el cielo ocupa media escena.
La iglesia de Santa María
La iglesia parroquial se levanta cerca del centro del pueblo. El edificio parece haber cambiado varias veces con los siglos. La base es antigua —probablemente de época moderna— y después se añadieron partes más recientes.
La puerta principal tiene un arco de piedra sencillo. Muchas veces está cerrada fuera de los oficios. Si coincide con algún vecino cerca, a veces saben quién guarda la llave o cuándo suele abrirse.
Alrededor, la plaza es uno de los pocos lugares donde se ve algo más de movimiento: gente que pasa con el coche despacio o vecinos charlando un rato antes de volver a casa.
El agua del Esla y el embalse cercano
A pocos kilómetros el paisaje cambia de golpe. El río Esla queda retenido por el embalse de Ricobayo y forma una lámina de agua amplia, encajada entre laderas más abruptas que las del entorno del pueblo.
Cuando el nivel está alto el agua parece casi negra desde ciertos puntos, sobre todo con cielo nublado. En veranos calurosos suele haber más movimiento en las orillas. En invierno, en cambio, el lugar queda bastante vacío y el viento recorre la superficie sin obstáculos.
Antes de acercarse conviene comprobar cómo está el nivel del embalse. En años secos algunas zonas quedan muy expuestas y el aspecto del lugar cambia bastante.
Cuándo venir y cómo recorrerlo
Benegiles no funciona como destino de fin de semana lleno de actividad. Se disfruta mejor entre semana o en horas tranquilas del día, cuando apenas pasan coches y el pueblo vuelve a su ritmo habitual.
Primavera y principios de otoño suelen ser buenos momentos para caminar por los caminos de alrededor. En verano el calor aprieta a partir del mediodía y muchas calles quedan completamente vacías.
Lo más sensato aquí es sencillo: aparcar cerca del centro, caminar un rato sin prisa y luego salir hacia los caminos del campo. En un lugar tan pequeño, los detalles aparecen cuando uno baja el paso y escucha un poco.