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sobre Coreses
Importante núcleo industrial y agrícola cercano a Zamora; conocido por sus pinares y zonas recreativas que atraen a visitantes de la capital
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El pueblo que eligió el pan antes que el Instagram
Coreses es como ese vecino que se levanta a las cinco para ir al campo mientras tú todavía estás decidiendo qué poner en el café. No te va a contar historias de postal, pero sí te enseña de dónde sale buena parte del pan que se come por Zamora. Y créeme, eso explica muchas cosas.
Estuve hace no mucho. Llegué sobre las doce, cuando el termómetro ya empezaba a hacer esa broma pesada de rozar los 38 grados. El coche aparcado bajo un árbol —el único que parecía haber tomado la decisión vital de crecer en la plaza— y el primer pensamiento fue: “Coño, aquí sí que hace calor de verdad”. No es el calor húmedo de la costa. Es ese calor seco que te entra por las suelas y te recuerda que estás en Castilla, donde el pan no es un acompañamiento sino casi una forma de entender el campo.
Coreses está en Tierra del Pan, que no es un nombre puesto para quedar bien. Durante siglos aquí lo que mandaba era el cereal. Miras alrededor y lo entiendes rápido: llanura, parcelas largas y ese horizonte limpio que en verano parece vibrar.
Cuando las mujeres mandan y los hombres se comen las habas
El 5 de febrero aquí celebran el Día de las Águedas, y te lo explico fácil: imagina que tu pueblo decide que durante un día las mujeres toman el mando y los hombres se limitan a seguir el juego. Algo así.
Las mujeres se visten con trajes tradicionales —a veces con un punto festivo que mezcla lo serio y lo divertido— y se hacen dueñas de la plaza. Hay música, comida y ese ambiente de pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce desde siempre.
La tradición dice que reparten habas verdes. Cuando me lo contaron pensé: “Habas, bueno…”. Pero luego te explican que suelen ser de las primeras que salen después del invierno, y la cosa cambia. Es una manera muy directa de decir: el campo vuelve a arrancar.
La iglesia que siempre acaba siendo el punto de referencia
La iglesia de la Asunción es de esas que ves desde casi cualquier esquina del pueblo. Torre alta, piedra seria, y esa sensación de que lleva siglos mirando la misma plaza.
Por lo que cuentan en el pueblo, partes del edificio son bastante antiguas, y la torre suele mencionarse como una de las más viejas de la zona. Hoy ya no vigila nada épico: controla partidas de cartas, conversaciones largas y el ir y venir de la gente mayor que se sienta a la sombra.
Dentro hay ese silencio que te hace bajar la voz sin que nadie te lo pida. El retablo es obra de un escultor zamorano bastante conocido en su momento, y en el pueblo lo recuerdan con orgullo. Ya sabes cómo funciona esto: cuando alguien de aquí triunfa fuera, el pueblo entero lo siente un poco suyo.
Viñas, cereal y el Duero relativamente cerca
Aunque el nombre de la comarca hable de pan, por esta zona también hay viñedo. Forma parte del paisaje desde hace tiempo, mezclado con cereal y con pequeñas parcelas que cambian de color según la época del año.
Coreses está relativamente cerca del Duero, y eso se nota en la vega. Cuando el río viene generoso, las tierras responden. Cuando no, el campo se pone duro y toca apañarse. Es la lógica de siempre en esta parte de Castilla.
El vino aquí se entiende de una manera bastante directa. Nada de discursos largos: se bebe, se comenta si está bueno y se sigue con la conversación.
Lo que no te cuentan en los folletos
Coreses no tiene un casco histórico enorme ni un listado largo de monumentos. Tampoco rutas llenas de carteles cada cien metros. Es más bien uno de esos pueblos donde la vida va a su ritmo y no se preocupa demasiado por si alguien viene a hacer fotos.
A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a bajar un poco, los campos de trigo alrededor se ponen dorados como si alguien hubiera subido la saturación del mundo. Entonces la plaza se anima. Salen los vecinos, se sientan, hablan de la cosecha o de cualquier cosa.
No pasa nada especial. Y precisamente de eso va el sitio.
Mi consejo: ven con el depósito del coche bien y agua en la mochila, porque el calor aquí aprieta cuando quiere. Da una vuelta tranquila por el pueblo, entra a ver la iglesia si está abierta y luego busca una panadería. Compra un pan —el de aquí tiene fama en toda la zona— y siéntate un rato en la plaza.
Sin prisa.
Coreses no es el típico lugar al que vienes a tachar cosas de una lista. Es más bien ese tipo de sitio donde te sientas un rato y entiendes por qué el campo sigue marcando el ritmo de todo. Y cuando te vas, te llevas la sensación de haber visto algo bastante auténtico.