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sobre Monfarracinos
Municipio dormitorio muy cercano a Zamora capital; situado en la vega del Valderaduey ofrece servicios y vida tranquila cerca de la ciudad
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A apenas diez kilómetros de Zamora, en el corazón de la Tierra del Pan, Monfarracinos se asienta discreto sobre una suave loma desde la que se dominan los campos de cereales de la comarca. Con sus unos mil habitantes y situado a unos 640 metros de altitud, este municipio zamorano mantiene ese ritmo pausado de los pueblos que siguen viviendo de cara al campo, pero con la comodidad de tener la ciudad a un cuarto de hora en coche.
El topónimo Monfarracinos evoca antiguos pobladores y conquistas medievales, esa historia de repoblaciones y fronteras que marcó el destino de estas tierras. Pasear por sus calles es asomarse a una Castilla cotidiana, sin artificios, donde la arquitectura tradicional de adobe y ladrillo se mezcla con construcciones más recientes. La amplitud del cielo, la horizontalidad del paisaje y el ocre dorado de los trigales al atardecer componen una estampa muy propia de la Tierra del Pan. Si vienes de zonas de montaña, aquí lo que manda es la línea del horizonte.
Para quien busca escapar del bullicio urbano sin alejarse demasiado de los servicios de una ciudad como Zamora, Monfarracinos es una opción cómoda: vida rural tranquila, pero con la capital a un paso. Es territorio de paseos cortos, de ver trabajar el campo y de esa gastronomía directa y sin florituras que caracteriza a la comarca. En medio día se le coge el pulso al pueblo, no hace falta ir con prisa.
¿Qué ver en Monfarracinos?
El patrimonio monumental de Monfarracinos se concentra en torno a su iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, que preside el núcleo urbano con su torre visible desde varios puntos del municipio. Este templo, con elementos que remiten a diferentes épocas constructivas, representa el típico edificio religioso zamorano que durante siglos ha sido tanto centro espiritual como punto de reunión vecinal. Conviene entrar si está abierta: muchas veces lo más interesante está en el interior silencioso, más que en la foto rápida de la fachada.
Recorrer el casco urbano permite fijarse en ejemplos de arquitectura popular castellana, con viviendas que conservan bodegas subterráneas excavadas en la tierra, esas “cavas” donde tradicionalmente se almacenaba el vino y se conservaban alimentos a temperatura constante. Algunas fachadas todavía muestran escudos nobiliarios que recuerdan el pasado de familias hidalgas asentadas en la localidad. Es un pueblo vivido, así que no esperes un centro histórico peatonal al uso, sino casas mezcladas con naves, huertos y solares.
Los alrededores de Monfarracinos invitan a asomarse al paisaje cerealista de la Tierra del Pan, esa sucesión de campos cultivados que cambian de color según la estación: verdes intensos en primavera, dorados quemados en verano, tonos pardos tras la cosecha. Las líneas de chopos que delimitan las fincas y los pequeños arroyos que serpentean entre los cultivos rompen la horizontalidad y ayudan a orientarse cuando uno se adentra por los caminos. Un paseo corto hacia las afueras ya basta para entender de qué vive la gente aquí.
¿Qué hacer?
La proximidad a Zamora convierte a Monfarracinos en un buen punto de partida para visitar la capital del Románico zamorano, con sus iglesias y su catedral, volviendo a dormir al pueblo si se busca más calma. Para moverse con comodidad, lo normal es depender del coche: el transporte público existe, pero no está pensado para hacer turismo.
En el propio término municipal, las rutas de senderismo y cicloturismo por los caminos rurales que conectan con otras localidades de la comarca permiten disfrutar del paisaje de la Tierra del Pan a ritmo lento. Son recorridos de dificultad baja, llanos, que se pueden hacer sin mucho entrenamiento, siguiendo pistas anchas entre fincas de cereal. Conviene tener en cuenta el sol y el viento: apenas hay sombra, así que es mejor evitar las horas centrales del día en verano y llevar agua de sobra, porque no hay fuentes a cada paso.
La gastronomía local se entiende más como despensa que como espectáculo. La Tierra del Pan se ha dedicado históricamente al cultivo de cereales y aún se elaboran panes y repostería tradicional, sobre todo en fechas señaladas. Los productos derivados del cerdo, los quesos zamoranos y las legumbres de la zona forman parte del día a día. La cercanía a Zamora facilita acceder a asadores y restaurantes donde probar estos productos con denominación de origen, combinando visita a la ciudad y paseo por el pueblo en la misma jornada.
Para quienes disfrutan con la observación de aves, los campos de la comarca albergan especies esteparias de interés, especialmente durante las migraciones de primavera y otoño. Conviene llevar prismáticos y algo de paciencia: el paisaje es abierto y los animales se detectan más por la silueta lejana que a corta distancia. No hay miradores habilitados como tal, pero cualquier camino que se aleje un poco del casco urbano sirve para estar atento al cielo y a las lindes.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Monfarracinos mantiene tradiciones muy arraigadas. Las fiestas patronales en honor a San Juan Bautista se celebran en torno al 24 de junio, coincidiendo con el solsticio de verano, con verbenas, procesiones y comidas populares que reúnen a vecinos y a quienes vuelven al pueblo por esas fechas. Son días de pueblo lleno, con sillas en la calle y conversaciones hasta tarde.
En agosto, como en muchos pueblos castellanos, se organiza una segunda celebración que aprovecha el retorno de los emigrantes y veraneantes. Son días de reencuentros, bailes y comidas al aire libre, más pensados para verse las caras que para hacer turismo en el sentido clásico. Si llegas de paso en esas fechas, ten en cuenta que el ambiente es mucho más ruidoso y el ritmo diario cambia.
Las celebraciones de Semana Santa mantienen la sobriedad propia de la religiosidad castellana, con procesiones que recorren las calles principales del pueblo y una participación muy vecinal. No son grandes desfiles, sino actos pequeños donde casi todos se conocen.
¿Cuándo visitar Monfarracinos?
La primavera (abril-mayo) y el otoño (septiembre-octubre) son los momentos más agradables para caminar por los caminos y ver el campo en transición: en primavera, el verde de los cereales casi llega al horizonte; en otoño, los tonos tostados y el movimiento de la maquinaria marcan el final de la campaña. Si tu idea es simplemente pasear y respirar aire tranquilo, estas épocas permiten hacerlo sin pelearte con el calor.
El verano puede ser caluroso y muy seco durante el día, aunque las noches refrescan y se agradece sentarse a la fresca en la calle. Si interesa el ambiente festivo, junio y agosto concentran las principales celebraciones, pero hay más ruido y movimiento.
En invierno, la zona puede resultar algo dura por el frío y el viento, y los días son cortos; a cambio, el pueblo está en su rutina más auténtica y los campos se ven desnudos, sin adornos. Para caminar es menos agradable, pero para entender el ritmo de trabajo del campo tiene su interés.
Lo que no te cuentan
Monfarracinos es un pueblo pequeño y se recorre rápido. En un paseo de una hora se puede ver la iglesia, callejear un poco y asomarse a los caminos que salen al campo. No es un destino para pasar varios días viendo cosas, sino más bien una base tranquila para moverse por Zamora y la comarca o una parada en una ruta por la Tierra del Pan.
Las fotos del paisaje pueden dar una sensación de postal inacabable, pero conviene saber que el terreno es muy homogéneo: si te gustan los grandes horizontes, disfrutarás; si buscas bosques, cascadas o rutas de montaña, aquí no los vas a encontrar. También es bueno saber que hay bastante construcción reciente; no todo el casco es “tradicional”, y eso forma parte de la vida real del pueblo.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Da un paseo hasta la iglesia de San Juan Bautista, recorre las calles del centro y sal por alguno de los caminos que bordean el casco urbano para ver el mar de cereal desde la loma. A ritmo tranquilo, te da tiempo a sentarte un rato y escuchar el silencio, que también cuenta. Con ese margen puedes aparcar con calma, caminar sin prisa y volver al coche sin agobios.
Si tienes el día entero
Puedes combinar una mañana en Zamora (casco histórico, catedral, Duero) con una tarde en Monfarracinos, caminando por los caminos rurales o dando una vuelta en bici suave por la Tierra del Pan. El tiempo rinde bien porque las distancias son cortas y no hay grandes atascos ni complicaciones de acceso.