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sobre Monfarracinos
Municipio dormitorio muy cercano a Zamora capital; situado en la vega del Valderaduey ofrece servicios y vida tranquila cerca de la ciudad
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He ido a pueblos con menos habitantes que un autobús escolar a las nueve de la mañana, pero Monfarracinos juega en otra liga. Quizá sea porque está a unos siete kilómetros de Zamora, que en lenguaje rural español significa "cerca, pero no tanto como para que todo funcione como en la ciudad". El caso es que cuando aparqué el coche junto a la iglesia, un señor me miró como si yo acabara de llegar a repartir algo. No era hostilidad; más bien esa curiosidad tranquila que hay en los pueblos donde cualquier coche nuevo se detecta al segundo.
La iglesia que no se cansa de esperar
La parroquial de la Virgen de la Asunción es de esas que parecen haberse quedado medio dormidas en el siglo XVI y nadie ha tenido prisa por despertarlas. Piedra tostada por el sol, campanario vigilando la plaza y un interior que huele a cera y a historia.
Dentro guardan varias piezas antiguas —entre ellas un incensario y un crucifijo que suelen situar en el siglo XVII— con esa pátina de “esto ha pasado por muchas manos” que tanto tienen las iglesias de pueblo. También hay un cáliz barroco bastante llamativo; de esos objetos que, aunque no seas muy de arte sacro, te hacen pararte un momento.
Otra cosa que me sorprendió: la iglesia suele estar abierta. No siempre pasa en pueblos así. A veces hay que preguntar por el sacristán, que normalmente es vecino de toda la vida y aparece cuando puede. Aquí entré sin más, eché un vistazo con calma y salí igual que había entrado.
El paisaje que te entra por los poros
Monfarracinos está en Tierra del Pan. El nombre suena casi a marca de harina, pero describe bastante bien lo que hay alrededor: trigo, mucho trigo.
En primavera los campos se vuelven de un verde muy uniforme, como si alguien hubiera pasado un rodillo de pintura gigante por la llanura. Y el viento forma parte del paisaje tanto como la tierra. No es la brisa suave de los folletos; es el que te despeina en tres segundos y te recuerda que aquí la meseta manda.
El pueblo se recorre rápido. Una calle principal, varias que salen hacia los lados y algún callejón que parece dibujado sin demasiada planificación. Casas de teja roja, muros de piedra o de ese ladrillo tostado tan castellano. En algunas fachadas todavía se ven escudos antiguos; en otras, el cartel de “se vende” escrito a mano.
Queso, trigo y lo que no se dice
No vi mucha vida comercial. Puede que exista algún bar o tienda en determinados momentos, pero cuando pasé por allí el ambiente era bastante tranquilo. En la plaza hay un pequeño quiosco que, según me dijeron, abre cuando acompaña el tiempo. En los pueblos eso significa que el horario depende más del día que del reloj.
Muchos vecinos hacen vida en Zamora: compras, gestiones, incluso el paseo de la tarde. La capital está lo bastante cerca como para que sea parte de la rutina.
Sobre comida local, salió el tema del queso zamorano hablando con un vecino. Me dijo algo que resume bien la lógica de estos sitios: “el queso de aquí no se vende mucho, se comparte cuando hay confianza”. Me quedé con la frase… y con las ganas de probarlo.
La hora de irse (y de volver)
Monfarracinos no es un lugar al que vengas buscando monumentos o un plan lleno de cosas que hacer. Si te gustan los pueblos tranquilos, los paseos cortos y mirar el paisaje sin prisa, funciona. Si necesitas movimiento constante, seguramente te sabrá a poco.
A mí me dejó esa sensación rara de los sitios que no intentan impresionarte. Nadie te cuenta historias exageradas, no hay carteles intentando explicarlo todo. Hay piedra, campos abiertos, viento y gente que sigue con su día.
Mi consejo: acércate cuando los campos estén verdes. Aparca cerca de la iglesia, date una vuelta por las calles y sal un momento hacia los caminos que rodean el pueblo. En una hora lo tienes visto, pero te llevas una imagen bastante clara de cómo se vive en esta parte de Tierra del Pan. Y eso, a veces, vale más que una lista larga de cosas que tachar.