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sobre Casaseca de Campeán
Pequeño pueblo en la ruta de la Vía de la Plata rodeado de viñedos y cultivos; destaca por su iglesia barroca y la hospitalidad jacobea
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A la sombra de un olmo, un tractor avanza despacio por un campo de cereal mientras la tarde cae con esa luz dorada que levanta polvo en los caminos. En Casaseca de Campeán el día suele moverse a ese ritmo: sin prisa, marcado más por las estaciones que por el reloj. El pueblo —hoy con algo menos de un centenar de vecinos— se asienta en plena Tierra del Vino, rodeado de viñas y parcelas de trigo que se abren en todas direcciones sobre una llanura amplia.
El nombre habla bastante del lugar: suelos secos, duros, cultivados desde hace generaciones, y una relación histórica con la cercana Campeán. El vino forma parte de esa historia, aunque aquí no se presenta con carteles ni visitas organizadas. Aparece en forma de bodegas excavadas bajo tierra, en pequeñas lomas a las afueras o detrás de algunas casas, donde la temperatura se mantiene fresca incluso en agosto. Algunas siguen utilizándose; otras quedan como recuerdo de una manera de hacer vino que en muchos pueblos de la comarca todavía resiste.
Alrededor del casco urbano el paisaje cambia con el calendario. En primavera los surcos se llenan de verde tierno; en verano domina el amarillo seco del cereal; y cuando llega el otoño, las viñas aportan manchas rojizas y ocres. No hay montañas ni grandes relieves: solo una línea de horizonte muy abierta donde el cielo ocupa casi la mitad de lo que ves.
La iglesia y las casas de adobe
La iglesia parroquial de San Miguel ocupa el centro del pueblo. Es un edificio sobrio, de piedra y ladrillo, con el aspecto de haber pasado por varias reformas discretas a lo largo del tiempo. No llama la atención por su tamaño ni por grandes elementos artísticos, pero sí por cómo encaja en la plaza y en la vida del pueblo.
Al caminar por las calles aparecen casas de adobe con vigas de madera, corrales amplios y antiguos pajares. Muchas conservan portones grandes, pensados para carros y animales. En algunas fachadas el barro del adobe se descascara y deja ver las reparaciones hechas con distintos materiales, como si cada generación hubiera ido resolviendo lo que tocaba en ese momento.
Bajo varias de estas viviendas hay bodegas subterráneas. Desde fuera a veces solo se ve una pequeña puerta o una chimenea de ventilación asomando en el suelo. Son espacios excavados en la tierra donde el vino fermentaba y se guardaba durante meses. Incluso sin entrar, basta ver cómo se distribuyen alrededor del pueblo para entender el peso que tuvo la viña en la economía local.
Caminos que salen del pueblo
Casaseca no tiene rutas señalizadas ni senderos preparados. Lo que hay son caminos agrícolas que parten del casco urbano y se pierden entre parcelas. Muchos conectan con pueblos cercanos de la misma comarca.
Son trayectos fáciles para caminar o pedalear porque el terreno apenas presenta desnivel. En días claros se oyen más sonidos de campo que de tráfico: alguna alondra, el crujido de los rastrojos secos o el motor lejano de un tractor trabajando.
Quien disfrute fijándose en los detalles encontrará bastantes: muros de tapial erosionados, herramientas viejas apoyadas contra una pared, cancelas de hierro oxidado que chirrían al moverse con el viento. Al atardecer la luz cae muy horizontal sobre los campos y todo parece más lento, más silencioso.
Datos útiles para quien llega
Casaseca de Campeán está a unos veinte kilómetros de Zamora capital, hacia el suroeste. El trayecto en coche suele rondar la media hora, dependiendo del camino elegido por la comarca.
El pueblo es pequeño y no cuenta con servicios pensados para visitantes, así que conviene llegar con agua y algo de comida si se quiere pasar un rato caminando por los alrededores. Para compras, cajero o farmacia lo habitual es acercarse a localidades cercanas algo mayores.
Si vas a recorrer los caminos, ten en cuenta que muchos atraviesan fincas privadas o zonas de cultivo. Lo razonable es seguir las pistas principales y no entrar en las parcelas.
La época más agradable suele ir de finales de primavera a comienzos de otoño. En invierno el viento de la meseta se deja notar y las heladas son frecuentes por la noche. En verano, en cambio, el sol cae con fuerza y apenas hay sombra fuera del casco urbano.
A última hora del día, cuando el sol baja hacia los viñedos y el cielo se vuelve pálido sobre la llanura, el pueblo queda casi en silencio. Solo se oye algún perro a lo lejos y el roce del viento entre los rastrojos. Es entonces cuando Casaseca se entiende mejor: un lugar pequeño, agrícola, donde la vida sigue girando alrededor de la tierra.