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sobre Cuelgamures
Pequeña localidad situada en una loma con vistas a la comarca; destaca por su yacimiento arqueológico romano y su tranquilidad rural
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Cuelgamures, en la comarca zamorana de la Tierra del Vino, es uno de esos pueblos pequeños —apenas unas decenas de vecinos— que ayudan a entender cómo se ha organizado históricamente esta parte del sur de la provincia. El caserío se asienta sobre lomas suaves, en torno a los 800 metros de altitud, rodeado de parcelas agrícolas donde el cereal y la vid siguen marcando el ritmo del paisaje.
La Tierra del Vino ha vivido durante siglos de esa combinación. Las cepas, muchas de ellas viejas, aparecen intercaladas con campos abiertos de cultivo. No es un territorio de grandes masas forestales ni de relieves abruptos: aquí el horizonte es amplio y el paisaje se lee en clave agrícola.
Un pueblo organizado alrededor de la iglesia
El trazado de Cuelgamures responde al modelo habitual en muchos pueblos de la zona: calles cortas que terminan confluyendo en torno a la iglesia parroquial. La de San Bartolomé, cuya fábrica se remonta al siglo XVI aunque con reformas posteriores, ocupa ese centro simbólico y físico del pueblo.
El edificio es sobrio. La fachada apenas tiene ornamentación y el volumen del campanario destaca sobre el resto del caserío. Más que un monumento aislado, funciona como referencia visual desde distintos puntos del pueblo, algo habitual en localidades donde la iglesia marcaba no solo la vida religiosa, sino también la organización del espacio.
Arquitectura doméstica y bodegas
Las casas mezclan piedra, adobe y tapial, materiales tradicionales en esta parte de Zamora. Muchas se han reformado con el tiempo, pero todavía se reconocen los muros gruesos, los portones amplios para el paso de carros y algunos corrales anexos.
Un elemento característico del entorno son las bodegas subterráneas. En muchos pueblos de la Tierra del Vino se excavaron galerías bajo tierra para mantener una temperatura estable durante todo el año. En Cuelgamures todavía se identifican por los respiraderos y por las pequeñas entradas que asoman en algunas zonas del pueblo o en sus alrededores. La mayoría son de uso privado o han quedado en desuso, pero permiten imaginar hasta qué punto la elaboración de vino formaba parte de la economía doméstica.
El paisaje de la Tierra del Vino
Al salir del casco urbano, el paisaje se abre enseguida. Parcelas de cereal, viñas y barbechos forman un mosaico muy regular que cambia bastante según la estación. En otoño las cepas toman tonos rojizos y ocres; en verano domina el color dorado de los campos.
La escasez de árboles aislados y la continuidad de las parcelas hablan de un territorio trabajado durante generaciones. No es un paisaje espectacular en el sentido más evidente, pero sí muy representativo del sur de Zamora.
Caminos entre pueblos
Varias pistas agrícolas conectan Cuelgamures con otros núcleos cercanos de la comarca. Son caminos de tierra utilizados por los agricultores, sin señalización específica para rutas a pie o en bicicleta. Aun así, se pueden recorrer si se lleva un mapa o un track cargado en el móvil, porque muchas de estas pistas se cruzan entre sí y el paisaje tiende a repetirse.
Conviene tener en cuenta que siguen siendo vías de trabajo: es habitual encontrarse con tractores o maquinaria en determinadas épocas del año.
Vida local y calendario tradicional
Las celebraciones del pueblo giran en torno a San Bartolomé, cuya festividad se celebra en agosto. Como ocurre en muchos pueblos pequeños, esos días suelen reunir a vecinos que viven fuera y regresan en verano.
La vendimia, que normalmente cae en septiembre según la climatología de cada año, sigue siendo otro momento importante. Aunque hoy la producción y el trabajo del vino han cambiado mucho respecto a décadas atrás, la recolección de la uva todavía marca el final del verano en toda la comarca.
Información práctica
Cuelgamures es un pueblo muy pequeño y no cuenta con servicios turísticos propios. Para comer, alojarse o encontrar más movimiento conviene acercarse a localidades mayores de la zona, como Morales del Vino o Toro.
La visita es breve. Se recorre en poco tiempo, pero merece la pena fijarse en los detalles del caserío, en las entradas de las bodegas y en el paisaje de viñas que rodea el pueblo. Ahí está buena parte de la historia cotidiana de la Tierra del Vino.