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sobre Fresno el Viejo
Villa histórica con una impresionante iglesia románico-mudéjar; ofrece actividades turísticas y un museo etnográfico
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A primera hora, cuando la plaza todavía está medio vacía y solo se oye algún coche cruzar despacio, el turismo en Fresno el Viejo empieza así: con la torre de la iglesia recortada contra el cielo claro y el olor a pan que llega desde alguna casa cercana. No es un pueblo que se revele de golpe. Hay que caminarlo un poco, dejar que el silencio del campo entre en las calles.
Fresno el Viejo, en la comarca de Tierra del Vino, ronda los ochocientos habitantes. El ritmo lo siguen marcando las viñas y los cultivos de cereal que rodean el casco urbano. A ciertas horas del día el viento trae olor a tierra seca o a mosto, según la época. Aquí el paisaje y el trabajo del campo siguen muy pegados a la vida diaria.
La iglesia y la plaza
La iglesia de San Juan Bautista ocupa el centro visual del pueblo. Su volumen de piedra se levanta sobre la plaza con una presencia tranquila, sin demasiada ornamentación.
A media tarde, cuando el sol cae desde el oeste, la fachada se vuelve más cálida y las sombras de los árboles se estiran sobre el suelo. Es uno de esos momentos en que la plaza se llena de vecinos que salen a tomar el aire.
El interior conserva retablos antiguos y una sensación de espacio amplio, bastante sobrio. Conviene comprobar antes si está abierta, porque no siempre se puede visitar.
Calles de adobe y bodegas bajo tierra
Al alejarse de la plaza aparecen calles rectas, con casas de adobe y ladrillo. Algunas han sido rehabilitadas; otras mantienen puertas de madera gastada y muros algo irregulares, donde el barro antiguo todavía se reconoce bajo las capas de cal.
Bajo muchas de estas casas hay bodegas subterráneas. Durante años formaron parte del trabajo cotidiano del vino. Hoy varias siguen en manos de familias del pueblo. No hay una ruta organizada ni visitas regulares, pero el simple hecho de saber que están ahí ayuda a entender por qué esta zona se llama Tierra del Vino.
Viñas y horizontes abiertos
El paisaje alrededor de Fresno el Viejo es amplio y bastante llano. Desde los caminos agrícolas se ven filas de viñedo alternadas con parcelas de cereal. Apenas hay arbolado alto, así que el cielo ocupa mucho.
En otoño las hojas de las cepas cambian a tonos rojizos y dorados. En primavera el verde es más limpio y el viento mueve las líneas de las viñas como si fueran una superficie ondulada.
Los caminos suelen ser fáciles para caminar o pedalear. Eso sí, en verano el sol cae con fuerza y conviene salir temprano o esperar a última hora de la tarde.
Cuando llega la vendimia
A finales de verano el movimiento aumenta. Los remolques cargados de uva cruzan los caminos y a veces también las calles del pueblo. El olor dulce de la fruta recién cortada se nota cerca de las parcelas.
No es una vendimia pensada para visitantes. Es trabajo real, con horarios largos y manos manchadas de mosto. Aun así, si pasas por los caminos en esos días, se entiende bien hasta qué punto el vino sigue formando parte de la economía local.
Aves sobre el cereal
Los campos abiertos también tienen su propia vida. Sobre los sembrados es frecuente ver cernícalos quietos en el aire, buscando algún movimiento entre los surcos. En ciertas épocas pasan bandadas que paran a descansar en los páramos cercanos.
No hace falta mucho más que caminar despacio y llevar unos prismáticos. El silencio del campo ayuda.
Agosto en la plaza
En agosto llegan las fiestas dedicadas a San Juan Bautista. Durante unos días el pueblo cambia de ritmo. La plaza se llena por la noche y hay música, encuentros entre vecinos y gente que vuelve al pueblo solo en esas fechas.
Si se visita entonces conviene saber que el ambiente es más ruidoso y las calles se llenan más de lo habitual. Quien busque la versión más tranquila de Fresno el Viejo suele disfrutar más de una mañana cualquiera de otoño o de primavera, cuando el campo está en marcha y el pueblo vuelve a su ritmo de siempre.