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sobre Morales del Vino
El municipio más poblado del alfoz de Zamora; zona residencial con servicios y tradición vinícola que combina modernidad y raíces rurales
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A tan solo 12 kilómetros al sur de Zamora capital, Morales del Vino se extiende sobre una suave loma a casi 700 metros de altitud, presidiendo un paisaje de horizontes amplios donde los viñedos marcan el ritmo de las estaciones. Este municipio de la comarca de Tierra del Vino, con sus algo más de 3.000 habitantes, mantiene vivo el legado de una tierra que lleva siglos elaborando vinos de carácter, mientras crece como pueblo “dormitorio” de Zamora, con gente que ya vive y trabaja a caballo entre ambos sitios.
El nombre del municipio no deja lugar a dudas sobre su vocación: aquí la vid es protagonista del paisaje y de buena parte de la economía local. Las plantaciones que rodean el núcleo urbano producen uvas de variedades como tempranillo y garnacha, entre otras, dando lugar a vinos que cada vez ganan más reconocimiento dentro y fuera de la provincia. Pasear por algunas de sus calles antiguas es asomarse a ese universo vinícola que se nota en las bodegas tradicionales excavadas en la tierra y en ciertas casonas de piedra que recuerdan épocas de más viña y más vida ligada al campo.
Pero Morales del Vino es también un pueblo de historia, fe y tradición. Su patrimonio religioso, sus espacios naturales cercanos y su calendario festivo lo convierten en una parada razonable para quien quiere conocer la Castilla y León más de diario, la de las compras por la mañana, el vermut al sol y las sobremesas largas con vino de la zona.
Qué ver en Morales del Vino
El corazón monumental de Morales del Vino late en torno a la iglesia parroquial de San Juan Bautista, un templo de origen medieval que ha sido reformado en diferentes épocas, presentando una mezcla de estilos que se aprecia sobre todo en la torre y en las portadas. Su torre, visible desde varios puntos del municipio, funciona casi como faro del pueblo. El interior conserva retablos de valor artístico y una atmósfera de recogimiento muy típica de estas iglesias de la meseta.
Pasear por el casco urbano permite descubrir parte de la arquitectura tradicional zamorana, aunque hay que saber que el crecimiento reciente y las construcciones modernas se notan. Entre las casas nuevas aún asoman casonas blasonadas que testimonian el pasado señorial del municipio. Las calles conservan ese trazado castellano, con plazas donde se concentra la vida social y rincones donde todavía se ve alguna puerta antigua, un escudo o una fachada de piedra que merecen una parada corta.
Es recomendable callejear sin rumbo fijo por la zona más vieja, no por todo el pueblo. Allí aparecen detalles curiosos: un alero de madera tallada, una bodega subterránea, un patio interior entreabierto. Si se busca “pueblo-museo”, no es el caso; Morales se vive más que se “visita”.
No se puede entender Morales del Vino sin acercarse a sus bodegas tradicionales. Muchas familias mantienen todavía estos espacios excavados en la tierra, auténticos subterráneos frescos donde el vino reposa en tinajas de barro y barricas de roble. Aunque la mayoría son particulares, durante las fiestas patronales suele haber oportunidad de acceder a algunas de ellas, o al menos de ver por fuera los respiraderos y entradas que salpican el entorno.
Los alrededores del municipio tienen su mejor cara cuando el campo acompaña: vendimia en septiembre, viñedo verde en primavera, tierras ocres en otoño. Las rutas por caminos rurales entre las viñas permiten disfrutar del aire seco de la meseta castellana y observar aves típicas de estos ecosistemas agrarios, además de ver de cerca cómo se trabaja la tierra. Eso sí, son caminos de uso agrícola: coches, tractores y polvo en época seca.
Qué hacer
La principal actividad en Morales del Vino es, sin duda, adentrarse en su cultura del vino. Aunque conviene informarse previamente, existen posibilidades de realizar catas y conocer el proceso de elaboración tradicional. La sensación de descender a una bodega centenaria, con su temperatura constante y ese aroma inconfundible, se recuerda más que muchas visitas de escaparate.
Para los amantes del senderismo y el cicloturismo, los caminos rurales que conectan Morales del Vino con municipios vecinos ofrecen rutas llanas o de escasa dificultad, buenas para rodar tranquilo o pasear al atardecer. Una opción es seguir las antiguas vías que comunicaban las bodegas con los viñedos, ahora reconvertidas en senderos y pistas agrícolas donde apenas pasa algún tractor.
La gastronomía local tira de producto de siempre: matanza, quesos zamoranos, legumbres de la tierra y, por supuesto, vino del país. En los bares y restaurantes del municipio es fácil encontrar preparaciones tradicionales como el arroz a la zamorana o las sopas de ajo, platos contundentes que se agradecen en los meses fríos. No esperes cocina de autor; aquí lo normal es ración generosa, barra con pinchos y receta aprendida en casa.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Morales del Vino gira en torno a dos fechas principales. Las fiestas patronales en honor a San Juan Bautista se celebran a finales de junio, con procesiones, actos religiosos y actividades lúdicas que congregan tanto a vecinos como a gente de los alrededores. Es un buen momento para ver el pueblo con más ambiente del habitual y entender ese ritmo más tranquilo del resto del año.
La otra gran cita es la Fiesta de la Vendimia, que tiene lugar en septiembre, coincidiendo con la recogida de la uva. Durante estos días, el pueblo celebra su producto estrella con degustaciones, pisado tradicional de uva y actividades relacionadas con el mundo del vino. Es cuando mejor se entiende por qué esta comarca se llama Tierra del Vino y cómo se vive la campaña.
Cuándo visitar Morales del Vino
- Primavera: el campo reverdece, los viñedos empiezan a tirar y apetece caminar por los caminos sin pasar calor.
- Verano: hace calor, y a determinadas horas el sol cae a plomo. Si vas, mejor primeras horas de la mañana o última de la tarde para paseos.
- Septiembre y otoño temprano: probablemente el mejor momento por la vendimia, la luz y el color de las viñas.
- Invierno: días fríos y cortos; para pasear por el casco y sentarse a comer algo caliente, bien, pero el campo luce menos.
Si llueve, el paseo por caminos de tierra puede hacerse pesado: mucho barro y charcos. En esos días compensa centrarse en la parte urbana, iglesia y bares, y dejar las rutas para cuando se seque el terreno.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Vuelta por la plaza y las calles más antiguas.
- Visita rápida a la iglesia de San Juan Bautista.
- Vermut o café en alguno de los bares, escuchando a la gente hablar de la viña, de Zamora y del tiempo.
Si tienes el día entero
- Mañana de paseo tranquilo por el casco viejo y alrededores.
- Comida sin prisas y sobremesa con vino de la zona.
- Tarde de caminata por los caminos rurales hacia los viñedos, para ver el paisaje que da sentido al nombre del pueblo.
Lo que no te cuentan
Morales del Vino no es un pueblo de postal medieval ni un casco histórico enorme: se ve rápido y en unas horas te lo has recorrido con calma. Tiene servicios, vida todo el año y mucha gente que entra y sale de Zamora a diario. Es más un sitio para entender cómo se vive en la Tierra del Vino hoy que para pasarte tres días encadenando monumentos.
El coche aquí es casi obligatorio si quieres moverte por la comarca. Llegar en bus es posible, pero depender de horarios para luego salir al campo o acercarte a otros pueblos se complica.
Las fotos de viñedos al atardecer son reales, pero están fuera del casco. Hay que andar un rato o mover el coche para encontrarlas; si solo te quedas en la travesía principal, la sensación será más de pueblo funcional de carretera que de mar de viñas. Si ajustas expectativas y vienes a lo que es —un pueblo vivo, entre Zamora y la viña—, se disfruta mejor.