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sobre Pollos
Localidad situada en la vega del Duero; destaca por su reserva natural y la iglesia de San Nicolás
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A las cinco de la tarde, la luz de abril atraviesa el campanario de San Nicolás y dibuja en el empedrado unas cruces alargadas que se mueven lentamente, como relojes de sol descalibrados. En la plaza Mayor no hay nadie más que un hombre mayor que barre hojas secas con una escoba de madera. El ruido del cepillo contra la piedra es casi todo lo que se oye. El turismo en Pollos empieza muchas veces así: con la sensación de haber llegado a un lugar que sigue funcionando a su propio ritmo, ajeno a la prisa de otros pueblos más visitados.
Pollos no suele aparecer en listados de pueblos conocidos de Valladolid, y quizá por eso conserva una quietud poco habitual. Caminas por sus calles y no ves rótulos pensados para el visitante ni escaparates con recuerdos. Lo que aparece es una arquitectura de ladrillo y mampostería envejecida con calma, muros de tono ocre que llevan generaciones viendo pasar vendimias, años secos y primaveras cortas.
La iglesia y la plaza, el centro del pueblo
La iglesia de San Nicolás de Bari se levanta en el centro del casco urbano con esa naturalidad de los edificios que siempre han estado ahí. El templo actual se asocia generalmente al siglo XVIII, y su fachada barroca es sobria, sin demasiados adornos. El campanario de ladrillo rojo sobresale sobre los tejados bajos, y desde algunos puntos del pueblo se ve recortado contra el cielo limpio de la meseta.
Dentro, la temperatura baja unos grados. La penumbra suele oler a cera y a piedra húmeda. Hay tallas antiguas y retablos con policromía gastada, y cuando entra el sol por las ventanas el color cae sobre los bancos de madera en manchas azules o rojizas que cambian según avanza la tarde.
Al salir otra vez a la plaza, a veces llega olor a pan recién hecho desde alguna casa cercana. No es raro ver a vecinos cruzando la plaza con bolsas de tela o charlando apoyados en la pared de la iglesia.
Un cerro con historia a las afueras
En los alrededores del pueblo el terreno es llano, con parcelas de cultivo que se extienden hasta donde la vista empieza a confundirse con el horizonte. En uno de los cerros cercanos, conocido como Los Calvillos, se han localizado restos de un asentamiento antiguo que suele relacionarse con poblaciones vacceas.
Hoy el lugar apenas conserva trazas visibles: líneas de piedra, pequeños desniveles en el terreno y fragmentos de cerámica que a veces aparecen después de las lluvias o de las labores del campo. No hay demasiada señalización, así que conviene ir con cierta idea previa de dónde está y, sobre todo, caminar con respeto: es uno de esos sitios donde la historia permanece más en el suelo que en los carteles.
El pueblo aparece mencionado en documentación medieval relacionada con la organización del territorio en la zona del Duero, lo que indica que ya existía como núcleo habitado hace siglos, aunque el origen del asentamiento probablemente sea anterior.
El Duero cerca y la Casa del Parque
A poca distancia del casco urbano está la Casa del Parque, instalada en lo que fue una antigua escuela rural. El edificio mantiene por fuera la piedra y la estructura sencilla de las construcciones del pueblo, pero dentro funciona como centro de interpretación del entorno del Duero, con especial atención a las aves que viven en la ribera.
Paneles, sonidos grabados y material audiovisual ayudan a entender el paisaje que rodea Pollos. Desde la zona exterior se intuye el curso del río entre alineaciones de chopos y sauces.
Si llevas prismáticos, merece la pena acercarse temprano por la mañana o al final de la tarde. En esas horas es más fácil ver movimiento en las orillas: aves pequeñas cruzando el agua a ras, garzas quietas entre los carrizos o bandos que se levantan de golpe cuando algo rompe el silencio.
Fiestas y regreso de los que se fueron
En agosto, cuando el trigo ya está recogido y las viñas empiezan a cambiar de color, el pueblo celebra sus fiestas en honor a Nuestra Señora de la Asunción y San Roque. Durante esos días el ambiente cambia bastante: música en la plaza, mesas que se alargan en la calle y familias que vuelven al pueblo después de meses viviendo fuera.
Otra tradición que se mantiene es la celebración de los quintos, ligada a los jóvenes del pueblo que alcanzan la mayoría de edad. Suele incluir comidas compartidas y actos organizados por ellos mismos, con bastante participación de vecinos de distintas generaciones.
Lo que se come aquí
La cocina que aparece en los bares y en las casas es la que corresponde a esta parte de Castilla: platos contundentes, pensados para jornadas largas de campo. El lechazo asado en horno de leña sigue siendo una referencia en la zona, igual que los guisos de legumbres cocinados despacio.
El pan suele ser de hogaza grande, con corteza dura y miga compacta, de los que aguantan varios días en la despensa. En verano circulan por el pueblo cajas de fruta de huertas cercanas, y cuando llega el otoño empiezan a aparecer setas de los pinares del entorno en revueltos y guisos sencillos.
Entre semana el ambiente es tranquilo. A media tarde se oye alguna conversación desde las puertas de los bares y el ruido de un coche que cruza despacio la calle principal.
Cuando el sol cae detrás de la iglesia, las sombras se estiran sobre la plaza y vuelve ese silencio que parece habitual aquí. El hombre que barría por la tarde ya no está, pero mañana, probablemente, volverá a hacerlo a la misma hora. Pollos funciona así: con gestos pequeños que se repiten cada día. Y al final es eso lo que uno recuerda al marcharse.