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sobre Pollos
Localidad situada en la vega del Duero; destaca por su reserva natural y la iglesia de San Nicolás
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En el corazón de la Tierra del Vino vallisoletana, donde los campos de cereal se alternan con viñedos y huertas, se encuentra Pollos, un pequeño municipio que conserva bastante bien la forma de vida de la Castilla agraria. Con apenas 590 habitantes, este pueblo situado a unos 680 metros de altitud es tranquilo, pausado y muy de costumbre diaria, sin grandes alardes. Aquí el día se mide más por la luz que por el reloj.
El nombre de Pollos siempre despierta alguna broma o curiosidad entre quienes llegan por primera vez, aunque su origen pertenece a ese mundo algo opaco de la toponimia medieval castellana. Lo que sí se percibe enseguida es que estás en un pueblo de la Tierra del Vino “de verdad”: tractores, viñedo, campos abiertos y ese horizonte limpio de la meseta que, en días claros, parece no acabarse nunca.
Recorrer sus calles es adentrarse en un sitio donde el tiempo transcurre a otro ritmo: vecinos en la puerta de casa al caer la tarde, voces en la plaza y una arquitectura modesta que habla más de trabajo que de postal. No hay grandes monumentos, pero sí detalles que, con calma, se van apreciando si eres de los que caminan despacio y miran hacia arriba.
¿Qué ver en Pollos?
El elemento patrimonial principal de Pollos es su iglesia parroquial, un templo con las formas sobrias de la arquitectura religiosa castellana. Como en tantos pueblos de Valladolid, la torre se ve desde los campos y sirve de referencia para orientarse. Más allá del valor artístico, es el punto que estructura la vida del pueblo: misa, campanas, fiestas y quedadas en la plaza de al lado.
El paseo por el casco urbano permite fijarse en la arquitectura popular castellana, con casas de adobe, tapial y ladrillo, a veces ya muy reformadas, otras aún con portones y corrales que recuerdan cómo se vivía cuando el campo lo era todo. No es un casco histórico de postal, pero si te gusta mirar al detalle (puertas viejas, aleros, escudos, inscripciones), algo encontrarás. También verás solares, fachadas a medias y naves: forman parte del paisaje real del pueblo.
Las bodegas subterráneas tradicionales, excavadas en la tierra, forman parte del paisaje cultural del vino en la zona. Algunas se siguen utilizando de forma privada, otras permanecen cerradas; no es un barrio de bodegas preparado para visitas masivas, así que conviene no llegar esperando catas organizadas en cada esquina. Lo habitual es que, si conoces a alguien del pueblo, acabes bajando a alguna; si no, lo normal es verlas solo desde fuera.
En los alrededores, los caminos agrícolas dan amplias vistas sobre los paisajes de la Tierra del Vino: cereal, viña, algún pinar disperso y el cielo enorme. Según la época del año, todo cambia de color: verdes intensos en primavera, dorados a finales de verano, tonos ocres en otoño. El invierno, con niebla, deja el paisaje casi en blanco y gris, muy minimalista.
Qué hacer
La principal actividad en Pollos es tomarse el tiempo de observar el paisaje y el ritmo rural. A partir de ahí, se pueden encajar varias cosas sin necesidad de grandes planes:
El enoturismo es más de comarca que de pueblo. La Tierra del Vino es territorio de buenos caldos, pero en Pollos en sí la oferta organizada es limitada. Lo más práctico es usar el pueblo como base o parada tranquila y moverse en coche por las localidades vitivinícolas cercanas, donde sí suele haber bodegas visitables y venta directa. Aquí lo normal es combinar un paseo por Pollos con visitas a otros pueblos en un radio corto.
Las rutas de senderismo y paseos discurren por los caminos rurales que conectan Pollos con los municipios vecinos. Son recorridos sencillos, prácticamente llanos, que se pueden hacer a pie o en bicicleta. Aquí el “plan” es muy claro: caminar, respirar y escuchar el silencio, con el crujir de la grava y poco más. A nivel práctico, en una mañana se pueden hacer varios kilómetros sin grandes esfuerzos, pero conviene llevar agua y gorra en verano porque la sombra escasea y el sol castiga.
La gastronomía tradicional se basa en lo que manda la tierra: lechazo asado, embutidos, legumbres y pan contundente. No esperes una oferta infinita de bares y restaurantes: es mejor informarse antes de ir sobre dónde comer, tanto en Pollos como en los pueblos de alrededor, y adaptar los horarios, porque aquí se come cuando se come, no a cualquier hora.
Los meses de vendimia, entre septiembre y octubre, son especialmente interesantes para ver el movimiento en el campo y el trasiego de uvas, remolques y cuadrillas. No es un espectáculo preparado para visitantes, es trabajo real, y conviene mirarlo con respeto y sin estorbar. Si te acercas a hacer fotos, mejor desde los caminos y sin invadir las fincas.
Para quienes disfrutan con la fotografía de paisaje, los amaneceres y atardeceres sobre los campos de la meseta funcionan bien: cielos amplios, horizontes limpios y, algunos días, nubes bajas que cambian el color de todo en cuestión de minutos. En verano, la luz más interesante suele estar a primera y a última hora; el resto del día es un sol plano y duro.
Fiestas y tradiciones
Las fiestas patronales se celebran en verano, generalmente en agosto, cuando muchos hijos del pueblo regresan. Es cuando Pollos pasa de la calma absoluta a varios días de música, procesiones y comidas en cuadrilla. No es una feria monumental, pero sí un momento en que se ve al pueblo más vivo, con peñas, charangas y plazas llenas.
La vendimia marca, un año más, el calendario de la comarca. A finales de septiembre o principios de octubre, los días empiezan a acortarse y el campo se llena de gente recogiendo, remolques circulando y lagares funcionando. Quien se acerque en esas fechas encontrará más actividad que en otras épocas, aunque casi todo se organiza de puertas adentro.
Las celebraciones religiosas, como la Semana Santa, se viven de manera más íntima que en las grandes ciudades. Procesiones sencillas, recorridos cortos, caras conocidas. Para quien viene de fuera, la sensación es más de asistir a un acto de comunidad que a un espectáculo.
Errores típicos al visitar Pollos
- Esperar un “pueblo-museo”: Pollos es un pueblo de trabajo, no un decorado turístico. Hay casas arregladas y otras más deterioradas, solares vacíos, naves agrícolas… forma parte de su realidad.
- Calcular mal los tiempos: el casco urbano se recorre rápido. Si vienes expresamente desde lejos, tiene más sentido encajarlo dentro de una ruta por la Tierra del Vino (Tordesillas, otros pueblos vitivinícolas, ribera del Duero cercana…) que como único destino del día.
- Subestimar el clima: en verano, el sol cae a plomo y casi no hay sombra en los caminos; en invierno, el frío y el aire cortan. Para pasear con gusto, madrugar en verano y aprovechar las horas centrales en invierno suele funcionar mejor.
- Pensar que habrá servicios “como en ciudad”: las tiendas y bares tienen sus horarios y descansos. Conviene llevar algo de agua y picoteo en el coche por si llegas en mala hora.
¿Cuándo visitar Pollos?
La primavera (abril–mayo) es agradecida: días más largos, campos verdes y temperaturas suaves para pasear sin prisas. El otoño (septiembre–octubre) añade el interés de la vendimia y una luz muy limpia sobre los paisajes ocres.
El verano trae calor continental: mediodías duros, pero anocheceres agradables para sentarse en la plaza o caminar al caer el sol. Además, es cuando se concentran la mayoría de las fiestas, por lo que el ambiente cambia bastante respecto al resto del año.
El invierno es otra cosa: nieblas, frío y silencio. Tiene su punto si buscas soledad y esa meseta gris y mínima, pero conviene venir abrigado y asumir que muchos días el plan será corto y muy tranquilo.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Te llega para hacer un paseo circular sencillo: entrada al pueblo, vuelta por la plaza y la iglesia, callejear un poco sin prisa y salir por algún camino agrícola cercano para asomarte al paisaje. A ritmo tranquilo, en ese tiempo te haces una buena idea de cómo es Pollos.
Si tienes el día entero
Tiene más sentido combinar. Puedes dedicar la mañana a Pollos y a caminar por los alrededores (sendero llano, sin pérdida, según lo que te apetezca) y usar la tarde para visitar otros pueblos de la Tierra del Vino o acercarte a la ribera del Duero. En coche, las distancias son cortas, pero las jornadas salen más completas.
Lo que no te cuentan
Pollos se ve en poco tiempo. Un paseo sosegado por el pueblo, una vuelta corta por los caminos de alrededor y, en dos o tres horas, habrás captado bastante bien el lugar y su ritmo. Es más una parada tranquila dentro de una ruta por la comarca que un destino al que dedicar varios días seguidos.
Las fotos de los campos y del cielo pueden parecer muy “épicas”, pero lo que te vas a encontrar es sencillez: llanura, viñas, cereal y un pueblo pequeño que hace su vida. Si vas con esa expectativa, lo disfrutas; si buscas atracciones, te quedarás corto. Aquí el valor está en bajar una marcha, mirar alrededor y, simplemente, estar.