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sobre San Román de Hornija
Lugar histórico con restos visigodos y tumba del rey Chindasvinto; destaca por su iglesia y vinos
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A las siete de la mañana, cuando el sol todavía es una franja pálida en el este, la carretera comarcal que pasa cerca de San Román de Hornija está vacía. El aire huele a tierra seca y, si el viento viene del sur, a uva madura. Desde aquí, el pueblo se ve como un montón de tejados bajos y una torre de iglesia, rodeado por una cuadrícula perfecta de viñas que se pierde en el horizonte llano. Viven menos de trescientas personas. La vida, durante generaciones, ha marcado el ritmo de la viña.
Calles donde el tiempo es otro
Al entrar, el silencio es lo primero que notas. No es un silencio vacío, sino lleno: el zumbido lejano de un transformador eléctrico, el golpe de una puerta de madera al cerrarse en alguna callejuela, el motor diésel de un tractor que arranca en una nave a las afueras. El asfalto se interrumpe de pronto y aparece la tierra compactada, o el cemento gastado y agrietado por décadas de soles y heladas.
Las casas más antiguas tienen muros gruesos de tapial y adobe, un color terroso que cambia con la humedad del día. Las ventanas son pequeñas, cuadradas, pensadas para guardar el calor en invierno y el fresco en verano. En algunos dinteles de piedra hay números grabados, fechas borrosas. La iglesia de San Román, con su torre cuadrada, domina la plaza. Dentro, la luz es escasa y fría, filtrada por vidrieras sencillas; el aire huele a cera vieja y piedra.
Bajo tierra: el frescor de las bodegas
Si caminas hacia los límites del pueblo, entre parcelas y algún huerto familiar, verás pequeños montículos de tierra coronados por respiraderos de ladrillo. Son las bocas de las bodegas subterráneas. Algunas siguen en uso; otras llevan años cerradas con candados oxidados.
La que pude ver tenía unas escaleras empinadas que bajaban a la oscuridad. Al fondo, una bombilla desnuda iluminaba paredes encaladas y varias cubas de roble apoyadas contra la tierra. El aire era frío y húmedo, con un olor profundo a moho dulce y madera curada. Aquí no solo se guardaba el vino; era también el lugar donde terminaban las conversaciones después de trabajar la tierra.
Un horizonte que se mueve con los meses
El paisaje alrededor es abierto, casi geométrico. En invierno, la tierra desnuda y las cepas podadas dibujan un mapa austero; el viento corta sin nada que lo frene. En primavera, el verde tierno de los cereales rompe la monotonía del marrón. Para julio, todo es oro y ocre, y el sol cae a plomo desde mediodía hasta pasadas las seis.
Caminar por aquí es fácil porque no hay cuestas. Pero en verano conviene madrugar: a las nueve de la mañana ya se nota el peso del calor. O esperar a que la tarde se alargue y la luz se vuelva horizontal, largando sombras finas desde cada poste, cada árbol solitario.
Caminos que son rutinas
De San Román salen pistas de tierra que van a Villalbarba o a Melgar de Abajo. No están señalizadas para senderistas; son caminos de trabajo, rectos y polvorientos en verano, embarrados en abril. Los usan los tractores y a veces algún coche.
En bici se recorren rápido. A pie, hay que llevar agua sí o sí: la sombra es un bien escaso, un regalo bajo el alero de un palomar abandonado o junto a una nave agrícola.
El sabor del lugar: vino, horno y queso curado
La comida aquí es lo que hay: contundente, ligada al ciclo del campo. El vino tinto de la tierra acompaña casi siempre. Suele tomarse con lechazo asado en horno de leña –el humo se nota en el pueblo algunos domingos–, con embutidos curados o con queso zamorano, de corteza dura y sabor intenso.
No esperes encontrar varios bares abiertos a diario. En pueblos así, el comercio va a otro ritmo. Donde sí hay más movimiento es alrededor del vino: cerca de la vendimia o en fechas señaladas, algunas bodegas familiares organizan catas informales para amigos y conocidos.
El pulso del año: vendimia y fiestas
El momento álgido llega entre finales de septiembre y octubre. Los remolques cargados con cajas de uva circulan por los caminos levantando polvo; las calles huelen a mosto fermentado. Es cuando el pueblo recupera un bullicio olvidado.
Las fiestas patronales son en agosto, alrededor del día 15. La plaza se llena entonces de sillas plegables, mesas largas y vecinos que han vuelto desde Valladolid o Madrid. Se habla alto, se come en común, suena música desde un altavoz. No es un espectáculo para mirar; es un reencuentro familiar al que, si estás por allí, te incorporas sin ceremonias.
La luz baja y las texturas
San Román no es una postal ni una parada para sacar una foto rápida. Es uno de esos pueblos que solo se entiende parando el coche y bajando a caminar sin rumbo.
Fíjate en la textura rugosa del adobe al atardecer, cuando el sol naranja resalta cada grieta. Escucha el crujido seco de las hojas de parra cuando pasa el viento. Mira cómo un gato se estira en medio de una calle vacía.
Si vienes, hazlo temprano o al caer la tarde. Es entonces cuando el lugar recupera su ritmo verdadero: lento, marcado por las horas de sol y por el trabajo enterrado en la tierra