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sobre Villalar de los Comuneros
Lugar simbólico de Castilla donde fueron derrotados los Comuneros; destaca por su obelisco y actos del Día de Castilla y León
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En el corazón de la Tierra del Vino vallisoletana, Villalar de los Comuneros se alza como un testimonio vivo de uno de los episodios más relevantes de la historia de España. Este pequeño municipio de apenas 469 habitantes conserva en su nombre y en sus calles la memoria de la batalla que en 1521 marcó el destino de Castilla y el triunfo del absolutismo frente a las Comunidades. Lejos del bullicio turístico, Villalar es un pueblo tranquilo donde la historia no es un decorado: está en las conversaciones, en las banderas en los balcones y en cómo se vive cada 23 de abril.
Situado a unos 700 metros de altitud, este pueblo de la campiña castellana tiene el horizonte ancho y la vista larga: campos de cereal hasta donde alcanza la mirada, con viñedos dispersos y algún que otro pinar rompiendo la línea. La luz de la meseta envuelve sus construcciones tradicionales de adobe y ladrillo, y el silencio solo se ve interrumpido por el campaneo de su iglesia o el tractor de turno en plena faena. Es un destino para quienes quieren entender un trozo de la historia de Castilla y, a la vez, probar lo que es un pueblo pequeño de verdad, sin artificios y sin demasiadas concesiones al visitante ocasional.
La proximidad a Valladolid (a unos 40 kilómetros) convierte a Villalar en una escapada cómoda de medio día o de día completo, sobre todo si se combina con otros pueblos cercanos. Aquí, cada 23 de abril, el pueblo cambia de escala: donde el resto del año hay calma, ese día hay carpas, música, discursos, banderas moradas y mucha gente que viene a celebrar el Día de la Comunidad Autónoma.
Qué ver en Villalar de los Comuneros
El elemento más reconocible de Villalar es el Monumento a los Comuneros, una escultura que rinde homenaje a Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, los tres líderes comuneros ejecutados tras la derrota en la batalla de 1521. Es un lugar de memoria política e histórica, y el escenario de buena parte de los actos del 23 de abril. El resto del año, la plaza que lo rodea respira una calma que contrasta bastante con lo que se ve en las fotos de la fiesta. Un día cualquiera, te cruzas más con vecinos que van a por el pan que con turistas.
La Iglesia de San Juan Bautista preside la plaza mayor del pueblo. Este templo, aunque reformado en distintas épocas, conserva elementos que remiten a siglos de historia religiosa en la comarca. Su torre campanario es la referencia visual al acercarse al municipio por cualquiera de sus accesos y, en la práctica, el punto que usarás para orientarte porque el casco es sencillo y sin grandes complicaciones.
En el entorno de Villalar merece la pena recorrer los caminos rurales que atraviesan los campos de cultivo. No son senderos de montaña ni rutas diseñadas para turistas: son caminos agrícolas de toda la vida, por donde pasan tractores y se ven liebres, avutardas si hay suerte y, en primavera, los campos verdes antes de la siega. Al atardecer, cuando la luz baja, las fotos salen mejor que a mediodía, cuando el sol cae a plomo y el paisaje se aplana. Conviene llevar calzado cerrado: si ha llovido, el barro arcilloso de la zona se pega bien a las suelas.
El campo de batalla donde se enfrentaron las tropas comuneras y las imperiales se encuentra en las inmediaciones del pueblo. Aunque no existe una señalización precisa del lugar exacto [VERIFICAR], pasear por estos parajes ayuda a imaginar aquel 23 de abril de 1521. Aquí no hay recreaciones ni espectáculos: solo tierra de labor y viento, y un contexto histórico que conviene llevar leído de casa para sacarle jugo. Si vas sin saber qué pasó, te parecerá “otro campo más”.
Qué hacer
Villalar invita principalmente a la reflexión histórica y al paseo tranquilo. Los caminos agrícolas que rodean el municipio se pueden recorrer a pie o en bicicleta, siempre con sentido común: son vías de trabajo, así que hay que dejar paso a los vehículos agrícolas y respetar los cultivos. No es la típica ruta señalizada con paneles cada dos por tres: aquí manda el calendario del campo.
La gastronomía local sigue la línea de la Tierra del Vino y del campo castellano: platos contundentes, pensados para inviernos fríos y jornadas largas. Asados castellanos, lechazo y sopas de ajo son habituales en los menús de la zona. Los vinos, aunque no tengan una denominación propia ligada a Villalar, se mueven entre elaboraciones de la comarca y referencias cercanas con denominación de origen. Si vas fuera de fiestas y en horario raro, no des por hecho que vas a encontrar siempre cocina abierta: en pueblos así, los ritmos son otros.
Para quienes se acerquen con interés histórico, recorrer el pueblo fijándose en su urbanismo tradicional ayuda a entender cómo ha sido la vida en estas tierras: casas de adobe, tapial y ladrillo, corrales amplios, calles sencillas sin grandes concesiones al turismo. No es un parque temático, es un pueblo que sigue su ritmo, con viviendas arregladas junto a otras más humildes o cerradas, como en tantos municipios de la meseta.
Desde Villalar se pueden organizar rutas por otros pueblos de la Tierra del Vino, visitando bodegas tradicionales y conociendo el patrimonio mudéjar y románico de la provincia vallisoletana. Villalar funciona bien como parada dentro de una ruta más amplia por la zona, más que como destino único de varios días. Lo razonable es encajarlo en una mañana o una tarde y combinarlo con otros pueblos o con una bodega.
Fiestas y tradiciones
El 23 de abril marca el calendario festivo más importante de Villalar. El Día de Castilla y León transforma completamente el pueblo, que recibe a miles de visitantes para los actos institucionales, culturales y reivindicativos que conmemoran la batalla de las Comunidades. Es una jornada muy politizada para algunos, muy festiva para otros, y bastante masiva para la escala del lugar, con lo que eso implica: colas, ruido, ambiente y dificultad para aparcar cerca. Si vas ese día, asume que el pueblo “normal” casi no se ve: lo que verás es la fiesta.
Las fiestas patronales se celebran en honor a San Juan Bautista a finales de junio, con los elementos típicos de las celebraciones rurales castellanas: verbenas, procesiones, juegos populares y comidas comunitarias. Son fiestas más de pueblo, pensadas para la gente de allí y de los alrededores, con un ambiente mucho más cercano que el de abril.
En septiembre, como en muchos pueblos de la zona, se celebran las fiestas de la vendimia, un momento en el que se recuerda la tradición vitivinícola de la comarca y el trabajo ligado a la uva y al vino. Aquí la clave no es tanto el espectáculo como esa mezcla de final de verano y comienzo de las labores de otoño.
Cuándo visitar Villalar de los Comuneros
La primavera y el otoño son, por clima, las mejores épocas para visitar Villalar. En primavera, el campo está verde y el pueblo tiene algo más de movimiento; en otoño, la luz y los tonos de la Tierra del Vino hacen el paisaje más agradecido y los paseos se llevan mejor.
En invierno, el frío de la meseta se nota: días cortos, viento y esa sensación de intemperie tan castellana. En julio y agosto, el calor puede ser intenso a las horas centrales del día y el secano se hace más duro, aunque las puestas de sol siguen mereciendo la pena si aguantas hasta última hora.
El 23 de abril es otra historia: si lo que se busca es ver el pueblo tal y como es el resto del año, mejor evitar esa fecha; si lo que interesa es el componente histórico y reivindicativo, entonces es el día clave… pero hay que venir mentalizado de que todo está más lleno, los tiempos se alargan y la logística (parking, comidas) se complica. No es un mal plan, pero no tiene nada que ver con una visita tranquila de fin de semana.
Lo que no te cuentan
Villalar es pequeño y se ve rápido. El casco urbano se recorre con calma en una hora larga, dos si te entretienes con fotos, lectura de paneles y paseo por los alrededores. No esperes un catálogo interminable de monumentos ni una agenda constante de actividades: aquí el interés está en la carga simbólica del lugar, en el paisaje y en el ambiente de pueblo castellano.
Las fotos de los actos del 23 de abril dan a veces una imagen engañosa: parece un gran destino festivo todo el año y no es el caso. El resto de los días, Villalar es un sitio tranquilo, casi silencioso, que encaja mejor como parada reflexiva en una ruta por la provincia que como viaje largo por sí solo.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Paseo por la plaza y el Monumento a los Comuneros.
- Entrada (si está abierta) y vuelta alrededor de la Iglesia de San Juan Bautista.
- Pequeño rodeo por alguna calle secundaria para ver las casas de adobe y el tejido urbano sin prisas.
Si tienes el día entero
- Mañana en el pueblo: monumento, iglesia y paseo pausado por las calles.
- Comida en la zona (en Villalar o en algún pueblo cercano).
- Tarde de caminos rurales: paseo a pie o en bici por los alrededores, buscando atardecer y horizontes de cereal.
Errores típicos al visitar Villalar
- Venir esperando un parque temático histórico. No hay recreaciones diarias ni museos interactivos. Aquí todo es bastante sobrio.
- Ir sin contexto. Llegar sin haber leído nada sobre las Comunidades de Castilla resta mucho al lugar: al final ves un monumento y unos campos y poco más.
- Elegir mal el día. Ir el 23 de abril buscando calma o ir un día cualquiera esperando el ambiente del 23 es la forma más rápida de salir decepcionado.