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sobre Villalazán
Pueblo ribereño del Duero con yacimientos arqueológicos romanos (Castellum); zona fértil de regadío
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El turismo en Villalazán es un poco como cuando paras en un bar de carretera que no tenías previsto. No ibas buscando nada en particular, pero acabas quedándote más rato del que pensabas. Este pequeño pueblo de la Tierra del Vino, en la provincia de Zamora, funciona un poco así: discreto, tranquilo y muy pegado a la vida del campo.
Aquí viven poco más de doscientas personas y se nota. Las calles son cortas, las casas bajas y el ritmo tiene más que ver con la luz del día que con cualquier reloj. No hay grandes monumentos ni sitios preparados para hacer cola con el móvil en la mano. Lo interesante está en los detalles: las fachadas de adobe, los corrales, las bodegas excavadas en la tierra y esa sensación de pueblo que sigue funcionando como pueblo.
La iglesia de San Miguel y el centro de todo
Cuando entras en Villalazán acabas orientándote rápido porque la iglesia de San Miguel marca bastante el centro del casco urbano. No es de esas iglesias que impresionan por tamaño o decoración. Más bien parece el resultado de muchas etapas distintas: reformas, arreglos y añadidos que se han ido haciendo según tocaba.
El campanario sigue siendo la referencia del pueblo. Si preguntas por una calle o una casa, lo normal es que alguien te diga algo como “está detrás de la iglesia” o “bajando desde la torre”. Esa forma de orientarse dice bastante de cómo se organiza la vida aquí.
Bajo tierra está otra de las claves del pueblo: las bodegas. En esta parte de Zamora es bastante común encontrar galerías excavadas donde se ha guardado vino durante generaciones. Muchas siguen siendo privadas y no funcionan como visitas organizadas. Aun así, basta pasear por el pueblo para ver las chimeneas de ventilación asomando entre las casas o en las afueras. Son como pequeñas pistas de lo que hay debajo.
Calles de adobe y un paisaje muy de Tierra del Vino
Pasear por Villalazán no lleva mucho tiempo. En media hora lo has recorrido casi entero, incluso parándote a mirar con calma. El trazado es compacto, con calles sencillas que se cruzan alrededor de la iglesia y de la plaza.
Las casas mezclan rehabilitaciones recientes con otras que muestran más el paso del tiempo. Muros encalados, puertas de madera grandes, patios interiores… ese tipo de arquitectura que en los pueblos de la meseta no se pensaba para salir en fotos, sino para proteger del frío en invierno y del calor en verano.
Al salir del núcleo urbano aparece enseguida el paisaje típico de la comarca: lomas suaves, campos de cereal y viñedos bastante repartidos. No es un paisaje espectacular en el sentido de montaña o acantilado. Es más bien ese horizonte ancho de la meseta donde puedes ver kilómetros de campo y el cielo ocupa media escena.
Si subes a cualquier pequeña elevación de los alrededores se entiende bien la escala del lugar: el pueblo, los caminos agrícolas y, alrededor, parcelas que cambian de color según la época del año.
Caminar por los alrededores (sin complicarse)
Una de las cosas que mejor funcionan aquí es simplemente salir a andar por los caminos rurales. Hay muchas pistas agrícolas que conectan Villalazán con pueblos cercanos de la comarca. No esperes señalización de rutas ni paneles explicativos; esto es más de preguntar a algún vecino o mirar el camino y tirar.
Son trayectos fáciles, entre viñedos y campos de cereal, donde lo más habitual es cruzarte con algún tractor o con gente trabajando la tierra. En primavera el campo se pone bastante verde y en otoño todo gira hacia tonos más amarillos y ocres, justo cuando la vendimia empieza a mover más actividad por la zona.
En cuanto a la comida, el estilo es el que manda en buena parte de Zamora: platos contundentes y recetas de toda la vida. Cordero, embutidos, sopas de ajo, legumbres bien guisadas… más cocina de casa que carta pensada para turistas.
Villalazán, más que un destino al que venir expresamente desde lejos, funciona bien como parada tranquila dentro de la Tierra del Vino. Un paseo por el pueblo, una vuelta por los caminos y esa sensación de haber visto un lugar donde la vida sigue bastante pegada a lo de siempre. A veces eso es justo lo que apetece encontrar.