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sobre Valdeprado
Aldea casi despoblada en el norte de la provincia
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A primera hora, cuando todavía no pasa nadie por la carretera comarcal, Valdeprado queda envuelto en un silencio espeso. El aire suele oler a tierra húmeda y a leña vieja si es invierno. Desde el borde del pueblo se ve la silueta de la iglesia de San Pedro, de piedra oscura, con la espadaña recortándose contra un cielo casi siempre cambiante en estas Tierras Altas.
Valdeprado es uno de esos núcleos diminutos de la comarca soriana de Tierras Altas donde la despoblación se ve sin necesidad de estadísticas. Quedan muy pocos vecinos estables —apenas una decena y a veces menos en los meses fríos— y muchas casas pasan gran parte del año cerradas. Las fachadas mantienen la construcción tradicional: muros gruesos de piedra, puertas de madera envejecida, tejados rojizos que en invierno acumulan escarcha en las primeras horas del día.
Caminar por sus calles lleva poco tiempo. No son muchas, y en algunas la hierba asoma entre las piedras. Aun así, el conjunto conserva esa lógica de los pueblos agrícolas: corrales, pajares reconvertidos en almacenes y patios donde todavía quedan aperos apoyados contra la pared.
La iglesia y las construcciones de piedra
La iglesia de San Pedro queda algo separada de algunas casas, como ocurre en bastantes pueblos de la zona. Es un edificio sencillo, probablemente levantado entre los siglos XVI y XVII, con una espadaña pequeña donde cuelgan las campanas. La puerta suele estar cerrada y el interior no siempre se puede visitar, pero por fuera se aprecian bien los sillares gastados por el viento y los inviernos largos de esta parte de Soria.
En los alrededores todavía se ven antiguos corrales y pequeñas construcciones de piedra seca. Algunas están medio derruidas, otras siguen en pie a pesar de los años. Si te fijas en los muros, se nota el trabajo manual en cada piedra encajada sin apenas mortero.
Campos abiertos y horizontes largos
El paisaje alrededor de Valdeprado es amplio y muy abierto. Campos de cereal que cambian de color según la estación, caminos de tierra que dibujan líneas rectas hasta perderse en el horizonte y alguna encina dispersa rompiendo la uniformidad del terreno.
En primavera el verde es intenso y el viento mueve las espigas jóvenes como una superficie ondulada. En verano el tono se vuelve ocre y el suelo desprende ese olor seco de la paja recién segada. Las rapaces suelen aprovechar las corrientes de aire de estas lomas suaves; con algo de paciencia se pueden ver cernícalos o milanos planeando alto.
Caminar por los caminos agrícolas
No hay rutas señalizadas como tal, pero sí una red de caminos agrícolas que salen del propio pueblo. Son pistas de tierra fáciles de seguir, utilizadas por los agricultores y por quienes se mueven entre pueblos cercanos.
Para caminar funcionan bien porque el terreno es bastante suave, aunque el viento aquí puede ser constante. Conviene llevar agua y algo de comida: en Valdeprado no hay tiendas ni bares, y lo más normal es no cruzarse con nadie durante el paseo.
Si vas en coche, lo más práctico es aparcar en la entrada del pueblo y seguir a pie. El tráfico es mínimo, pero las calles son estrechas y el firme irregular en algunos tramos.
Cuándo acercarse
La primavera y el comienzo del otoño suelen ser los momentos más agradecidos para conocer Valdeprado. El paisaje tiene más matices y las temperaturas son suaves. El invierno, en cambio, puede ser duro: heladas frecuentes, viento frío y días muy cortos.
En agosto a veces vuelve algo de movimiento. Algunos antiguos vecinos regresan durante las fiestas patronales o para pasar unos días en las casas familiares. El resto del año el ritmo es otro: lento, callado, con la sensación de que el tiempo pasa de manera distinta.
Antes de ir
Conviene tener claro qué es Valdeprado hoy: un pueblo muy pequeño y sin servicios. No hay alojamientos ni comercios abiertos de forma habitual, así que lo normal es dormir o comer en localidades algo mayores de la comarca y acercarse aquí para pasear un rato y ver el entorno.
Si llegas con calma —sin esperar actividades ni monumentos espectaculares— el lugar se entiende mejor: piedra vieja, campos abiertos y un silencio que en muchas partes de España ya casi no existe.