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sobre Villar del Río
Centro de la ruta de las icnitas con aula paleontológica
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En lo alto de las Tierras Altas sorianas, a más de mil metros de altitud, Villar del Río es uno de esos pueblos castellanos donde la vida va a otro ritmo. Con unos 155 habitantes, este pequeño municipio conserva bastante bien la esencia de la vida rural de la meseta, donde el silencio solo se rompe con el viento que baja de las sierras cercanas y el repique de las campanas de la iglesia.
Situado en una comarca de horizontes amplios y clima continental marcado, Villar del Río forma parte de esa España interior que invita a desacelerar de verdad. Aquí no hay bullicio turístico ni “planes organizados” cada cinco minutos, pero sí la posibilidad de asomarse a un territorio donde la arquitectura tradicional de piedra y adobe se mezcla con un paisaje de páramos y encinares que pide caminar despacio y mirar lejos… y aceptar que igual no pasa “nada”, que es precisamente la gracia.
El pueblo es también conocido por ser escenario de la célebre película "Bienvenido, Mr. Marshall" (1953), que retrató con ironía y ternura la vida de estos pueblos rurales en la posguerra española, convirtiendo a Villar del Río en un símbolo cinematográfico de la llamada España profunda. Si eres de fijarte en detalles, ver la peli antes de venir ayuda a mirar el pueblo con otros ojos.
¿Qué ver en Villar del Río?
El patrimonio de Villar del Río es el propio de las localidades castellanas de la Meseta Norte, modesto pero reconocible para quien conozca algo la zona. La iglesia parroquial preside el conjunto urbano, un templo de origen medieval con reformas posteriores que ha sido testigo de los siglos de vida del pueblo. Su torre se recorta contra el cielo soriano y sirve de referencia visual desde los caminos de acceso, sobre todo al regresar de un paseo por los alrededores.
Pasear por sus calles, en parte empedradas y en parte más humildes, permite fijarse en la arquitectura popular característica de las Tierras Altas: casas de piedra con portones de madera, balconadas de hierro forjado y fachadas austeras que cuentan más de lo que parece sobre el clima y la forma de vida. Verás también casas arregladas junto a otras cerradas o medio en ruinas; es la realidad de muchos pueblos pequeños hoy. Muchas viviendas conservan elementos tradicionales como palomares y corrales que recuerdan una economía agrícola y ganadera que aquí no es “folclore”, sino memoria reciente.
El entorno natural abre panorámicas hacia los páramos circundantes, un paisaje de llanuras elevadas y vegetación de matorral mediterráneo donde predominan las encinas dispersas. Los amaneceres y atardeceres en estas tierras altas tienen una luz muy limpia, sobre todo cuando se forman tormentas en el horizonte y el cielo se parte en dos colores. Si vienes con la cámara, aquí mandan más los cielos que los “monumentos”.
A pocos kilómetros, quienes tengan interés por el patrimonio pueden completar la visita acercándose a otros pueblos de la comarca con buenos ejemplos de arquitectura románica y tradición medieval, más pensados para dedicarles parte del día que para ver “de pasada”.
Qué hacer
La actividad más lógica en Villar del Río es el senderismo y las rutas a pie por los caminos rurales que conectan el pueblo con las fincas agropecuarias y los montes cercanos. No hace falta ser montañero experto: son pistas y caminos de uso tradicional, pero conviene llevar buen calzado y no confiarse con las distancias; el paisaje engaña y lo que parece “un paseo rápido” se alarga fácilmente porque todo está más abierto y las referencias fallan. En el campo es fácil ver fauna típica de la meseta castellana: aves rapaces, perdices, liebres y, con algo de suerte y silencio, algún corzo.
La micología cobra protagonismo en otoño, cuando los pinares y encinares de los alrededores producen diversas especies de setas. Es época de ver a los lugareños y visitantes con sus cestas, aunque aquí no vale improvisar: mejor ir acompañado de alguien que conozca bien las especies o, como mínimo, preguntar a los vecinos por las zonas habituales y las normas de recolección. Y muy importante: respeta los permisos y los límites, que esto no es “campo libre” para coger lo que se quiera.
La gastronomía local sigue las pautas de la cocina soriana: platos contundentes, pensados para el frío y para quien trabaja al aire libre. En las mesas de la comarca son habituales las migas del pastor, las sopas castellanas, la carne de cordero lechal asado y los embutidos artesanales. Los torreznos sorianos son otra de las especialidades a tener en cuenta, junto a quesos de oveja de producción local, que aquí saben distinto porque la materia prima viene del entorno más cercano y porque aún se cocina sin prisas.
Para los interesados en el turismo cinematográfico, recorrer los rincones que sirvieron de escenario a "Bienvenido, Mr. Marshall" añade una capa curiosa a la visita. El pueblo ha cambiado desde los años 50, pero todavía se pueden reconocer ciertos espacios si se ve la película con calma y se pasea después por el casco. No esperes decorados “musealizados”: hay que venir con la peli fresca y algo de imaginación.
Fiestas y tradiciones
Las fiestas patronales se celebran en torno a mediados de agosto, fechas en las que muchos hijos del pueblo que viven fuera regresan para los días de celebración. Son jornadas de convivencia vecinal con verbenas, juegos tradicionales y comidas populares en las que se nota más el reencuentro de la gente del pueblo que el turismo en sí. Si coincides, es más bonito verlo con discreción que plantarse como si fuera un espectáculo.
En otoño, coincidiendo con las labores agrícolas tradicionales, algunas localidades de la comarca mantienen celebraciones ligadas al mundo rural, aunque en los pueblos más pequeños estas tradiciones se van perdiendo con el paso del tiempo y conviene informarse antes de ir para no darse el viaje pensando en algo que quizá ya no se hace.
La Semana Santa, aunque austera, conserva el recogimiento propio de las tierras castellanas, con procesiones que recorren las calles principales del pueblo en un ambiente de silencio y sobriedad que encaja mucho con el carácter de la zona.
Lo que no te cuentan
Villar del Río es pequeño y se recorre rápido. El casco urbano se ve con calma en poco rato, así que conviene plantearlo más como parte de una ruta por las Tierras Altas que como destino único para varios días, salvo que busques expresamente desconectar, leer, pasear algo y poco más. Si llegas esperando un “pueblo-museo” lleno de recursos turísticos, te vas a frustrar; si vienes a ver cómo se vive y lo que queda de esa vida, funciona mejor.
Las fotos del paisaje pueden hacer pensar en un entorno “suave”, pero aquí el clima manda: el viento sopla, en invierno hace frío de verdad y en verano el sol cae a plomo en las horas centrales. No es un pueblo de paseo de tarde con helado en la mano, sino de madrugar, caminar temprano y recogerse cuando el tiempo aprieta. Y ojo con las carreteras secundarias en días de nieve o lluvia fuerte: mejor revisar el parte antes de salir.
Cuándo visitar Villar del Río
La primavera (mayo-junio) y el otoño (septiembre-octubre) suelen ser los mejores momentos para caminar y disfrutar del campo: temperaturas más llevaderas y el paisaje en modo “verde” o en gama de ocres, según la época. En estas fechas también es más fácil cruzarse con gente trabajando en el campo y entender un poco la vida diaria de la zona.
En verano, los días pueden ser calurosos, aunque las noches refrescan bastante gracias a la altitud. Aun así, conviene evitar las horas centrales si vas a hacer rutas a pie y traer gorra, agua y crema como si fueras a la playa, porque el sol aquí no perdona. El invierno es frío y puede nevar; si te atrae esa estampa, el pueblo gana en silencio y sensación de aislamiento, pero hay que venir preparado y revisar el estado de las carreteras.
Si llueve, se puede seguir paseando por el pueblo y los alrededores más cercanos, pero algunas pistas se embarran con facilidad y no es el mejor día para alejarse demasiado a pie ni para meter el coche en caminos de tierra.
Errores típicos al visitar Villar del Río
- Venir con expectativas de “muchas cosas que ver” en el propio pueblo. El casco es pequeño; el interés está en el conjunto: el silencio, el paisaje abierto, los pueblos de alrededor y, para quien le guste, el guiño cinematográfico.
- Pensar que cualquier camino es apto para el coche. Algunas pistas rurales se ponen feas con lluvia o nieve y no están pensadas para turismos bajos. Mejor dejar el coche en el pueblo y seguir a pie.
- Subestimar el clima de las Tierras Altas. Aquí el frío es serio y el sol de verano también. Ropa adecuada, agua y algo de abrigo incluso en noches de agosto.