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sobre Villar del Río
Centro de la ruta de las icnitas con aula paleontológica
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En el norte de Soria, donde la provincia se estrecha hacia La Rioja, Villar del Río se asienta a unos 1.050 metros sobre el nivel del mar. Pertenece a la comarca de Tierras Altas, un territorio definido por la despoblación, las parameras abiertas y los inviernos rigurosos. Unas 155 personas viven aquí, en un caserío que aún refleja la lógica de los pueblos ganaderos: construcciones de mampostería agrupadas, corrales adosados y calles estrechas, trazadas más para el paso de ovejas que para vehículos.
Su nombre alcanzó notoriedad por una casualidad cinematográfica. En Bienvenido, Mr. Marshall (1953), Luis García Berlanga llamó Villar del Río al pueblo ficticio de la película. El rodaje no tuvo lugar aquí, pero el vínculo con la historia del cine español quedó establecido, una anécdota que el municipio ha asumido con los años.
La iglesia y la estructura del pueblo
El edificio más notable es la iglesia parroquial de San Pedro. Su origen parece remontarse a la época medieval, aunque su fisonomía actual es el resultado de reformas sucesivas, un proceso común en los templos rurales de la zona. La torre, sobria y de volúmenes cuadrados, funciona como un hito visible desde los caminos de acceso.
El caserío se organiza en torno a la iglesia y la plaza. Muchas viviendas conservan los grandes portones de madera que daban paso a los corrales interiores, un recordatorio de la economía agroganadera que sostuvo el pueblo. En las fachadas pueden verse aún rejas de forja y muros levantados con la piedra caliza del entorno.
En los límites del núcleo urbano se distinguen varios palomares y construcciones auxiliares, elementos propios de la autosuficiencia doméstica tradicional. Su estado es variable, pero su presencia ayuda a leer el paisaje humano de cuando la población era más numerosa.
El páramo soriano
El entorno inmediato es el de la paramera: extensiones amplias y despejadas, salpicadas de sabinas albares y monte bajo. No es un paisaje de postales alpinas, sino uno austero y representativo del interior castellano.
Desde el pueblo parten varios caminos y vías pecuarias que invitan a paseos sin grandes desniveles. Conducen entre campos de labor, lomas suaves y manchas de bosque. En esta altiplanicie, las distancias suelen ser engañosas; un punto que parece cercano puede requerir un paseo más largo del previsto.
Es un terreno propicio para la observación de aves: rapaces como el ratonero común o el cernícalo aprovechan las corrientes térmicas, y es frecuente ver perdices o liebres entre los matorrales.
Tierras Altas: contexto comarcal
Villar del Río puede servir como base para explorar la comarca. A poca distancia se encuentran Yanguas o San Pedro Manrique, localidades que conservan restos de castillos e iglesias románicas. Su arquitectura habla de la importancia estratégica que tuvo esta zona en la Baja Edad Media, cuando controlaba rutas trashumantes y el paso entre los reinos de Castilla y Navarra.
La esencia de Tierras Altas se capta visitando varios de sus pueblos pequeños. Cada uno, con su iglesia, su plaza mayor y su relación particular con el territorio, compone un mosaico de la vida en estas tierras altas.
Recorrer Villar del Río
Una visita al pueblo no requiere mucho tiempo. Lo que interesa es observar con atención: la compacta disposición de las casas, la integración de los corrales en la trama urbana, los caminos que se pierden en el páramo. Son detalles que explican cómo ha perdurado durante siglos un modo de vida condicionado por el clima y los recursos de un territorio exigente.