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sobre Lomoviejo
Municipio del sur de la provincia; destaca por su iglesia parroquial y la arquitectura tradicional de ladrillo
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A primera hora, cuando todavía queda humedad en la tierra y el sol empieza a levantar la niebla baja de la meseta, el ruido que más se oye en Lomoviejo es el de un tractor arrancando en alguna nave cercana. La plaza no es exactamente una plaza: más bien un ensanchamiento entre casas de adobe y ladrillo, con fachadas bajas y ventanas pequeñas. En Lomoviejo, dentro de las Tierras de Medina, el campo se cuela en todo: en el polvo de las calles, en el olor a paja cuando llega la cosecha, en ese silencio que solo se rompe cuando pasa un remolque cargado.
El pueblo ronda los ciento cincuenta vecinos y se mueve al ritmo de la agricultura. Alrededor se extiende una llanura abierta donde el cereal manda. En julio todo se vuelve amarillo y cruje bajo el sol; en invierno, la escarcha deja los rastrojos blancos a primera hora de la mañana. No hay grandes edificios ni conjuntos monumentales. Lo que queda es otra cosa: casas de tapial con las esquinas redondeadas por el tiempo, muros reparados con ladrillo más reciente, portones de madera que han visto muchas campañas de siega.
La iglesia de la Asunción y otros signos del pasado
La iglesia parroquial de la Asunción se levanta cerca del centro, con una espadaña sencilla donde cuelga la campana. Desde fuera parece más grande de lo que luego es por dentro. La piedra clara de la fachada refleja bastante la luz del mediodía, y en verano el suelo alrededor se calienta rápido.
Sigue siendo el lugar donde se reúnen los vecinos en celebraciones religiosas o fiestas del calendario local, que suelen concentrarse en los meses de verano, cuando regresan quienes tienen familia aquí pero viven fuera el resto del año.
A pocos pasos aparecen calles estrechas —la Calle Mayor, algún callejón que baja hacia antiguas zonas de huertos— donde aún se ven muros de adobe original. Muchos llevan zócalos de piedra para protegerlos de la humedad. Si te fijas en las puertas, algunas conservan herrajes viejos y aldabas gastadas por décadas de uso.
Palomares y construcciones del campo
En los alrededores del casco aparecen palomares dispersos entre las parcelas. Algunos siguen en pie con su forma circular o cuadrada y pequeñas aberturas en la parte alta; otros están medio hundidos, con la cubierta caída y las paredes abiertas por la lluvia y el viento.
Durante mucho tiempo estos edificios formaron parte de la economía doméstica. Las palomas servían tanto para consumo como para abono agrícola. Hoy muchos quedan como piezas aisladas en mitad de los campos, visibles desde los caminos de tierra.
Las casas del pueblo también hablan de esa vida ligada al campo: muros gruesos que aíslan del frío de la meseta, tejados de teja curva y patios interiores donde antes se guardaban aperos o se criaban animales pequeños. Algunas viviendas se han rehabilitado en los últimos años; otras siguen tal cual, con la madera oscurecida y las vigas a la vista.
El paisaje alrededor del pueblo
El horizonte aquí es largo. Apenas hay árboles y el cielo ocupa media escena. Según la estación, el paisaje cambia mucho: verde tierno en primavera, amarillo casi blanco en pleno verano, tonos pardos cuando los campos quedan segados.
Después de una lluvia corta —algo que no ocurre tan a menudo— la tierra desprende ese olor fuerte a barro húmedo que se queda un rato en el aire. En invierno el viento sopla con bastante fuerza; conviene venir abrigado si vas a caminar por los caminos abiertos.
Entre los cultivos es relativamente fácil ver aves de campo. Calandrias, aguiluchos o bandos de avutardas aparecen a cierta distancia si uno se detiene un rato y mira el terreno con calma. No hay miradores ni infraestructuras para observar fauna: aquí todo depende de la paciencia.
Caminos agrícolas y la vieja cañada
Varios caminos de tierra salen del pueblo en distintas direcciones y conectan con otras localidades de la comarca. Algunos siguen trazados antiguos utilizados durante siglos por ganado trashumante, ligados a la Cañada Real Leonesa Occidental que atraviesa esta parte de Valladolid.
No hay señalización específica para senderismo. Lo habitual es caminar o ir en bici por pistas agrícolas que usan los vecinos para acceder a las parcelas. Durante la época de cosecha conviene estar atento: pasan tractores y camiones con frecuencia, y levantan bastante polvo cuando el suelo está seco.
Aun así, caminar por estos caminos tiene algo hipnótico. La monotonía del terreno se rompe con detalles pequeños: un pajar medio derruido, un olivo solitario junto a una linde, herramientas olvidadas cerca de una acequia.
Comer y comprar algo
Lomoviejo es un pueblo pequeño y los servicios son muy limitados. No siempre encontrarás tiendas abiertas ni lugares donde comer. Lo habitual es desplazarse a municipios cercanos de la comarca, donde sí hay más movimiento.
Aun así, en muchas casas sigue presente la despensa tradicional de la zona: legumbres, queso de oveja, pan contundente que aguanta varios días. Son productos ligados a la vida cotidiana más que al visitante.
Caminar sin más
Quizá lo más interesante de Lomoviejo no sea un lugar concreto sino el ritmo. Caminar por una calle de tierra mientras se oye una radio desde una ventana abierta. Pararse junto a un muro de adobe caliente al sol. Escuchar cómo el viento mueve los rastrojos en un campo recién segado.
No hace falta mucho más. Aquí el paisaje no compite por llamar la atención: simplemente está. Y si uno llega sin prisa, termina encontrando su propio paso dentro de esa calma seca de la meseta vallisoletana.