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sobre Pozal de Gallinas
Pueblo cercano a Medina del Campo; destaca por su iglesia mudéjar y el ambiente festivo
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A las nueve de la mañana, en la plaza, el aire suele oler a tierra húmeda y a pan reciente. La luz entra todavía baja entre las casas y marca el gris apagado del adobe, el brillo algo irregular de las losas. En Pozal de Gallinas, en plena comarca de Tierras de Medina, el día empieza sin prisa. Se oyen puertas de garaje, alguna conversación corta en la calle y, de fondo, el ruido de un tractor que arranca.
El pueblo se asienta en una llanura amplia, de esas donde el horizonte parece moverse muy despacio. Alrededor todo son campos de cereal y parcelas abiertas. Viven aquí algo más de quinientas personas y eso se nota en la escala: calles cortas, corrales que todavía se usan, vecinos que se saludan desde una acera a otra. También hay casas cerradas buena parte del año y fachadas que empiezan a acusar el paso del tiempo, algo común en muchos pueblos de esta parte de Valladolid.
La iglesia de San Miguel, en la calle Mayor
La iglesia de San Miguel Arcángel aparece casi de repente al avanzar por la calle Mayor. La piedra de la fachada tiene un tono claro que cambia bastante con la hora del día. A media tarde se vuelve más cálida y la torre proyecta una sombra larga sobre las casas cercanas.
El edificio tiene origen antiguo y ha pasado por varias reformas. Dentro suele haber un retablo barroco y bancos de madera que muestran años de uso. No siempre está abierta; en pueblos pequeños lo habitual es encontrarla cerrada salvo durante actos religiosos o momentos concretos, así que conviene preguntar en el ayuntamiento o a algún vecino si se quiere entrar.
Bodegas, palomares y fachadas de adobe
Pasear por Pozal de Gallinas tiene más que ver con fijarse en pequeños detalles que con seguir un recorrido marcado. Muchas casas esconden bodegas excavadas bajo tierra, espacios frescos donde antiguamente se guardaba el vino o alimentos. Algunas siguen en uso y otras permanecen cerradas por seguridad.
En las parcelas de alrededor aparecen también palomares tradicionales, esas construcciones circulares o cuadradas hechas de adobe y ladrillo que forman parte del paisaje de Tierra de Campos y de las comarcas cercanas. Algunos se mantienen en pie con dignidad; otros están medio vencidos por el viento y los años.
Las fachadas del pueblo mezclan adobe, ladrillo y revocos sencillos. Si te acercas a ciertos patios aún se ven aperos antiguos apoyados contra la pared, ruedas de carro o herramientas que ya casi no se usan.
El paisaje alrededor del pueblo
Aquí el paisaje cambia mucho según la estación. En primavera los campos se vuelven de un verde limpio que dura poco; con el calor empiezan a amarillear hasta quedar en ese tono dorado típico del cereal maduro. El otoño trae colores más apagados y en invierno las heladas de la mañana dejan la tierra blanquecina durante horas.
Al amanecer y al final del día la luz se vuelve muy horizontal y todo parece más grande: los caminos, las lomas suaves, incluso los silos o las naves agrícolas que se ven a lo lejos.
El silencio suele ser real. A veces lo rompe una corneja, el ladrido de un perro o el paso de un coche por la carretera cercana. Con prismáticos es fácil ver rapaces sobrevolando los campos o pequeñas aves que se mueven entre rastrojos y lindes.
Caminos llanos entre campos
De Pozal salen varios caminos agrícolas que conectan con otros pueblos de la zona. No todos están señalizados, pero son fáciles de seguir porque el terreno es muy abierto. Llevar un mapa en el móvil o una aplicación básica ayuda a orientarse.
Caminar por aquí significa aceptar la monotonía del paisaje: largas rectas, parcelas que parecen repetirse y muy poca sombra en verano. En julio y agosto conviene salir temprano o esperar a la tarde.
Las carreteras secundarias también las usan algunos ciclistas. El tráfico suele ser escaso, aunque el viento —muy presente en esta parte de la meseta— puede convertir un tramo aparentemente sencillo en algo más exigente.
Un pueblo tranquilo de la Tierra de Medina
Pozal de Gallinas mantiene ese carácter sobrio que se repite en muchos pueblos del interior castellano. No hay grandes miradores ni rutas señalizadas con paneles. Lo que hay es otra cosa: calles tranquilas, campos abiertos y una forma de vida todavía ligada al ritmo agrícola.
Quien llegue con tiempo y sin prisa probablemente acabe sentado un rato en la plaza o caminando por las afueras mientras cae la tarde. Aquí las horas pasan de otra manera, más despacio, y el paisaje ayuda a notarlo.