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sobre Caballar
Famoso por sus fuentes y huertas; lugar de retiro espiritual histórico de San Valentín y Santa Engracia
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A primera hora de la mañana, en la plaza de Caballar, el aire todavía tiene ese frío seco que baja de los pinares. Alguna puerta se abre, se oye un tractor arrancar en la calle de abajo y las sombras de los tejados se estiran sobre el granito. Con apenas unas decenas de vecinos, Caballar —en las Tierras de Segovia— se mueve despacio, con el ritmo de los pueblos donde casi todo ocurre a la vista.
No es un lugar al que se llegue buscando grandes monumentos. Caballar se entiende mejor caminando sin prisa por sus calles cortas, mirando cómo están hechas las casas y cómo se apoyan unas en otras para protegerse del viento que cruza la meseta.
El granito y la iglesia en el centro del pueblo
El edificio que organiza el caserío es la iglesia de la Asunción. Está levantada en piedra, con ese tono gris algo áspero del granito de la zona. El campanario sobresale por encima de los tejados y, cuando el día está limpio, desde los alrededores del templo se adivina hacia el oeste la línea lejana de la sierra.
Las calles cercanas conservan losas de granito bastante gastadas. Algunas muestran hendiduras suaves, como si durante décadas hubieran pasado carros siempre por el mismo sitio. Muchas viviendas se han arreglado en los últimos años, pero todavía quedan portones grandes de madera, antiguos pajares y corrales que recuerdan que aquí la vida ha estado ligada al campo.
Caballar está ligeramente en ladera. En cuanto sales de las últimas casas aparecen campos abiertos y manchas de pinar que rodean el pueblo por varios lados.
Caminos entre pinares y campos de cereal
Los alrededores son sencillos de recorrer. Hay pistas forestales anchas que se internan en los pinares plantados hace décadas para fijar el suelo. Caminar por ellas tiene algo repetitivo y tranquilo: suelo de arena, olor a resina y el crujido de las agujas secas bajo las botas.
Entre los claros se ven parcelas de cereal —trigo o cebada según el año— y, en días despejados, la silueta de la Sierra de Guadarrama en el horizonte.
También salen del pueblo algunos caminos más antiguos, de los que usaba el ganado para moverse entre pastos. No están señalizados de forma uniforme, pero suelen ser fáciles de seguir porque enlazan fincas y pinares.
A primera hora o al caer la tarde no es raro ver corzos cruzando los bordes del bosque. Sobre los campos planean ratoneros y otras rapaces que aprovechan las corrientes de aire de la meseta.
Otoño de setas y paseos tranquilos
Cuando llegan las lluvias de otoño, mucha gente de la zona entra al pinar a buscar níscalos. Bajo los pinos también aparecen boletus algunos años. Conviene ir con cuidado: la recogida de setas requiere conocer bien lo que se corta y en muchas zonas de la provincia existen regulaciones.
Si no tienes experiencia, el paseo por el bosque ya merece la pena por sí solo. El suelo se cubre de hojas húmedas y el olor cambia completamente respecto al verano.
Comer en la zona
En el propio Caballar la vida es muy tranquila y los servicios son limitados, así que lo habitual es acercarse en coche a pueblos cercanos si se quiere comer con calma. En esta parte de Segovia es fácil encontrar platos de cuchara cuando hace frío —sopas castellanas o guisos contundentes— y carnes asadas en horno de leña.
Son comidas pensadas para el clima de la meseta: contundentes, sin demasiadas complicaciones.
Cuándo acercarse
Caballar se disfruta más entre semana o fuera de los momentos festivos, cuando el pueblo vuelve a su silencio habitual. En verano el sol cae fuerte a mediodía y apenas hay sombra en las calles, así que conviene caminar por la mañana o al atardecer.
En invierno el paisaje cambia mucho: heladas, humo saliendo de las chimeneas y un silencio aún más marcado.
Un pueblo pequeño que sigue habitado
Con menos de un centenar de vecinos, Caballar mantiene una escala muy humana. Se ven huertos pegados a las casas, pilas de leña preparadas para el invierno y alguna conversación apoyada en la puerta al caer la tarde.
No hace falta mucho más para entender el lugar: un paseo por el casco del pueblo y otro por el pinar cercano bastan para hacerse una idea de cómo transcurre la vida en esta parte tranquila de las Tierras de Segovia.