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sobre Ituero y Lama
Municipio con urbanizaciones y núcleo tradicional; entorno de encinares cerca de la sierra
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Hay pueblos que parecen pensados para una escapada de domingo. Y luego están otros que dan la sensación de seguir viviendo a su ritmo, aunque tú pases por allí solo un rato. Ituero y Lama, en el extremo occidental de la provincia de Segovia, es más bien de los segundos. Un sitio de los que no intentan impresionarte: casas de piedra, calles tranquilas y ese silencio que aparece en cuanto te alejas dos minutos de la carretera.
Está a algo más de mil metros de altura, en la zona donde la Sierra de Guadarrama empieza a abrirse hacia la meseta. El paisaje mezcla pinares, campos y pequeñas lomas suaves. Nada espectacular en el sentido turístico de la palabra, pero sí muy reconocible si has pasado tiempo por pueblos de Castilla.
Dos núcleos que crecieron uno al lado del otro
El propio nombre del municipio ya da una pista: Ituero y Lama son, en realidad, dos núcleos históricos que con el tiempo han acabado funcionando como un solo pueblo. La distancia entre uno y otro es corta; hoy se pasa de uno a otro casi sin darse cuenta.
El origen del nombre suele relacionarse con iter (camino), lo que encaja bastante bien con la zona: durante siglos esta parte de la sierra fue territorio de paso entre Castilla y la vertiente madrileña. “Lama”, por su parte, suele asociarse a terrenos húmedos o embarrados, algo habitual en áreas donde el agua se queda retenida.
Al pasear por el casco urbano se ven muchas casas de piedra y adobe, construidas para aguantar inviernos largos. No es un pueblo de plazas monumentales ni de calles pensadas para la foto rápida. Es más bien de esos en los que conviene caminar sin rumbo, mirando portones antiguos, muros irregulares o algún corral que todavía se usa.
La iglesia parroquial se lleva gran parte de la atención en la plaza. No es un edificio grandilocuente, pero está bien conservado y sigue siendo uno de los puntos donde se organiza la vida del pueblo.
Cerca aparecen también lavaderos y fuentes. Durante décadas fueron parte del día a día —lavar ropa, llenar cántaros— y aún conservan ese aire práctico, como si siguieran ahí porque todavía tienen sentido.
Caminar por los pinares de alrededor
Uno de los motivos por los que mucha gente se acerca hasta Ituero y Lama es el entorno. Los alrededores están cubiertos en buena parte por pinares de pino silvestre, con zonas de robledal que cambian bastante según la estación.
Cuando el día está claro, caminar por estas pistas forestales es de lo más agradecido: olor a resina, suelo de agujas de pino y bastante silencio. No es raro cruzarse con corzos o escuchar pájaros entre las copas de los árboles.
Hay caminos sencillos que salen desde el propio pueblo y otros algo más largos que se adentran en el monte. La señalización no siempre es evidente, así que conviene llevar un mapa descargado o un track si la idea es caminar un buen rato.
En otoño aparece también la gente que sale a por setas. Níscalos, boletus y otras especies crecen en la zona cuando el año viene húmedo. Aquí la recolección no es algo folclórico: muchos vecinos lo han hecho siempre. Si vas, lo razonable es informarse de la normativa local y moverse con cuidado.
Comida de cuchara y horno
La cocina que se asocia a esta parte de Segovia va en la línea que imaginas: platos contundentes y bastante ligados al campo.
Los asados de cordero o cochinillo siguen apareciendo en reuniones familiares y celebraciones, hechos en horno de leña cuando se puede. En invierno apetecen más las sopas castellanas, las judías de La Granja o guisos que entran bien después de pasar frío fuera.
No es una gastronomía complicada. Es más bien de esas que entiendes en cuanto te sientas a la mesa.
Invierno frío, verano con vida en las calles
El clima aquí se nota. En invierno el frío aprieta y la nieve no es algo extraño algunos años. Cuando pasa eso, los pinares y los caminos de alrededor cambian completamente de aspecto.
En verano ocurre lo contrario: el pueblo gana movimiento. Mucha gente que tiene casa familiar vuelve unos días o unas semanas, y las calles se llenan más de lo habitual.
Las fiestas de agosto suelen concentrar buena parte de ese ambiente, con procesiones, verbenas y comidas populares. No están pensadas como espectáculo para visitantes; funcionan más como un reencuentro anual entre vecinos y familias.
En enero también se mantienen las hogueras de San Antón, cuando se encienden fuegos en el pueblo y la gente se reúne alrededor para charlar mientras cae la noche fría de la sierra.
Un alto tranquilo en Tierras de Segovia
Ituero y Lama no es un lugar al que vengas buscando monumentos famosos ni una agenda llena de cosas que hacer. Es más bien ese tipo de pueblo donde apetece bajar el ritmo: dar un paseo por el monte, escuchar el viento entre los pinos y sentarse un rato en la plaza.
Si te gustan los pueblos que siguen siendo, ante todo, pueblos —con su calma y sus costumbres— aquí lo vas a entender rápido. En una mañana lo recorres entero. Y, curiosamente, eso también forma parte de su gracia.