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sobre Blacos
Pequeña localidad en el cruce de caminos hacia el Burgo de Osma
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Hay pueblos que aparecen en el mapa casi por casualidad. Vas conduciendo por la provincia de Soria, miras el navegador, y piensas: “¿y esto qué será?”. Así llegué yo la primera vez a Blacos. Y eso resume bastante bien el turismo en Blacos: no es un sitio al que llegas por accidente, pero casi.
El pueblo está en la comarca de Tierras del Burgo y ronda la treintena larga de vecinos. A casi mil metros de altitud, con campos abiertos alrededor y ese silencio tan propio del interior soriano. Aquí no hay tráfico ni escaparates. Hay viento, cereal y alguna chimenea cuando aprieta el frío.
El pueblo alrededor de la iglesia
Blacos es pequeño incluso para los estándares de la zona. Las casas se agrupan alrededor de la iglesia de San Millán, que funciona como referencia visual desde casi cualquier punto del pueblo. Piedra, adobe y madera envejecida: el tipo de arquitectura que no busca llamar la atención, sino aguantar inviernos serios.
La iglesia parece levantada en el siglo XVI, aunque el edificio ha pasado por arreglos con el tiempo. Suele estar cerrada fuera de los momentos de culto o de alguna celebración local, algo bastante habitual en pueblos tan pequeños.
Las calles son cortas y algo irregulares. La calle Real articula el núcleo y de ahí salen callejas donde todavía se ven portones grandes, corrales y antiguas dependencias agrícolas. Cuando paseas por aquí te das cuenta de que todo tenía una función clara. Nada sobraba.
Caminar por el páramo
Los alrededores de Blacos son puro paisaje de meseta. Páramo abierto, matorral bajo y parcelas de cereal que cambian de color según la estación.
En primavera el verde manda durante unas semanas. Luego llega el amarillo del grano madurando y el paisaje parece otro. El otoño lo vuelve más ocre y tranquilo. Y en invierno, si cae nieve, todo se queda en silencio.
Salen varios caminos agrícolas desde el pueblo. Algunos conectan con otros núcleos cercanos o con fincas de cultivo. No están pensados como rutas señalizadas; son caminos de trabajo de toda la vida. Si te gusta caminar sin demasiada infraestructura alrededor, aquí tienes kilómetros.
Con un poco de paciencia se ven liebres cruzando los campos y aves rapaces planeando sobre el terreno abierto. A primera hora o al caer la tarde a veces aparece algún ciervo en la distancia.
Detalles que cuentan cómo se vivía aquí
Una de las cosas que más me gusta de pueblos tan pequeños es fijarme en los detalles. En Blacos todavía se ven vigas gruesas apoyadas sobre muros de piedra, puertas de madera trabajadas con bastante cuidado y ventanucos colocados justo donde entra mejor el sol.
También quedan bodegas y antiguas dependencias excavadas o semienterradas. No llaman la atención a primera vista, pero hablan bastante de cómo se organizaba la vida doméstica y agrícola.
Si te gusta la fotografía tranquila —arquitectura popular, muros, texturas— hay material de sobra. Sobre todo a primera hora del día, cuando la luz cae lateral sobre la piedra.
Comer cerca: toca moverse
En Blacos no hay bares ni restaurantes. Es lo normal con una población tan pequeña. Para comer o tomar algo hay que acercarse a localidades mayores de la zona, como El Burgo de Osma, que queda a pocos kilómetros en coche.
Allí la cosa cambia bastante. Es territorio de asados, embutidos curados y cocina castellana de las de mesa larga. Muchos visitantes combinan la visita al pueblo con una comida por esa zona.
Fiestas y el ritmo del pueblo
A lo largo del año el calendario del pueblo sigue girando alrededor de algunas celebraciones tradicionales. Alrededor de San Juan suele juntarse gente de los pueblos cercanos y vecinos que vuelven esos días.
También en verano se celebran las fiestas patronales. No esperes grandes montajes. Aquí la fiesta suele ser más bien reunión, charla larga y mesas compartidas delante de la iglesia o en alguna plaza.
Un pueblo pequeño, sin adornos
Blacos forma parte de ese grupo de pueblos sorianos donde el tiempo parece ir un poco más despacio. No hay museos, centros de interpretación ni rutas preparadas para visitantes.
Pero si te interesa entender cómo son muchos núcleos rurales de esta parte de Castilla y León, pasar por aquí tiene sentido. Es tierra agrícola, casas pensadas para resistir el invierno y un puñado de vecinos que mantienen el lugar en marcha.
A veces el turismo rural también va de eso. De parar el coche, caminar un rato y mirar alrededor sin esperar demasiado espectáculo. Aquí el paisaje hace el resto.