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sobre Calatañazor
Pueblo medieval detenido en el tiempo con arquitectura popular y sabinar milenario
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Hay pueblos que parecen un decorado y otros que simplemente han seguido a lo suyo mientras el tiempo pasaba. Calatañazor es de los segundos. Cuando entras con el coche y aparcas fuera —porque dentro apenas hay espacio— da la sensación de haber llegado a un sitio que decidió no modernizarse demasiado y le ha salido bien.
Está a poco más de una hora de Soria capital, en la comarca de Tierras del Burgo, a algo más de mil metros de altitud. No es grande —de hecho, lo recorres andando en un rato— pero tiene ese tipo de calles que te obligan a bajar el ritmo. Piedras irregulares en el suelo, casas con entramado de madera y adobe rojizo, y ese silencio raro que tienen algunos pueblos pequeños cuando no hay mucha gente.
Pasear por la calle Real, que aquí es medio pueblo
El casco urbano mantiene bastante bien la estructura medieval. No hace falta plano: entras y prácticamente todo gira alrededor de la calle Real, que atraviesa el pueblo de lado a lado.
Las casas son de las que parecen inclinadas unas hacia otras, con balcones de madera y portones oscuros. En algunos puntos el suelo está tan gastado que te imaginas cuánta gente habrá pasado por ahí durante siglos. Y lo bueno es que no da sensación de escenario preparado para turistas. Es más bien como si el pueblo siguiera siendo el mismo y nosotros estuviéramos de paso.
El castillo y la vista del valle
Si tiras hacia la parte alta llegas a las ruinas del castillo. No queda una fortaleza completa —más bien restos— pero subir merece la pena por la perspectiva del entorno. Desde arriba se ve bien el relieve que rodea Calatañazor: campos abiertos, cortados rocosos y ese paisaje seco típico de esta parte de Soria.
A pocos metros está la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, de estilo románico y que suele fecharse en torno al siglo XII. En los canecillos y capiteles todavía se aprecian figuras talladas bastante curiosas. Son de esos detalles que pasan desapercibidos si vas con prisa.
Un sabinar muy cerca del pueblo
A las afueras está el Sabinar de Calatañazor, uno de los espacios naturales más conocidos de la zona. Es un bosque de sabina albar con ejemplares muy viejos —algunos se consideran milenarios— y con formas retorcidas que parecen sacadas de otro paisaje.
Hay senderos señalizados que permiten caminar entre los árboles sin pisar zonas sensibles. No es una caminata exigente, pero conviene ir con calzado cómodo porque el terreno tiene raíces y piedra suelta. Es un lugar bastante silencioso; si vas entre semana es fácil que camines un buen rato sin cruzarte con nadie.
La vega del río Milanos
Otra escapada corta desde el pueblo es bajar hacia la vega del río Milanos. El paisaje cambia bastante: aparecen paredes rocosas rojizas y zonas más húmedas junto al agua.
En verano el río suele bajar tranquilo y hay tramos con sombra donde sentarse un rato. No es un sitio preparado con grandes infraestructuras ni nada parecido; más bien un lugar para caminar un poco, parar y escuchar el agua.
Comer algo contundente y seguir camino
En esta parte de Soria la cocina suele ser directa y sin demasiadas vueltas. Lo normal es encontrar platos de cuchara, cordero o lechazo asado y guisos que piden pan al lado. Comida de las que te dejan listo para una siesta corta o para volver al coche con calma.
¿Cuánto tiempo dedicarle?
Calatañazor es de esos sitios que se ven rápido pero se disfrutan más despacio. El pueblo en sí lo recorres en una hora larga. Si sumas el paseo hasta el castillo y alguna vuelta tranquila por el sabinar, puedes pasar aquí una mañana entera sin problema.
Mi consejo de colega: no vengas con la expectativa de encontrar un montón de cosas que hacer. Ven a caminar un rato, a mirar las casas con calma y a asomarte al paisaje desde lo alto. Si entras en ese ritmo, el pueblo funciona. Si vienes con prisa, en media hora habrás terminado y probablemente no entenderás por qué la gente habla tanto de él.