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sobre Carrascosa de Abajo
Pequeño núcleo en el entorno del río Caracena con arquitectura tradicional
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Situado en las estribaciones de la Sierra de Cabrejas, Carrascosa de Abajo forma parte de las Tierras del Burgo, en el suroeste de la provincia de Soria. Hoy viven aquí alrededor de una veintena de personas —a veces menos—, pero el paisaje que lo rodea sigue hablando de una economía agrícola y ganadera que durante siglos sostuvo a pueblos como este.
A algo más de mil metros de altitud, el núcleo mantiene la arquitectura de piedra habitual en esta parte de la provincia. Las calles son cortas y sencillas, algunas de tierra compactada, otras ya pavimentadas, y discurren entre casas de mampostería con portones anchos y patios donde antes se guardaban aperos o ganado. Alrededor se extienden los carrascales —encinares bajos y resistentes— que dan nombre al lugar y que todavía ocupan buena parte de las lomas cercanas.
Quien llega hasta Carrascosa de Abajo encuentra sobre todo un paisaje poco alterado y un caserío pequeño que se recorre en muy poco tiempo. No es un pueblo pensado para “visitar” en el sentido turístico del término; más bien sirve como punto desde el que entender cómo se organiza el territorio en esta parte de la Sierra de Cabrejas.
Qué ver en Carrascosa de Abajo
La iglesia parroquial es el edificio más visible del pueblo. Es un templo rural sencillo, levantado probablemente en el siglo XVI y reformado más tarde, como ocurrió con muchas iglesias de la zona. La espadaña se reconoce desde cierta distancia cuando uno se acerca por los caminos del páramo, algo que durante siglos ayudaba a orientarse en un territorio bastante abierto.
Más que los edificios concretos, aquí interesa fijarse en el conjunto del caserío. Las viviendas se organizan con corrales, pajares y pequeños establos pegados a las casas o en parcelas contiguas. Esa disposición explica bien cómo funcionaba la vida cotidiana: vivienda, animales y almacenes formando una misma unidad.
El entorno inmediato conserva también señales claras del trabajo agrícola tradicional. Alrededor del pueblo aparecen parcelas delimitadas con piedra seca, corrales dispersos y antiguas construcciones de apoyo al campo. Son elementos modestos, pero ayudan a entender cómo se explotaba este paisaje de secano.
Caminar por los alrededores
Lo más razonable aquí es salir a andar por los caminos rurales. Varias pistas conectan Carrascosa de Abajo con pueblos cercanos y atraviesan carrascales, campos de cereal y pequeñas zonas de pasto. No son rutas señalizadas como tal, sino caminos de uso agrícola que se han utilizado durante generaciones.
Los encinares que rodean el término sirven de refugio para fauna bastante habitual en la comarca: jabalíes, zorros o corzos dejan rastros con facilidad, y en el cielo no es raro ver buitres leonados aprovechando las corrientes de aire que suben desde los valles cercanos. En días despejados, desde las lomas se dominan bien los paisajes abiertos de las Tierras del Burgo.
En otoño, como en muchas zonas de la Sierra de Cabrejas, la recogida de setas forma parte de la rutina de quienes conocen el monte. Conviene informarse antes sobre la normativa y, sobre todo, tener claro qué especies se están recogiendo.
Apuntes prácticos
Carrascosa de Abajo es un núcleo muy pequeño y no cuenta con tiendas ni servicios. Si se piensa pasar un rato caminando por la zona, lo mejor es llegar con agua y algo de comida.
El pueblo se recorre en pocos minutos. Lo interesante está alrededor: los caminos, los encinares y la forma en que el caserío se integra en el paisaje agrícola.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones locales suelen concentrarse en verano, cuando regresan familiares y antiguos vecinos que viven fuera. Tradicionalmente se han vinculado a San Isidro, una devoción bastante extendida en pueblos agrícolas de la zona.
Son días sencillos, organizados en función de la gente que se reúne cada año: actos religiosos, comidas compartidas y encuentros entre quienes aún viven aquí y quienes vuelven solo unos días. En pueblos tan pequeños, esas fechas siguen siendo uno de los momentos en que el lugar recupera, aunque sea por poco tiempo, la vida que tuvo décadas atrás.