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sobre Gormaz
Hogar de la fortaleza califal más grande de Europa con vistas impresionantes
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El viento llega primero. Luego aparece Gormaz, arriba del todo, con la muralla dibujando una línea larga y recta sobre el cerro. A esa hora de media tarde el cielo se pone de un azul seco, sin matices, y las piedras del castillo se vuelven casi blancas. El pueblo, de apenas una decena de casas, queda aplastado bajo la fortaleza, rodeado de lomas peladas y campos de cereal que en julio son un mar amarillo y crujiente. Más abajo, entre una franja de chopos que suenan como papel al arrugarse, pasa el Duero.
Aquí viven dieciocho personas. Las casas son de piedra oscura, con muros gruesos y ventanas pequeñas que guardan bien el frío del invierno. El silencio no es una exageración; es físico. Solo lo rompe, de vez en cuando, el motor lejano de un tractor o el graznido seco de una corneja.
La muralla que vigila el valle
El castillo de Gormaz no es un edificio, es una geografía. Ocupa toda la meseta del cerro con un perímetro que supera el kilómetro, una longitud desproporcionada que se entiende al subir. Se levantó en el siglo X, cuando este valle era la frontera misma. No fue hecho para ser bonito, sino para ser visto desde lejos y verlo todo.
Las piedras no están pulidas. Tienen marcas de cantero, grietas profundas donde anidan los vencejos, líquenes grises y anaranjados pegados a la caliza. El viento del noroeste atraviesa las puertas vacías y silba al colarse por las saeteras. La subida desde el pueblo es corta pero empinada; el sendero está lleno de cantos sueltos que resbalan bajo las suelas.
Las calles a la sombra del cerro
El caserío vive literalmente a la sombra de la fortaleza. Son tres calles, tal vez cuatro, que se recorren en cinco minutos si no te paras. La ermita de San Miguel, en una loma menor, tiene esa tosquedad románica de los siglos XII y XIII: muros desnudos, un ábside semicircular, una puerta sin adornos.
Desde su atrio se ve la mejor perspectiva del cerro completo. La muralla parece interminable, una costura de piedra cosida a la cresta.
No vengas buscando un bar con terraza o una tienda de souvenirs. No los hay. La vida práctica —comprar pan, echar gasolina— se resuelve en San Esteban de Gormaz, a unos veinte minutos en coche.
El río entre los chopos
El Duero pasa muy cerca, aunque desde el pueblo solo se adivina por la línea verde oscura de las choperas. Para llegar hay que bajar por una pista de tierra que huele a tomillo y tierra caliente en verano. El aire cambia al acercarse al agua; se vuelve más pesado, con olor a hoja mojada y a lodo.
Los campos alrededor siguen un ritmo antiguo: el cereal dorado del verano da paso a los viñedos oscuros del otoño. No es un paisaje espectacular; es austero, horizontal. Lo que cambia es la luz: blanca y dura al mediodía, dorada y larga al atardecer, pintando la muralla de un color miel.
Senderos sin nombre
Desde el pueblo salen pistas y veredas que rodean el cerro o se pierden hacia el río. No están señalizadas; son caminos de labranza o rutas hechas por el ganado. El más obvio es el que circunda la base del castillo. Caminando junto a la ladera se aprecia la escala real de la construcción: algunos lienzos tienen quince metros de alto.
Si sopla viento —y suele soplar—, la sensación térmica cae en picado incluso con sol. Lleva siempre una chaqueta, aunque sea agosto.
La hora importa
Las mejores horas son las primeras de la mañana, cuando el sol está bajo y proyecta las sombras largas de la muralla sobre el pueblo, o el final de la tarde. En verano, el cerro acumula calor como un horno; subir al mediodía es una penitencia.
Los sábados y domingos de agosto suele haber algún grupo visitante. Entre semana es probable que no cruces a nadie.
Por la noche, desde lo alto del cerro, el cielo es negro profundo. No hay contaminación lumínica; solo las luces tenues de algún pueblo lejano. Vuelve el mismo sonido de siempre: el viento rozando los cantos rodados de la ladera, ese mismo que llegó antes que todo lo demás.