Artículo completo
sobre San Esteban de Gormaz
Conjunto histórico con dos joyas del románico porticado y bodegas
Ocultar artículo Leer artículo completo
San Esteban de Gormaz es como ese amigo que no presume. Llegas pensando en una parada rápida en la carretera del Duero. Y te encuentras con un pueblo de unos 3.000 habitantes que habla de celtíberos, repoblación cristiana en el 912 y unas Cortes medievales pioneras. El pasado aquí es grande.
Un puente que trabaja a diario
El llamado puente romano sigue en activo. Tiene unos 16 arcos y casi 200 metros. No es una pieza de museo vallada. Por él pasan coches todos los días, como hace siglos.
Al cruzarlo piensas “esto tendrá más remiendos que una chaqueta vieja”. Y algo hay de eso. Lo han reparado muchas veces, sobre todo desde el siglo XVI. Lo que ves hoy es una mezcla de épocas. Desde la barandilla se ven cigüeñas instaladas en lo alto. Llevan tanto tiempo que parecen parte del mobiliario.
Un consejo: aparca nada más cruzar el puente, cerca del Arco de la Villa. Así recorres el casco antiguo andando sin pelearte con la cuesta al volver.
La iglesia de San Miguel y su galería
La iglesia de San Miguel es románica del siglo XI. Es famosa por su galería porticada, algo raro en su momento.
La primera vez que fui entré por donde no era. Le pasa a mucha gente. La entrada lógica está en un lado, pero la galería se abre hacia el norte. Cuando te plantas delante, con las columnas y capiteles alineados, lo entiendes todo.
Dentro hay piedra románica sobria, un retablo barroco posterior y bancos de madera que crujen. Si pillas visita guiada (algunos fines de semana), pregunta por el “mamparo” del coro. Es un panel de madera que separaba a los religiosos durante los oficios.
Un paseo fácil junto al río
Desde San Miguel hasta la ermita de la Virgen del Rivero hay un paseo sencillo. No llega a dos kilómetros siguiendo el Duero.
El camino bordea el río y desde algunos puntos se ve al fondo el castillo de Gormaz. Está en el municipio vecino pero forma parte del paisaje. En días claros la vista es muy abierta, muy de meseta: cielo grande, campos y el río marcando la línea verde.
En primavera hay árboles en flor y el paseo se alarga sin querer. El sol aquí aprieta cuando quiere. Lleva agua siempre; con la altitud y el clima seco, la garganta se seca rápido.
Comer como en casa (de la meseta)
Aquí la comida gira alrededor del asador. Carne roja, horno caliente y platos sencillos.
Un truco local es pedir una chuleta grande para compartir. Acompáñala con queso de oveja, ensalada y patatas hechas con la grasa del asado. No es cocina complicada, pero cuando está bien hecha funciona.
Si es temporada de setas, pregunta qué ha entrado ese día. En esta parte de Soria suelen tener níscalos o rebozuelos. Los preparan simple: sartén, ajo y poco más.
A finales de verano es típico el bollo de San Esteban. Es un dulce con anís y azúcar que aparece en las fiestas y desaparece igual de rápido.
Fiestas para vecinos
Durante el año hay citas que mueven gente. En primavera suele haber una feria agrícola y ganadera. En verano a veces montan un mercado medieval. Llena las calles de puestos hasta tarde. Tiene ambiente nocturno de pueblo. Se mezclan vecinos, curiosos y gente que vuelve en vacaciones. En septiembre celebran la fiesta de la Virgen del Rivero. Hay procesión y comidas al aire libre. No es un evento para turistas. Verás mesas plegables, familias con tortillas y mucha conversación larga.
¿Merece parar?
Te lo digo claro: no vengas para pasar dos días corriendo entre monumentos. En una mañana tranquila ves el puente, la iglesia y das un paseo por el río. Ya está.
Funciona muy bien como alto en el camino del Duero. Comes con calma, te das otra vuelta después y te vas. Te llevas la sensación de haber pisado un pueblo que vive a su ritmo. No uno montado solo para la foto.
Mi recomendación: ven en primavera o septiembre. En pleno verano el calor aprieta mucho. En invierno el frío mesetario no perdona. Y si te toca un día de niebla sobre el Duero, quizá no saques buenas fotos. Pero el ambiente tiene algo especial