Artículo completo
sobre Santa María de las Hoyas
Municipio cercano al Cañón del Río Lobos con arquitectura tradicional
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, en un día despejado de invierno, el sol entra con fuerza por las ventanas de la iglesia de Santa María de las Hoyas. El silencio dentro es denso; al caminar se oye el crujido de alguna tabla y el roce del aire colándose por las juntas de la puerta. El templo es sencillo, levantado con adobe, madera y piedra, sin adornos que distraigan. En un lugar tan pequeño —apenas un centenar de vecinos— el turismo en Santa María de las Hoyas pasa más por detenerse en estos detalles que por ir tachando monumentos.
Santa María de las Hoyas queda en la comarca de Tierras del Burgo, en el oeste de la provincia de Soria. Para llegar hay que atravesar varios kilómetros de carreteras locales entre campos abiertos. El paisaje cambia mucho según el mes: en primavera el cereal cubre todo de verde y en verano la tierra se vuelve dorada y polvorienta. Entre las parcelas aparecen sabinas dispersas, algunas muy viejas, retorcidas por el viento seco de esta parte de la meseta.
El caserío y la vida tranquila del pueblo
El núcleo es pequeño y algo disperso. Casas de adobe y mampostería, muchas con portones de madera oscura y ventanas pequeñas que ayudan a guardar el calor en invierno. Algunas se han arreglado en los últimos años; otras siguen cerradas gran parte del año y solo se abren en verano o en fiestas.
Caminar por las calles no lleva mucho tiempo, pero conviene hacerlo despacio. A ciertas horas —sobre todo a primera hora de la tarde— apenas se oye nada más que algún perro a lo lejos o el ruido de un tractor que vuelve del campo. Desde los bordes del pueblo el terreno se abre enseguida: páramo bajo, manchas de sabinar y, en días claros, la línea suave de las sierras hacia el norte.
Caminos entre sabinas y campos abiertos
No hay rutas señalizadas como tal, pero alrededor del pueblo salen varios caminos agrícolas y antiguas vías pecuarias. Son pistas de tierra fáciles de seguir, buenas para caminar sin prisa o para ir en bicicleta tranquila.
El terreno es seco y pedregoso en algunos tramos, con roca caliza asomando entre tomillos y matorral bajo. En otoño y comienzos de invierno es relativamente habitual ver bandadas de grullas cruzando el cielo; primero se oyen, con ese sonido ronco que llega desde muy arriba, y luego aparece la formación moviéndose despacio hacia el sur. También es territorio de aves esteparias: alondras, alguna perdiz que levanta el vuelo a ras de suelo y rapaces planeando cuando el aire empieza a calentarse.
Si vas a caminar por aquí en verano, mejor hacerlo temprano o al caer la tarde. A mediodía el sol pega sin mucho refugio.
La ermita y las fiestas de agosto
A poca distancia del pueblo se encuentra la ermita del Cristo de Miranda, construida en piedra clara. Algunos vecinos siguen acercándose en fechas señaladas, sobre todo cuando llega la fiesta de agosto. Es entonces cuando regresan muchas familias que viven fuera durante el año.
La celebración suele girar alrededor de la misa, una pequeña procesión y comidas compartidas en la plaza o en corrales acondicionados para esos días. No hay grandes escenarios ni programas llenos de actividades: más bien reuniones largas, mesas alargadas y conversaciones que se alargan hasta que cae la noche.
Antes de ir
Conviene tener en cuenta que en invierno el pueblo puede estar muy tranquilo, con bastantes casas cerradas entre semana. Para comer o hacer compras lo normal es acercarse a localidades más grandes de la zona, como El Burgo de Osma o San Esteban de Gormaz, que quedan a poca distancia en coche.
Si te gusta hacer fotos, los mejores momentos suelen ser el amanecer y el final de la tarde. La luz entra rasante sobre los campos y resalta las texturas de la tierra seca, las tapias de piedra y las sabinas. Aquí la imagen no suele ser un gran monumento, sino algo más pequeño: una cerca vieja, una nube de polvo en el camino, el silencio largo de la meseta.