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sobre La Colilla
Muy próximo a Ávila capital; conocido por sus canteras de piedra utilizada en la muralla de Ávila
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En las estribaciones de la Sierra de Ávila, donde el valle se arruga antes de convertirse en sierra, La Colilla es uno de esos pueblos que aún funcionan a ritmo de campana y tractor. Con apenas 366 habitantes y a 1.130 metros de altitud, este pequeño municipio del Valle de Amblés es más un lugar para bajar marchas que para ir tachando cosas de una lista. Dehesas, pinares y un horizonte muy abierto marcan el paisaje.
Lo primero que llama la atención al llegar es el silencio, sólo roto por el canto de los pájaros, algún perro y el viento entre los pinos. La Colilla no es para quien viene buscando grandes monumentos ni fotos de postal rápida, sino para quien aprecia la tranquilidad, el contacto con el campo y la posibilidad de mirar el reloj y ver que apenas se ha movido. Sus calles, con casas de piedra y portones de madera, y el entorno natural que la rodea crean un ambiente sencillo y pausado para una escapada rural sin artificios. En una vuelta corta ya te haces una idea del pueblo; el resto es aire, campos y horizonte.
La altitud y su ubicación entre el valle y la sierra convierten a La Colilla en un buen punto de partida para explorar el Valle de Amblés, una de las comarcas menos trilladas de la provincia de Ávila.
Qué ver en La Colilla
El patrimonio de La Colilla es modesto pero representativo de la arquitectura tradicional abulense. La iglesia parroquial preside la plaza del pueblo, con su torre de piedra que se divisa desde varios puntos del municipio. Como en muchos pueblos castellanos, el templo ha sido durante siglos el centro de la vida social y religiosa de la comunidad, y aún hoy buena parte de la vida del pueblo se organiza en torno a ese espacio.
Pasear por las calles de La Colilla es ir viendo, sin prisas, la arquitectura popular de la comarca: casas de mampostería con zócalos de granito, portones de madera centenaria y patios interiores donde aún se conservan antiguos lagares y corrales. Algunas viviendas mantienen los tradicionales balcones volados con balaustrada de madera, desde donde antaño se observaba la vida del pueblo… y hoy se sigue comentando el tiempo y la cosecha. No hay grandes “rutas monumentales”: lo razonable es dar una o dos vueltas, dejarse llevar y fijarse en detalles como las piedras de las fachadas, las chimeneas o los escudos tallados.
Pero el verdadero peso de La Colilla está en su entorno natural. El municipio está rodeado de pinares y dehesas donde pastan las reses bravas, un paisaje típico del Valle de Amblés que permite caminar casi siempre con la vista muy lejos, siguiendo paredes de piedra y cañadas. Los aficionados a la ornitología tienen terreno para entretenerse: en la comarca se pueden observar rapaces como el águila imperial, el buitre leonado o la cigüeña negra, aunque verlas no está garantizado y requiere paciencia, algo de suerte y, a ser posible, prismáticos.
Qué hacer
La actividad estrella en La Colilla es el senderismo, aunque aquí muchas rutas no están pensadas como “producto turístico”, sino como caminos de siempre: pistas forestales, veredas ganaderas y accesos a fincas. Conviene llevar un mínimo de orientación (mapa, app de tracks o buena memoria visual), porque no todo está señalizado. Desde el pueblo salen diversos recorridos que atraviesan pinares y dehesas, y permiten adentrarse en algunos de los paisajes más tranquilos del Valle de Amblés. Una opción habitual es ir ganando altura hacia las estribaciones de la Sierra de Ávila, desde donde se obtienen vistas amplias del valle, sobre todo en días claros.
Para quienes disfrutan con la fotografía de paisaje, tanto el amanecer como el atardecer tienen su interés, con la luz rasante entrando entre los pinos y recortando encinas y cercas de piedra. En primavera, los campos se llenan de flores silvestres y el contraste entre los verdes del valle y los tonos más secos de las laderas se aprecia bien caminando a primera hora de la mañana. Si te gusta tomártelo con calma, en dos o tres horas de paseo suave se puede combinar vuelta por el pueblo y salida a los caminos que asoman al valle.
La gastronomía local sigue la línea del Valle de Amblés, con protagonismo de las carnes de ternera y los productos de la matanza. Los asados al estilo castellano, las judías del Barco y los embutidos caseros forman parte de una cocina sencilla y contundente, pensada para quien pasa el día al aire libre. Conviene ir con hambre: las raciones suelen ser generosas y el tipo de comida invita más a sobremesa larga que a seguir caminando después.
En otoño, la micología cobra protagonismo y los pinares cercanos se llenan de gente buscando níscalos y boletus. Es importante respetar siempre las regulaciones locales de recolección y, si no se conoce bien la zona o las especies, ir acompañado o limitarse a observar. Y por pura lógica, aparcar donde no estorbe a los vecinos ni a los tractores, que siguen siendo los dueños reales de muchas pistas.
Fiestas y tradiciones
La Colilla celebra sus fiestas patronales en honor a San Roque en agosto, cuando el pueblo multiplica su población con la llegada de antiguos vecinos y gente de los alrededores. Durante estos días, las calles ganan movimiento con verbenas, procesiones y actividades tradicionales que ayudan a entender cómo se vive la comarca cuando se llena de vida. No es una fiesta “de foto”, es más bien un reencuentro anual donde casi todo el mundo se conoce.
En septiembre tiene lugar otra celebración importante vinculada a la Virgen, momento en el que se organizan actos religiosos y lúdicos que reúnen a toda la comunidad. Más que un espectáculo, son días para ver cómo se relaciona la gente del pueblo, cómo se mezclan generaciones y cómo se mantienen costumbres que, fuera de estos valles, ya casi no se ven. Si encajas la visita con estas fechas, asume que habrá más ruido, más tráfico… y más sensación de pueblo vivo.
Información práctica
La Colilla se encuentra a unos 20 kilómetros de Ávila capital, accesible por la carretera N-110 en dirección a El Barco de Ávila. El trayecto dura aproximadamente 25 minutos y transcurre por carreteras secundarias que atraviesan un paisaje típicamente castellano, con rectas, suaves subidas y algún tramo donde conviene ir sin prisas por el tráfico agrícola. A nivel práctico, es un sitio pensado para llegar en coche; sin vehículo propio, moverse por la zona se complica.
Se recomienda llevar calzado cómodo para caminar, prismáticos si interesa la observación de aves y ropa de abrigo incluso en verano, porque al caer la tarde refresca más de lo que uno espera viniendo de la ciudad.
Cuándo visitar La Colilla
La mejor época para visitar La Colilla depende bastante de lo que se busque. La primavera (de abril a junio) suele traer temperaturas suaves, días más largos y campos verdes, buena combinación para salir a caminar sin achicharrarse. El otoño (septiembre y octubre) deja el valle en tonos ocres y dorados y coincide con la temporada de setas, lo que anima bastante el ambiente en los pinares.
El invierno puede ser frío, con heladas frecuentes y algún día de nieve, pero a cambio el valle se queda muy tranquilo y los cielos limpios dejan ver bien la sierra. En verano, las tardes pueden ser calurosas, aunque las noches refrescan; no está de más organizar las caminatas para primeras horas y dejar las sobremesas largas para después de comer. Si se vienen buscando paseos largos, conviene evitar las horas centrales del día en julio y agosto.
Lo que no te cuentan
La Colilla es un pueblo pequeño y se recorre a pie en muy poco tiempo. No es un lugar para pasar varios días encerrado en el casco urbano, sino más bien una base tranquila para moverse por el Valle de Amblés y la Sierra de Ávila o para una parada de medio día camino de otra zona.
Las fotos del entorno pueden dar sensación de montaña alta, pero el paisaje es más bien de transición: dehesas, pinares y lomas suaves. Si se viene pensando en grandes cumbres o rutas de alta montaña, conviene ajustar expectativas. Lo que hay aquí es calma, distancias cortas y mucho horizonte, no grandes gestas deportivas.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Pasea con calma por la plaza y las calles que rodean la iglesia, fíjate en los detalles de las casas de piedra y sal hasta las últimas viviendas del pueblo para asomarte al valle. A ritmo tranquilo, en hora y media has visto lo principal y te has hecho una idea clara del ambiente.
Si tienes el día entero
Combina una vuelta temprana por el casco urbano con una ruta a pie por los caminos que salen hacia la sierra o el fondo del valle. Pausa al mediodía para comer con calma y, si el cuerpo aguanta, remata la jornada con un paseo corto al atardecer, cuando el sol cae sobre las dehesas y el pueblo se queda casi en silencio.