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sobre La Colilla
Muy próximo a Ávila capital; conocido por sus canteras de piedra utilizada en la muralla de Ávila
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Hay pueblos que funcionan como cuando bajas el volumen del móvil después de un día largo. Llegas, aparcas, cierras la puerta del coche… y de repente te das cuenta de que lo único que se oye es el suelo bajo los pies y algún pájaro madrugador. La Colilla, en el Valle de Amblés (Ávila), tiene bastante de eso. Un municipio pequeño —apenas unos cientos de vecinos— a pocos kilómetros de la capital, pero con esa sensación de campo abierto que parece estirarse sin prisa.
No hay grandes reclamos ni montajes pensados para el visitante. Lo que hay es vida de pueblo y paisaje alrededor.
Qué se encuentra al pasear por La Colilla
La primera vuelta por el pueblo se hace rápido. Calles cortas, casas de mampostería y bastante granito, que en esta zona aparece en muros, portadas y cercas como si siempre hubiera estado ahí esperando a que alguien lo colocara.
En la plaza se levanta la iglesia de Santa María Magdalena, con una torre sólida que se ve desde distintos puntos del término. En algunas fachadas aún aparecen escudos de piedra y rejas antiguas en las ventanas. No es un conjunto monumental enorme, pero sí el tipo de arquitectura que explica bien cómo se ha construido en el Valle de Amblés durante siglos: práctico, robusto y sin demasiados adornos.
Si te fijas en los detalles —un portón viejo, un patio interior, alguna balconada— se entiende rápido que aquí el ritmo diario ha estado siempre ligado al campo.
El paisaje del Valle de Amblés alrededor
Lo interesante de La Colilla empieza en cuanto sales del casco urbano. El término municipal se abre hacia el Valle de Amblés, una llanura amplia rodeada por sierras donde alternan praderas, encinas y zonas de pinar.
Hay caminos agrícolas, pistas forestales y alguna cañada antigua que todavía se usa para mover ganado. No esperes rutas señalizadas como en un parque natural; más bien caminos de los de toda la vida. De esos que usan los vecinos para ir a una finca o atravesar el monte con el coche.
Si te gusta caminar sin demasiada señalización, este es ese tipo de sitio. Vas siguiendo pistas entre cercados de piedra, cruzándote con vacas o con algún tractor que vuelve despacio al pueblo.
Subir un poco y mirar el valle
Las pequeñas elevaciones alrededor del municipio sirven de mirador natural. No son grandes cumbres, pero basta ganar algo de altura para tener delante todo el valle abierto.
Es de esos paisajes que funcionan mejor cuando no tienes prisa: te sientas un momento, miras las líneas de las sierras al fondo y entiendes por qué esta zona siempre ha vivido más de la tierra que del turismo.
Al amanecer y al final de la tarde la luz entra baja entre los pinos y las encinas dispersas. Si te gusta la fotografía de paisaje, ahí hay juego.
Aves y silencio
El valle y las zonas de monte cercanas suelen tener bastante movimiento de aves rapaces y carroñeras. Es habitual ver buitres planeando aprovechando las corrientes o cigüeñas en los árboles más altos.
No es un lugar de observación organizado ni hay hides ni carteles explicativos. Aquí la clave es otra: caminar, parar un rato y escuchar. Muchas veces oyes antes lo que hay alrededor que verlo.
Cuando llega el otoño: tiempo de setas
En los pinares cercanos, cuando el otoño viene húmedo, mucha gente del entorno sale a buscar níscalos y otras setas. Es una costumbre bastante extendida en toda la provincia.
Conviene hacerlo con respeto y conociendo las normas locales si las hay, porque estos montes siguen siendo parte del día a día de quienes viven aquí.
Las fiestas del pueblo
El calendario festivo gira alrededor de celebraciones tradicionales, entre ellas las vinculadas a Santa María Magdalena, la patrona. No son fiestas pensadas para atraer multitudes, más bien reuniones del propio pueblo y de quienes vuelven esos días.
Y eso, la verdad, también tiene su gracia: ver el pueblo lleno de repente, aunque sea solo durante un fin de semana.
¿Merece la pena acercarse?
La Colilla no es un destino al que vengas a pasar tres días viendo monumentos. Es más bien una parada tranquila si estás recorriendo el Valle de Amblés o si te apetece caminar un rato por campo abierto sin demasiada gente alrededor.
Un paseo por el pueblo, un rato por los caminos del valle y poco más. A veces eso es justo lo que uno necesita.