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sobre Mengamuñoz
Situado en el Puerto de Menga; paso histórico de montaña con vistas espectaculares
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A las siete de la mañana, cuando el sol todavía tarda en pasar la línea baja de las sierras, Mengamuñoz suena a cosas pequeñas: una puerta que se abre, el metal de un cubo contra la piedra, algún perro que ladra desde un corral. El aire es frío incluso en meses templados. A más de mil metros de altitud, las mañanas aquí arrancan despacio.
Tiene alrededor de sesenta habitantes y está en el Valle de Amblés, una llanura amplia al oeste de Ávila donde el horizonte se abre mucho más de lo que uno espera en Castilla. Hacia el sur se levanta la silueta de Gredos. Al norte, el terreno se vuelve más suave y cerealista. El pueblo queda en medio, recogido, con calles cortas y casas de piedra donde todavía se ven portones grandes pensados para guardar ganado o aperos.
La plaza y la iglesia de San Andrés
El centro del pueblo se organiza alrededor de una plaza sencilla. Allí está la iglesia de San Andrés, que suele fecharse en el siglo XVI aunque ha tenido arreglos posteriores. No es grande. Lo que llama la atención son los muros gruesos y la piedra oscurecida por el tiempo.
Si te acercas a las puertas de las casas cercanas verás dinteles con fechas grabadas y alguna cruz tallada. Detalles pequeños, fáciles de pasar por alto. Dentro de la iglesia, los bancos de madera muestran el desgaste de muchos inviernos húmedos.
A un lado está la capilla del Santo Cristo. La devoción sigue viva entre los vecinos, sobre todo en las fiestas del pueblo, cuando la imagen vuelve a salir a la calle.
Campos abiertos del Valle de Amblés
El paisaje alrededor es ancho y horizontal. Desde las últimas casas se ven parcelas delimitadas por muros de piedra seca y caminos agrícolas que avanzan rectos durante cientos de metros.
En primavera aparecen amapolas entre las hierbas altas y el rojo rompe la monotonía verde. En otoño todo cambia a tonos ocres. Las encinas quedan dispersas, como si alguien las hubiera colocado a propósito para que no se junten demasiado.
Es frecuente ver rapaces girando sobre la llanura. El silencio ayuda a oír incluso el batir de alas cuando pasan bajo.
Caminar o pedalear por los caminos
Los alrededores se recorren bien a pie o en bicicleta si te gustan los trayectos tranquilos. Hay pistas agrícolas y carreteras locales con poco tráfico que conectan con otros pueblos del valle.
Conviene tener en cuenta el viento. En esta parte del Amblés suele soplar con ganas, sobre todo por la tarde. Si vas en bici se nota mucho en los tramos abiertos. A pie, en cambio, ese viento mueve el cereal y llena el campo de un sonido continuo, como de agua rozando la orilla.
En días despejados se distinguen bien las cumbres de Gredos al sur. Después de una nevada invernal, la línea blanca de la sierra aparece muy nítida.
La luz, el frío y los cielos limpios
El pueblo cambia bastante según la estación. En invierno la escarcha aparece muchas mañanas sobre los tejados y los prados cercanos. El aire es seco y transparente.
En verano las tardes se alargan y la luz entra rasante entre las casas de piedra, marcando cada grieta de los muros. Cuando cae la noche, el cielo se llena de estrellas con una claridad poco habitual para quien viene de ciudad. Apenas hay contaminación lumínica en esta parte del valle.
Si vienes, merece la pena madrugar al menos un día. El pueblo todavía está medio dormido y el Valle de Amblés se ve cubierto por una luz suave, casi gris. Dura poco, pero es el momento en que mejor se entiende el ritmo tranquilo del lugar.