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sobre Mironcillo
A los pies de la Sierra de la Paramera; famoso por el Castillo de Manqueospese
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A las nueve de la mañana, un grupo de ovejas atraviesa despacio la calle principal. Se oye antes el cencerro que los pasos. La luz entra desde el este y rebota en los muros de granito y en algunas fachadas de adobe que todavía conservan la piel irregular de las reparaciones hechas a mano. A esa hora, el turismo en Mironcillo prácticamente no existe: el pueblo funciona a su ritmo, con las puertas entreabiertas y algún vecino barriendo la entrada de casa.
Mironcillo tiene alrededor de 110 habitantes y queda a unos 15 kilómetros de Ávila, en el Valle de Amblés. A 1.100 metros de altitud el paisaje es sobrio, muy abierto: parcelas de cereal de secano, encinas separadas entre sí y pequeñas manchas de pasto donde suele verse ganado. El granito aparece por todas partes, en cercas, en muros bajos, en las esquinas de las casas. Da al pueblo un tono gris claro que cambia mucho con la luz de la tarde.
Un pueblo pequeño, hecho de piedra y viento
Las calles son cortas y algo irregulares. Algunas conservan tramos de empedrado y otras simplemente tierra compactada. No hay un casco histórico como tal; más bien un puñado de casas agrupadas alrededor de la plaza donde se levanta la iglesia de San Bartolomé. Es un edificio sencillo, de piedra, con un campanario cuadrado que se ve desde casi cualquier punto del pueblo.
En varios rincones aún se reconocen antiguas eras y corrales. Son espacios abiertos, a veces medio invadidos por la hierba, donde antes se trillaba o se guardaba el ganado. Desde ahí la vista se abre hacia la sierra de Ávila, que aparece al fondo como una línea azulada cuando el día está limpio.
El viento suele hacerse notar. En invierno baja frío desde la sierra y en verano limpia el cielo por la tarde. Si vienes a caminar por los alrededores, conviene llevar algo de abrigo incluso en días soleados.
Caminos de labor alrededor del pueblo
El entorno no tiene senderos preparados ni señalización turística. Lo que hay son caminos de tierra usados desde siempre para ir a las fincas o mover el ganado. Salen varios desde las últimas casas y se internan entre parcelas de cultivo, muros de piedra y pequeñas dehesas.
A cierta distancia aparecen chozos y majadas construidos con bloques de granito. Algunos siguen utilizándose como refugio durante las faenas del campo; otros están medio hundidos, con la cubierta caída y las piedras cubiertas de líquenes.
Caminar por aquí es sencillo si el terreno está seco. Después de lluvias fuertes algunos caminos se vuelven arcillosos y el barro se pega a las botas con facilidad. Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables: el campo tiene color y el sol no cae tan duro como en julio o agosto.
Pájaros, silencio y campos abiertos
El Valle de Amblés es terreno abierto, así que las aves se ven con facilidad si uno se detiene un rato. Las cigüeñas suelen ocupar postes y tejados altos, los aguiluchos planean sobre los sembrados y en los lindes de las parcelas aparecen mirlos, lavanderas o alondras.
No hay observatorios ni paneles. Basta caminar despacio y mirar el cielo de vez en cuando. Muchas veces lo único que se oye es el viento pasando entre las encinas o algún tractor a lo lejos.
Comida de campo en el valle
En Mironcillo no hay infraestructura turística ni una zona pensada para salir a cenar. La vida del pueblo es doméstica y tranquila. En el Valle de Amblés, eso sí, siguen siendo habituales los platos contundentes de cuchara: judías, patatas revolcás, guisos de carne y pan de hogaza. Son comidas de invierno, de las que se preparan despacio.
La matanza del cerdo todavía se realiza en algunas casas cuando llega el frío. No es algo organizado ni abierto a visitantes; forma parte de la vida familiar del pueblo.
Fiestas de agosto
Las celebraciones principales suelen concentrarse en agosto, en torno a San Bartolomé. Durante esos días el pueblo cambia bastante: regresan familiares que viven fuera, se organizan comidas en grupo y la plaza tiene más movimiento de lo habitual.
Si prefieres ver Mironcillo tranquilo, conviene evitar justo ese fin de semana.
Llegar y moverse
Desde Ávila el trayecto en coche ronda los veinte minutos por carreteras locales que cruzan el valle. No es complicado llegar, aunque en los últimos kilómetros la carretera se estrecha y aparecen curvas suaves entre campos.
Dentro del pueblo se aparca sin demasiada dificultad en los bordes de las calles. A partir de ahí, lo mejor es moverse a pie. En pocos minutos se pasa de las últimas casas a los caminos de tierra que rodean Mironcillo, donde el paisaje vuelve a ser campo abierto y silencio.